Capítulo 6 de 7
UN VIAJE POR LOS CIELOS
Un par de semanas atareadas de trabajo habían pasado, las entregas se habían adelantado en el pueblo para comenzar su viaje lo más rápido posible. Siendo domingo a primera hora del día, Samin se encontraba despierto, ordenando su habitación antes de partir, no estaba seguro de cuándo volvería, así que quería ser precavido. Unos toques llamando en la puerta fueron los que lo interrumpieron:
—Buenos días, príncipe —el brujo abrió la puerta de la habitación—. Veo que ya está despierto, qué maravillosa sorpresa. Ya no lo he encontrado tirado en el suelo, podría ser un buen presagio de nuestra pequeña aventura.
—Me estoy acostumbrando —sonriente, planchó con las manos el último doblez de la cama—. O tal vez me siento nervioso, no sabría decirle con certeza.
—Creo que dejó la habitación más limpia de lo que estaba, tomando en cuenta que estaba prácticamente vacía —dio una vuelta con la mirada al cuarto—. No hay por qué estar nervioso, le prometí mantenerlo a salvo, ¿no?
Samin asintió con una pequeña sonrisa, mientras Erandi le sobaba agresivamente la espalda en un intento de reconfortarlo.
—Va a arrugar mi ropa, señor.
—Oh, lo sé, sólo lo estoy molestando —sonrió, deteniéndose—. ¿Tiene alguna cosa que quiera llevar en el viaje? Soy consciente de que no tiene muchas pertenencias, pero puede llevar cualquier cosa que usted quiera —sacudió el bolso en sus manos—. Tiene espacio infinito, puede cargar todo lo que uno imagine.
Samin lo pensó, mirando alrededor, sus ojos chocaron con el escritorio; tomó un libro, un diario y pluma—. ¿Esto se puede?
—Por supuesto —respondió colocando las cosas dentro de su bolso—. Lo espero en la tienda, baje en cuanto pueda.
El príncipe asintió y el brujo salió por la puerta hasta perderse en las escaleras. Samin se dejó caer en la cama, soltando un suspiro al aire, arqueado y con sus manos empuñadas en el mentón, rezó en silencio.
—¡Estoy listo, Señor Erandi! —se oyó la voz apurada del príncipe entre las paredes de las escaleras mientras bajaba casi corriendo—. Ya podemos irnos, espero no haber tardado mucho tiempo.
—Para nada, estamos a buena hora.
—Excelentes noticias —respondió entre bocanadas sutiles de aire—. Perfectas, incluso.
—Lucky se quedará a cuidar la tienda en nuestra ausencia, es un excelente vigilante, ¿No es así? —acarició al gato posado sobre el escritorio—. Tiene un gusto particular por los cariños en el mentón.
—Es extraño cuando uno recuerda algunas de sus… otras apariencias.
Erandi se encogió de hombros y dio media vuelta sobre sus talones.
—Bueno, si ya no falta nada más, es momento de marcharnos.
—¿Cómo viajaremos? —cuestionó el príncipe, mientras salían por una de las puertas de la tienda—. ¿Acaso tiene una carroza escondida por aquí? ¡Oh! ¿O tal vez uno de esos vehículos de ciudad modernos?
Erandi, con una burlona sonrisa chueca, dejó que su compañero parloteara mientras seguían; para cuando dejó de hablar, se encontraban en un bonito jardín en su patio trasero.
—¿Bueno? —Samin esperaba por una fascinante respuesta—. ¿Qué es?
Erandi se dejó caer hacia atrás y, como si de una silla invisible se tratase, estaba sentado en el aire.
—Es esto —respondió sin más. Ni un pestañeo pasó cuando el báculo del brujo se hizo material, era lo que lo amortiguaba. Las partículas y el brillo enmarcaban la presencia casi majestuosa del brujo.
—Su bastón —comentó con desgana—. Ya veo.
—¿¡Por qué pone esa cara?! Téngale respeto, es un báculo. Una gran y valiosa herencia familiar.
