Capítulo 7 de 7
LUNA LLENA
Luna llena, además de aparentar aquella fase lunar, podría atribuir su nombre a la cantidad de magicis que se encontraba en la ciudad; y no es de extrañarse, pues se trataba de la central comerciante en las tierras del reino, podrías encontrar cualquier cosa que tu mente imaginara. Erandi y Samin pasaban desapercibidos entre la multitud que caminaba por las calles y mercados. Aunque su primera impresión sobre los brujos y criaturas mágicas fue muy buena, Samin notó que los citadinos en Luna llena transmitían un aura más pesada que en el pueblo de Segunda media luna.
—Tengo una pregunta —susurró el príncipe—. Las personas aquí parecen ser un poco… menos simpáticas que en segunda Luna ¿o estoy comenzando a delirar por el golpe de hace rato?
—No delira —respondió el brujo—. Tener tanta competencia comercial hace que las personas se comporten con agresividad, hasta puedes sentir la rivalidad en la piel.
—Gracias a dios usted vive en una pequeña ciudad de lo más encantadora.
—Supongo que mis padres se llevan el mérito de esa decisión .
—Por cierto, ¿cómo son sus padres? No los había mencionado ni un poco en toda mi estadía con usted.
—No es de su incumbencia.
Samin rodó los ojos. Algo que no soportaba era que las personas le ocultaran cosas.
—Parece que está casado con esa respuesta —reprochó—. Señor, ya le dije que me gustaría conocerlo… —al volver la mirada, el rastro del brujo había desaparecido. Detuvo su caminar y miró a sus alrededores, buscando algo que le mostrara la ubicación de Erandi, pero entre tantas personas eso parecía imposible—. Ay cielos, por favor no me haga esto.
En un simple parpadeo, ambos se habían perdido de vista. Sin la guía de Erandi, Samin estaba completamente perdido, giraba sobre sí y prestaba atención a cada persona que le pasaba por los costados; optó por seguir caminando, pensó en gritar el nombre del brujo, pero después de analizarlo, llegó a la conclusión de que no sería la mejor de las ideas. Un tiempo abrumador transcurrió hasta que echó un vistazo a los puestos y mercancías con la esperanza de que al estar más tiempo quieto en un mismo lugar, Erandi lo encontraría. Una plena cantidad de cosas llamaron su atención, era un joven curioso por aprender sobre todo lo que lo rodeaba, y aunque hubiera querido comprar todos los artilugios, no tenía el dinero para complacer su capricho; decidió detenerse en el último puesto de la calle, una bisutería. No era la mayor afición del príncipe, pero no podía negar que se trataban de piezas con un brillo precioso. Su atención se dirigió a un broche de piedra redonda tan azul cómo el zafiro, no era un color que acostumbrara llevar, pero algo en él le atraía con una fuerza que no comprendía, tanto que ya había pasado unos cuantos minutos sin quitarle la vista de encima.
—¿Le gusta? —se acercó la que parecía ser la encargada—. Es una pieza sencilla pero elegante, le da un buen toque a todo atuendo.
—Tiene un color hermoso, sin duda alguna —sonrió, manteniendo la vista en la piedra—. Encantador trabajo, señorita.
—Le agradezco el cumplido —inclinó ligeramente la cabeza—. ¿Hay algo o alguien en particular que le recuerde al broche? —aquella pregunta inesperada puso de nervios a Samin, quien titubeante negó la existencia de dicha persona, pero era innegable que algo estaba presente en la mente del príncipe—. No tiene porque pensarlo demasiado, puede simplemente parecerle bonito, pregunté por mera curiosidad, es todo.
—Lo es, es ridículamente preciosa… Aún así, el azul no es mi color.
—Yo pienso lo contrario, no crea que solo vendo joyería sin más, mis productos se enlazan con las personas de maneras extrañas. Señor, hay algo en usted que me dice que ese preciso color le queda a la perfección, ¿seguro que no hay nada en su mente?
Samin jugueteaba con sus manos y evitaba mirar a la mujer, no quería poner mucho pensamiento al asunto, así que nuevamente refutó.
—Le regalo el broche —dijo finalmente la mujer.
—¿Disculpe? —sorprendido, negó con la cabeza—. No, de verdad no es necesario, sería vergonzoso de mi parte aprovecharme de esa manera de un noble negocio.
—Para nada —negó la mujer—. ¿Trabaja en la tienda Bonov, cierto? En Segunda luna, es proveedor de mi negocio, así que piénselo cómo algo extra entre colegas.