—Y no le cuestiono eso, de verdad que no. Es increíble, muy impresionante, con porte y elegancia, moderno e innovador. Volar como los pájaros y bichos en el cielo, es tan… encantador, ciertamente.
—Nada lo detiene de irse a pie, príncipe.
—Podría considerarlo…
—¿Habla en serio? —preguntó incrédulo. Samin se cruzó de brazos en lo que parecía un puchero—. ¡Príncipe!
—¿Me jura que no hay otro modo de ir?
—No. No la hay, a menos que quiera hacerme gastar dinero y tiempo que no tenemos, si es que aún no es consciente de eso.
Samin golpeteaba el pie contra el suelo desesperado, buscando la valentía necesaria para subirse sobre el báculo. Soltó un profundo suspiro y se aproximó a Erandi. Su mirada asustadiza ablandó por unos momentos al brujo.
—Recuerde que hace esto por su padre y nadie más que él —más animado, el príncipe subió con dificultad—. Sosténgase fuerte a mí, le prometo que no le va a pasar nada.
Samin asintió, abrazando con fuerza al brujo.
—Muy bien… —Dio dos pasos hacia atrás, preparándose en el suelo—. Le recomiendo que cierre los ojos.
—¿Qué? ¿Cerrarlos? ¿Por qué?
Sin poder terminar, una fuerte impulsión de aire golpeó su rostro, sujetando su agarre con todas las fuerzas de su cuerpo. Evitó gritar o hacer cualquier movimiento arriesgado. Habían salido volando hacia lo alto del cielo, casi pudiendo tocar las nubes; eventualmente, el aire era más suave y el movimiento más tranquilo.
—Me disculpo por la agitación, alteza.
—Ni lo mencione —respondió, aún con ojos cerrados—. Aunque una advertencia hubiese sido linda.
—Pensé que tal vez se arrepentiría de subir si lo mencionaba.
—Es una conclusión acertada, no lo culpo de pensarla.
—¿Piensa mantener los ojos cerrados? —preguntó y Samin asintió con la cabeza—. La vista es linda —con inseguridad, el príncipe abrió de a poco los ojos y, al ver la gran altura, volvió a cerrarlos al instante, aferrándose más a Erandi; enterró su rostro en la espalda del brujo buscando tranquilizarse—. Me va a romper una costilla si sigue apretándome tan fuerte.
—Perdóneme… —respondió, disminuyendo mínimamente su fuerza—. No era mi intención lastimarlo.
—No se preocupe, puedo ver que le tiene miedo a las alturas.
—Un miedo terrible.
—Entonces lamento la tortura, me temo que viajar así es el metodo más rápido.
—Es sólo un pequeño sacrificio insignificante.
—Tan correcto como siempre, príncipe.
—Aprecio el elogio, es algo que viene con mi estatus.
—Curioso, ¿no? —mirando hacia abajo, el pueblo se hacía presente—. Estamos por pasar la plaza, estoy seguro de que apreciaría la vista.
Samin consideró la oferta, unos minutos pasaron antes de que un fuerte suspiro saliera de su boca. Con duda, abrió lentamente los ojos, precavido, una instancia de pánico cruzó su cabeza al mirar sus pies, pero el sentimiento se esfumó al observar la pequeña ciudad debajo de ellos—. ¡Ah, que maravilloso!
—Apuesto que lo es, príncipe.
—La planificación de las calles en el pueblo es espectacular, creo que no lo había notado porque estaba muy inmerso en el trabajo. Además, se puede apreciar más desde esta altura.
—Que bueno que por fin tiene un descanso para ver estas vistas deleitantes.
—Oiga, deje de hacer eso.
—¿Hacer qué cosa? Preciado príncipe.
—¡Eso!
—No sé de qué me habla…
—Pues haga lo que quiera.
—Es lo que más me gusta hacer, gracias por notarlo.
—¡Mhm!
Un rato de silencio pasó entre ambos, la brisa del aire era la única que sonaba y los rojizos edificios eventualmente se convirtieron en las hojas verdes de frondosos árboles. La arrulladora sensación de volar por los cielos provocó que Samin dormitara, una pequeña siesta que se vió irrumpida por repentina turbulencia; al sentir que caían, abrió los ojos y se aferró al brujo por naturaleza.
—¡¿Señor Erandi?! —llamó alterado, provocando que su contrario despertase, volviendo a estabilizar el vuelo—. ¿Se encuentra bien?
—Discúlpeme príncipe… por supuesto… ¿Usted se encuentra bien?
—Además del horrible susto, estoy perfectamente bien, ¿qué sucedió?
—Nada por lo qué preocuparse —respondió carraspeando—. Ya se puede ver la costa desde aquí, no debería haber ningún otro inconveniente después de aterrizar.
—¿No viajaremos sobre las aguas? ¿Su impresionante método de transporte no es capaz de hacer eso?
—No es momento de bromas, alteza.
—Quiero decir, usted se empeñó mucho para convencerme de subir a esta cosa, báculo, como usted lo llama.
—Príncipe, de verdad…
—¡Y míreme! tan fresco y libre como el viento, no es tan malo como pensé que sería.
—Samin… —fué lo último que salió de la boca del brujo antes que el báculo debajo de ellos se desvaneciera.
—¡¿Señor?! —llamó al brujo, sosteniéndolo entre sus brazos mientras caían—. ¡Erandi, despierta! —intentaba sacudirlo, seguir gritando su nombre, pero nada funcionaba; en unos cuantos segundos golpearían el suelo y no había nada que pudiera hacer, cerró los ojos y pidió perdón; un golpe seco en la mejilla del brujo fué lo que lo trajo de vuelta, y antes de chocar contra los árboles reapareció su báculo, las ramas de los árboles rasgaron sus ropas, perturbando el aterrizaje; estando a pocos centímetros del suelo fué que finalmente cayeron directo a la tierra tapizada en hojas.
—Erandi… —llamó el príncipe aturdido. Después de visualizarlo a unos metros fué corriendo a dónde él—. ¿Señor? —Samin se colocó el bolso que Erandi traía y revisó su estado: inconsciente, pálido y sudor frío. La costa parecía estar a escasos metros, así que el príncipe cargó al brujo sobre su espalda y se encaminó por las piedras hasta llegar al final; cuando el camino comenzó a mezclarse con fina y cremosa arena pudo divisar múltiples botes alineados a la orilla de la playa. Saliendo de una pequeña caseta, un bronceado hombre de barba larga en frescas ropas hacía señas con su mano.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Samin saludó:—Buenos días —soltó casi en un suspiro—. ¿Cuál es el precio de un bote?
—Oh, muchacho, estos botes no están a la venta. Mi trabajo es cuidarlos, debido a que todos tienen un dueño.
—Ya veo… de casualidad, ¿este hombre de aquí no es propietario de alguno?
Señaló a Erandi en broma por detrás de su espalda. Pero al ajustarse su sombrero y ver bien al brujo, el guardia abrió los ojos perplejo.
—¡Vaya, pero si es el joven Erandi! —exclamó en alto—. No tenía idea de que tuviera un amigo por esta parte de la luna, son buenas noticias, muy buenas noticias. ¿Acaso intentó llegar aquí con ese cachivache que siempre lleva? Hace tiempo que no lo veía en estos rumbos. Solía terminar así de moribundo en mi cabina, supongo que sigue terco cómo siempre.
—En realidad solo soy un ayudante de la tienda Bonov, pero parece que la situación es la que menciona. Ya sabe lo que dicen: terco cómo mula.
—¿Terco cómo qué? Qué cosa más extraña, muchacho. Para tu buena fortuna, el joven Erandi tiene uno de los mejores botes que he visto, lo podrás identificar por esa característica B tan elegante que tienen grabada por todos lados. Tú solo llévalo al bote y continúen, yo me encargo de todo lo demás, hijo.
—¿De verdad? ¡Muchísimas gracias, señor!
—Ni lo menciones, y no te preocupes por ese chico, despertará pronto. Pero asegúrate que no use su magia en un rato, a veces nunca sabe cuándo detenerse.