—Bueno… es mi nuevo trabajo. ¿Acaso todos en el reino conocen la tienda?
—Entre algunos humildes comerciantes, claro, supongo que en Segunda luna no hay ni un alma que no sepa de ella —tomó el broche y lo colocó en las manos de Samin—. Así que acéptelo sin remordimientos, puede guiar su mente y corazón.
Samin asintió, no muy convencido de aquellas palabras, y aceptó, guardando el broche en la bolsa de viaje que llevaba—. Gracias —respondió con una pequeña sonrisa—. De casualidad, señorita, usted no ha visto a…
—¡Samin! —interrumpió una voz junto con pisadas rápidas acercándose—. ¿Dónde se había metido?, ¿Cómo se le ocurre separarse?, casi se me sale el corazón del pecho, ¡llevo buscándolo por todos lados! Algunos guardias nos están poniendo el ojo encima.
—¡Señor Erandi! —exclamó con gozo, sosteniendo los hombros del brujo—. ¿Cómo hizo para desaparecer tan de repente? ¿Acaso me puso a prueba?
—Por supuesto que no —retiró indignado las manos del príncipe—. ¿Cómo se le ocurre que yo haría algo así? Teniendo tantos peligros alrededor nuestro.
—Bueno, con usted nunca se sabe.
—Buenas tardes, chico de las entregas —interrumpió la bisutería.
Erandi la miró despreocupado, pero al percatarse de quien se trataba, le correspondió el saludo con vergüenza.
—¡Señorita Balanca! Buena tarde, ¿cómo está? Espectacular por lo que veo, ¿le sirvieron las ceras que pidió?
—Tan buenas como de costumbre.
—Maravilloso, pero, si nos disculpa, tenemos muchísima prisa. Ya sabe cómo son esos guardias con nosotros los pobres comerciantes, creen que nuestra misión es atormentar al reino entero.
—Adelante, no se preocupen. Me pone contenta saber que ya tienen otro ayudante —Blanca guiño con una sonrisa perversa.
—Oh, es temporal, si bien nos va no lo vamos a necesitar mucho tiempo —respondió llevándose a Samin del brazo a rastras—. ¡Lindo día!
Después de un par de metros caminando con jalones entre ambos, Samin se liberó del agarre de Erandi.
—¡Ya suélteme! No me trate como un niño.
Reprochó el príncipe con molestia, acomodándose las mangas de la camisa.
—¡¿Cómo es posible que se pudiera perder estando a centímetros de mi?! —cuestionó incrédulo—. Además, termina en el local de la mujer más chismosa en toda luna llena. Que bueno que lo encontré antes de que comenzará a intentar vendernos una de sus joyas.
—¿Por qué? ¿Hay algo de malo con ellas? —la preocupación en el rostro del príncipe apareció tan rápido como terminó aquella oración—. ¿Acaso tienen una maldición? ¡¿Roban tu energía vital o algo peor?!
—No, claro que no, tampoco está loca —respondió—. Esa mujer vive de la desgracia o gozo ajeno, ve potenciales fuentes de chisme y caza a las personas hasta que compran sus productos. Son bellas piezas inofensivas, pero te espía a través de ellas —Samin paró en seco, quedándose tan quieto como una estatua. Erandi lo miró confundido casi pudiendo ver cómo el alma se le salía del cuerpo—. ¿Príncipe?
—Necesita saber algo…
—¡¿Usted le aceptó una joya?!
—¡Se veía muy inofensiva! ¡Además, ella me la obsequió!
—¿Cómo es posible que sea tan ingenuo? ¿Hace cuánto tiempo la tiene con usted?
—¡No lo sé, no lo sé! ¿Tal vez unos cinco minutos?
Erandi volvió a tomar por el brazo a Samin y lo arrastró hasta un callejón apartado de la muchedumbre. Comenzó a buscar en la bolsa desesperado, cuando encontró la pieza retrocedió—. Cada dos minutos y medio es un día que ella puede ver, esperemos que no se haya enterado de mucho —apretó con fuerza la joya entre sus palmas, y sin apartar la mirada, aplicaba más presión; el ambiente comenzó a hacerse ligero y una ardiente luz púrpura emanó de sus manos, algunas hojas y piedras flotaron junto con el cabello de Erandi; susurró palabras inaudibles, y cuando terminó todo, cayó de golpe al suelo—. Listo, ya quedó, tan pura e inofensiva como siempre tuvo que ser.