—¡Lo haré, tenga buen día!
Cuando estuvo frente al bote, entró, recostó al brujo a un lado suyo, desató la cuerda que aseguraba el bote y comenzó a remar. Luna llena podía apreciarse a la lejanía, pero aún así sería un tardado camino remando; cada diez minutos el príncipe verificaba el estado del brujo, a la tercera vez fue cuando Erandi gruñó con molestia por los rayos de sol en su rostro. Al abrir los ojos y ver su entorno, gruñó frustrado. Un rato de silencio pasó en dónde el brujo se mantuvo con la cabeza recargada contra el costado de Samin.
—¿Sabe cuál es la razón por la que no quería volar?
Preguntó el príncipe, rompiendo el silencio entre ambos.
—¿Por qué tiene miedo a las alturas?
—Esa es la consecuencia, pero aun no le cuento la causa.
—Entonces, ¿cuál es?
—Aeronaves.
—¿Aeronaves?
—Sí, es una nave de vuelo, muy grandes. Son como globos gigantes de aire caliente y a veces son de colores muy lindos, justo cómo las aves.
—Suenan interesantes.
—Lo son. De pequeño mi padre y yo solíamos volar en una de ellas, la brisa en el rostro y la sensación de libertad era inexplicable, solamente un padre y su hijo, pero, un día, la nave en la que viajábamos comenzó a fallar.
—Oh.
—Ese sentimiento, que en cualquier momento podrías morir, es horripilante, más para un niño de siete años. Afortunadamente, mi padre supo manejar la situación y ambos salimos con mínimas heridas; pero desde entonces no he subido a una avioneta —sonrió—. Me alegra saber que ya no me afecta tanto como alguna vez pensé que lo hacía, aunque su báculo tiene muchas menos medidas de seguridad de las que tiene una nave.
—Lamento haberlo hecho pasar por eso otra vez, príncipe.
—He de admitir que fue aterrador —respondió alegre—. Pero lo que menos deseo es que lamente algo que no puede controlar, aunque aun me gustaría saber qué fue lo qué pasó; el guardia de la playa mencionó algo.
—Ese polo es un viejo muy entrometido. No tendría porque estar contando mis asuntos personales a cualquier persona que se le cruce.
—Fue agradable, como todos a los que he conocido aquí.
—Son agradables con usted porque es nuevo y tiene ese tonto encanto de príncipe en la cara.
—Mi encanto es natural, no tiene que ver con ser un príncipe.
—Ajá, tan humilde, príncipe, tan humilde —ambos rieron, y al pasar un rato de silencio, Erandi recargó su peso a un costado del bote, observando su reflejo en las pequeñas olas de agua—. Yo tengo una condición… —confesó, ocultando su rostro—. Una que consume mucho de mí. No sé a qué se deba y es seguro que nadie que conozca en el reino sufre de esto. Me limito a usar mi magia por pequeños lapsos y es frustrante, mi cuerpo posee tanta magia, un conocimiento que pocos pueden permitirse, pero es tan débil que no la soporta.
—¿Su magia los fatiga? A los seres mágicos.
—A la mayoría sí, pero no es nada comparado a esto. La magia requiere de energía física, es algo que también se fortalece, cómo los músculos o la mente. Un infante y un adulto tienen sus diferencias en cuanto al uso de la magia, es lo primordial que se aprende en el colegio —explicó—. Mi conocimiento en la magia es exquisito y aún así soy… demasiado débil para usarlo. Por esa razón sobrepasé mis límites y nos accidenté.
—Lo siento, no tenía idea.
—¿Y cómo podría, príncipe? Es algo de lo que procuro no hablar.
—Lo lamento, de verdad.
—Oh vamos, tampoco me tenga lástima —respondió, dándole un codazo—. Me hará sentir más miserable de lo que ya soy.
—Sólo pienso que no debe ser sencillo.
—Después de casi veintiún años uno tiene que acostumbrarse.