El brujo se acercó tambaleante a Samin y estando a escasos centímetros de él, colocó el broche en el cuello de su camisa, le dio unos golpecitos en el pecho, y volvió a seguir el rumbo que tenían. Samin, confundido, corrió hasta alcanzarlo .
—¿Qué fue lo que hizo con la piedra?
—Eliminé la magia que le permitía a esa mujer espiarle mediante esa cosa —señaló el broche—. Es una pieza interesante, ya veo que no tiene mal gusto, se le ve bien.
—Gracias —sonrió avergonzado—. Y perdón por... ser tan ingenuo.
—Solo es humano, príncipe. No puede saber todo de aquí —intentó animarlo—. Le aseguro que yo no sé nada de Hautmal o el mundo humano.
—Pero me gustaría saber todo de aquí.
—Para eso tendría que quedarse por muchos, muchos años, y si no mal recuerdo, estamos buscando lo contrario a quedarse aquí.
—Tal vez podría venir a visitarlo algún par de veces, ya sabe, cuando logremos todo eso de regresar a Hautmal
—¿Algún par de veces? —murmuró—. ¿Cada cuánto sería eso?
—Tal vez… ¿tres veces al año?
Erandi soltó una carcajada demasiado ruidosa.
—¿Tres veces al año? Príncipe, se está dando mucho crédito, tardaría milenios en ponerse al corriente de esa manera.
—¿Qué tal si leo muchos libros de historia, magia y todo eso?
—Bueno, le tomaría menos, pero solo sabría la historia del reino, no sobre cómo es la sociedad actual.
—Algo se podrá hacer.
—Puede que sí, también puede que no.
—A veces suena muy pesimista.
—Oh, soy todo lo opuesto. Mi positivismo podría hacerlo llegar hasta las nubes, pero hasta yo sé cuando algo es imposible.
—Nada es imposible si se desea de verdad.
—Tal vez tenga razón, su elocuencia.
—No me diga así, me hace sentir cómo…
—¿Un príncipe?
—Cómo un rey.
—Oh.
—Además, ya lo considero mi amigo. Creo saber que los amigos no se tratan con demasiada formalidad, al menos no en privado —dijo, sonriendo de oreja a oreja al ver que el brujo ocultaba una sonrisa cabizbaja.
—Está bien, está bien —suspiró—. Puede que sí seamos amigos.
El príncipe hizo un gesto triunfante con el puño, cómo si hubiera anotado el último punto para ganar en un juego. Al ver aquello, Erandi volvió a pegar una carcajada que lo hizo tambalear un poco.
—No sabía que fuera tan importante conseguir mi amistad. De haberlo hecho, no hubiera sido tan cruel con usted los pasados días.
—Eso hubiera sido muy sencillo entonces —respondió el príncipe—. Pero creo que me aterrorizaría tener a una compañía tan amigable, más cuando apenas nos conocemos. A cómo es usted, puedo reconocer que no confía fácilmente en las personas, pero eso implica tener que conocerlas un poco. Lo que debe significar que ya me tiene aunque sea un poco de confianza.
—Era algo que naturalmente pasaría, más teniéndolo pegado a mí por semanas como abejas a la miel.
El disturbio de unas pisadas manifestantes interrumpieron las agradables risas de los chicos. Al girar detrás de ellos, un grupo de guardias se aproximaba marchando.
—¡ERANDI BONOV! —se hizo destacar el guardia al frente—. ¡ALTO AHÍ!
—No puede ser… —murmuró Erandi para sí mismo, tomando a Samin del brazo—. ¡Corre, corre, corre!
—¡¿Acaso nos vieron?! —el príncipe tropezaba, intentando seguirle el ritmo al brujo—. ¡Pero no estábamos haciendo nada sospechoso!
—Magia no registrada —respondió Erandi, zigzagueando entre los puestos del mercado—. Probablemente había algún gusano escurridizo espiándonos en el callejón.
Los guardias empujaban a los transeúntes que se cruzaban en el camino, muchos protestaban, otros más comenzaban a cerrar sus carpas. Al guiarlos a un callejón, el brujo no dejó de correr, saltaron sobre cajas apiladas como escalones, dejándose caer al suelo cuando estuvieron del otro lado del alto muro.
—¿Estamos yendo a algún lugar en específico? —jadeó Samin—. ¿O simplemente estamos huyendo?
—¡Ambas! —resopló Erandi sin mirar atrás—. Iremos al lugar más mágico de todos: Fungi Sorum.
—¿Un hongo?
—Es bastante inteligente ¿alguna vez se lo han dicho antes? —Erandi se agarró de una soga amarrada a un toldo, desplazándose con total destreza hasta llegar al suelo. Estando abajo giró sobre sus talones y extendió los brazos—. ¡Es su turno, alteza!
Samin lo miró con horror, luego a la cuerda, y de vuelta a Erandi.
—No puedo.
—Claro que puede, ¿y la confianza que siempre me restriega?
—Voy a caerme.
—Pues lo hará con dignidad.
Resoplando nervioso, Samin se dejó caer. A medio camino su zapato resbaló, cayendo sobre bolsas de trigo y heno.
—¡No se preocupe! —gritó hundido entre los sacos, alzando su pulgar—. Estoy bien.
Erandi no pudo contenerse, estallando en una risa, tan sincera que el estómago le dolería si seguía con esas rachas de carcajadas.
—Eso fue totalmente ridículo —paró, acercándose a él y ofreciéndole una mano—. Pero valiente, le doy un ocho de calificación por el esfuerzo.
—Oh, vamos ¿sólo un ocho? —refunfuño el príncipe, aceptando la ayuda. Sus ropas estaban espolvoreadas de harina, y el cabello tenía granos de trigo, parecía casi tan similar como las doradas pecas en su rostro—. Me lancé solo por usted, ¿no me da puntos extras por eso?
—Me halaga, alteza, pero el ocho se mantendrá tal y como está —pausó—. Ahora, parece un cielo estrellado, habrá que limpiarlo, vamos.
Dándole una palmada en la espalda, siguieron corriendo. Cuando Erandi divisó un gran hongo gigante lleno de balcones y ventanas, fue que bajó la velocidad de su trote.
—¡Ahí está! Fungi Sorum ¡Ah! Cuánto tiempo.
—¿Una posada? ¿Vamos a alojarnos? creí que sería un viaje continúo.
—Lo es, pero el sol se está poniendo, y eventualmente tendríamos que volver a Luna llena. Además, tenemos una entrega allí, y veré si nos dan una habitación gratis.
—¿Se va a aprovechar de la situación?
—Se le llama trueque, bobo —respondió el brujo, poniéndosele enfrente y caminando en reversa—. Parece ser muy ajeno al concepto.
Samin chasqueó la lengua y se cruzó de brazos. Él no era ajeno a absolutamente nada.
—Simplemente me extraña.
—¿En Hautmal no se practica este método tan amigable de comercio?
—No —respondió—. Al menos no hace mucho tiempo, quiero creer. La sociedad avanza, no sé por qué me pregunta estas cosas.
—Qué aburrido.
—Puedo notar que aquí tampoco es muy común.
—No, pero eso es lo divertido de vivir en un pueblo pequeño y ser un emprendedor algo reconocido por aquí y por allá.
—En eso tiene razón. Me gusta cuando la señora Margarita me obsequia frutas…
Al llegar, Erandi se dio la vuelta para entrar al edificio. Samin inspeccionó la pared antes de entrar, solo para confirmar que de verdad se trataba de un champiñón gigante transformado en una residencia; impresionado, no dejaba de mirar el interior del lugar ¡Todo tenía forma de hongo!
—Buenas tardes, Lucas.
—¡Erandi!
El joven chico de piel aperlada y cabello rizado saludó al brujo, tenía pinta de ser el recepcionista o uno de los trabajadores. Cual fuera el caso, parecía ser muy buen amigo del señor Erandi.
—¿Por qué estás trabajando? ¿Ya no asistes al colegio? —preguntó el brujo desinteresado mientras buscaba en el bolso el paquete a entregar—. Cosas de niños ricos, supongo.
—¿Por qué me sigues atormentando con lo mismo cada que vienes de visita? Ya sabes que sí, aún soy un estudiante, además, es domingo.
—No sabía que esa era excusa para dejar de ir a la escuela —respondió, dejando caer el paquete en el escritorio con poca, casi nula, consideración.
—¿Cuándo vas a perdonarme? ¡Solamente fue una vez que pregunté! ¡Hace muchos años!
—Puede que te perdone muy pronto si me das una habitación. Estoy agotaaado de venir a entregarte esto desde Segunda luna cada semana.
—¿Qué? ¿Viniste volando? ¿O en bote?
—Ambas —respondió Samin detrás, levantando dos dedos y moviéndolos cómo si se tratasen de orejas de conejo—. Por eso está tan irritado.