—Entonces tiene veintiuno —comentó con una sonrisa de oreja a oreja. Erandi lo miró perplejo—. Qué sorpresa, es un devora años, con razón insiste tanto en que no sea tan formal con usted.
—Que tramposo, me manipula con emociones para sacarme información.
—Pensé que quería que fuéramos amigos y confiara en usted. ¿Sabe? Debería dejar esa horrenda actitud suya, podría incluso ser una persona de lo más agradable.
—No soy amigo de tramposos, además, esa no es mi edad.
—Oh, pero casi tiene veintiuno, ¿Cuándo es su cumpleaños, señor Erandi?
—No es de su incumbencia, información totalmente innecesaria para esta misión.
—¿Es pronto? Tal vez falten semanas o incluso días, ¿no?
—Ya deje de hacerme preguntas, no le voy a contestar ninguna.
—Estoy seguro que son días, su personalidad grita que nació por estas fechas ¿Qué tal si le compro un regalo?
—pff, ¿Comprarme un regalo? no seré su proyecto de caridad.
—¿No le gustan los regalos?
—No cuando provienen de príncipes molestos que no dejan de hacerme preguntas después de dejar en claro que no quiero compartir más información de la necesaria.
—Usted es el hombre más cruel que he conocido.
—Es un príncipe, de dónde viene nadie se dirige a usted cómo yo lo hago, claro que piensa que soy cruel.
—Es lo que me agrada de usted —comentó con atrevimiento, el brujo rodó los ojos y se hizo espacio en el asiento contrario—. Falta poco para llegar.
—Lo sé —respondió, mirando el paisaje reflejado en el agua—. Ha pasado un tiempo desde que subí a este bote, pero podría recordar el recorrido hasta con los ojos cerrados.
—¿Cómo es qué hacía sus entregas en las otras tierras por su cuenta si hace tiempo no utiliza este bote?
—Mi casa tiene puertas que me llevan a todos lados en magicae —respondió con desinterés y Samin detuvo el bote un momento.
—¿Qué? ¿A todos lados?
—Sí —afirmó incorporándose—. Ya sabe… ¿Recuerda cuando me lancé hacía usted aquel día en la plaza y chocamos contra un tronco que nos llevó a la tienda?
—¿Cómo podría olvidar tan magnífico día?
—Y también ha notado que la tienda está en la plaza, pero al mismo tiempo en el bosque, lejos del pueblo.
—De hecho, era una grandísima duda que tenía guardada hace días. Claro que lo he notado.
—Pues ya lo sabe, puertas mágicas.
—Claro, puertas mágicas. Recuérdeme, ¿Por qué razón no utilizamos esas?
—Simplemente no quise.
—Y se arriesgó en tomar uno de los caminos más difíciles.
—Supongo que quería mostrarle un poco de todo esto —respondió—. Hay algo de humildad en mi condición, ¿no? y muchísima belleza natural en este lugar. De haber utilizado las facilidades de la magia para llegar a Luna llena, no estaríamos aquí tan mundanos.
—Supongo que es cierto… —respondió con una suave sonrisa en el rostro—. Tendré que llevarlo en caballo por todo mi reino cuando estemos en Hautmal.
—¿Caba-qué?
—Caballo. ¿No hay caballos aquí?
—No lo creo. Al menos no se llaman así.
—Ojalá haya tiempo suficiente para leer algunos libros de flora y fauna durante nuestra pequeña aventura…
Poco pasó para que el bote chocará contra la costa de piedras. Samin fue el primero en bajar del bote para después ayudar a Erandi.
—Póngase la capucha y no se la vaya a retirar hasta que estemos del otro lado de la ciudad —ordenó Erandi.
—Pero todavía tengo el hechizo que usó en mí, no creo que alguien vaya a sospechar que soy humano, mucho menos estando con usted.
—Es una precaución que tomaremos, por cualquier cosa que pudiese pasar. Recuerde, no tengo idea del tiempo que durará y la guardia real tiene los ojos sobre nosotras más que de costumbre.
—De acuerdo, como usted ordene, señor.
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