—Sí, se le nota —Lucas barrió con la mirada a Erandi, después volvió su vista a Samin—. Por cierto ¿Quién es él? Está todo empanizado en harinas.
—Mi nuevo chico de las entregas —respondió Erandi, pasándole un brazo alrededor de los hombros a Samin—. Y mi nuevo amigo que tiene que soportar mis peligrosas aventuras, ya que mis otros amigos son esclavos de los espléndidos estudios, sin tener tiempo para el bueno y carismático Erandi.
El príncipe sonrió levemente, pero Lucas no se veía del todo convencido.
—Soy Samin, es un placer
Saludó cordial, ofreciéndole la mano.
—Yo soy Lucas Magnolia —aceptó el saludo entusiasta, destanteandolo—. Heredero de este magnífico y maravilloso hotel.
—Sus padres son los dueños —interrumpió Erandi—. Y quién lo administra es su hermana mayor.
—¡A ella ni siquiera le gusta el trabajo! se la pasa todo el día con la princesa. De hecho, ve preparándote para cuando anuncien la boda real, conociendo a ese par, podrían casarse mañana mismo si pudiesen —Lucas buscó una llave y la deslizó sobre el escritorio—. Aquí está tu habitación, ya conoces el lugar, así que no necesitas que te muestre el camino.
—Gracias.
Erandi sonrió forzadamente encaminándose a las escaleras, Samin lo siguió por detrás.
—Si hacen cosas indebidas procuren no hacer mucho ruido, tenemos más huéspedes.
—¡LUCAS!
Erandi tenía el rostro tan rojo como un tómate. Lucas reía en silencio, evitando la mirada mortal de Erandi; Samin, igual de avergonzado, quedó congelado en un escalón, después de un par de segundos, el brujo tomó el brazo del príncipe y lo llevó a rastras hasta el segundo piso.
— ¡No se lo puedo creer! De verdad que no lo puedo creer. Me las va a pagar ese imbécil. Mis más sinceras disculpas, príncipe, de verdad… Yo no quise…
—Está bien, no tiene que preocuparse —respondió, sin saber qué más decir, ¿cuál es la mejor respuesta a tal situación?—. Creo que nadie está preparado para escuchar ese tipo de… Bueno, cosas.
—Normalmente no es tan vulgar. Su comentario iba dirigido a mí —buscaba la habitación con la mirada—. Pretenda que no escuchó nada, se lo suplico.
Cuando Erandi abrió la puerta, una habitación de lo más encantadora los recibió, habiendo un único inconveniente: una singular cama matrimonial. El brujo suspiró con mayor molestia, entró al cuarto echándose sobre un sillón y de un chasquido la cama se dividió en dos. "Que práctico" pensó Samin, dejando el bolso y la capa sobre un buró cercano. Dio un suspiro al ver las camas.
—Siento que llevo milenios sin ver una cama —Pero no se echó de inmediato, debía limpiar sus ropas. En su lugar, entró al pequeño baño adjunto, con hierbas relajantes que flotaban como si cayeran de un árbol, y un cubo de agua calentita. Samin se quitó sus ropas sacudiéndolas con fuerza, quitando la suciedad del viaje, y se sumergió en la cálida agua—. Esto sí que es magia… —murmuró mientras el vapor le envolvía el rostro. Después de un rato, limpio y con la piel tibia, salió de la ducha frotándose el cabello con una toalla. Caminó descalzo hasta una de las camas y se dejó caer con un suspiro agradecido—. Dulce y bellísima cama.
Pasaron unos segundos sin respuesta.
Samin entreabrió un ojo, curioso, y volteó a ver a Erandi. El brujo estaba desplomado en aquel sillón, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza ladeada. Respiraba con tanta tranquilidad que parecía haberse rendido ante el agotamiento.
—No sé cómo puede quedarse dormido en un lugar tan incómodo —Samin sonrió cansado, se levantó de la cama, acercándose. Con cuidado cargó como pudo al brujo hasta recostarlo en una de las camas. Erandi murmuró algo inaudible, entre un gruñido y un quejido—. Buenas noches, Erandi —le acomodó una manta por encima, y luego él mismo cayó rendido en el colchón de al lado, hundiéndose en las sabanas.
En la habitación solo quedaron los sonidos de la ciudad infiltrándose, la respiración de los dos, el olor a agua de lavanda, y la calidez de un techo seguro, aunque fuera sólo por una noche.
Fin de la lectura
Regresa a la ficha para consultar futuras actualizaciones.
Aún no hay comentarios
Inicia la conversación sobre esta publicación.