Capítulo 5 de 7
LA ELABORACIÓN DE UN NUEVO PLAN
Erandi preparaba un mejunje dentro de una pequeña olla y Samin, sentado en el comedor, intentaba admirar discretamente el lugar, pues era la primera vez en toda la semana que tenía la oportunidad de ver el interior de la cocina. Ya habían tenido comidas anteriores veces en el hogar del brujo, pero todas habían sido en su sala de estar o en su habitación.
—Ya está —Erandi se dio media vuelta, con el mango de la olla envuelta en un paño. Llenó su taza, la de Samin y el pequeño plato de comida de Lucky—. Bébalo todo.
—Gracias… —Samin tomó la taza entre sus manos, jugó con ella un rato mientras consideraba que tan buena idea era beberlo—. ¿Es necesario tomar esto?
—Sí, todo —respondió sin titubear—. Ya, no sea tan desconfiado, príncipe, le he dicho una décima de veces que no le haré nada malo.
—Aun puedo permitirme desconfiar.
—Pues no se lo beba entonces —tomó toda la bebida de un sorbo y azotó la taza contra la mesa—. Pero no venga después a quejarse cuando su cuerpo sea más débil que una hoja de papel.
—Está bien, está bien, no sea tan dramático, ya me lo bebo —teniendo a Erandi de brazos cruzados, dio un sorbo desconfiado, pero la rápida expresión de sorpresa en su rostro hizo satisfacer al brujo. Aquella bebida mágica era deliciosa—. ¡Qué buen sabor! —gustoso, se terminó el contenido de la taza.
—Lo sé —respondió con el mentón enaltecido—. Está hecho para que un niño de 5 años no reproche en beberlo.
Erandi se aproximó a levantar los trastes, cuando Samin lo detuvo.
—¡Espere! —arrebató las tazas de sus manos—. Permítame hacerlo.
Sorprendido pero sin renegar, el brujo volvió a tomar asiento mientras el otro terminaba de limpiar; después de todo, él ya había hecho suficiente.
—Nunca hubiera imaginado que un príncipe se ofreciera a realizar una tarea doméstica tan laboriosa como lavar los trastes sucios.
—Supongo que no es algo común —respondió jocoso, sin quitar la mirada del lavadero—. Personalmente no soy gran amante de tener cientos de cortesanos mayordomos, mucamas, cocineros y asistentes haciendo cosas tan simples por mí como lavar mi propia taza de té… o brebaje mágico.
—Verdaderamente impresionante, príncipe, que situación tan desoladora…
—Señor Erandi —dijo, deteniéndose en seco—. Las personas que forman parte de la realeza siguen siendo personas. No… seres extraños.
—Claro, claro, personas con demasiado poder y un ego que los ciega.
—¿Qué es lo que pasa con la corona que lo hace despreciarla tanto? Algo muy malo debió haber sucedido para todo este odio tan deliberado. Puedo comprender la molestia de los guardias y su pésimo trabajo, incluso puedo entender que no siempre se toman las mejores decisiones. Pero debe haber algo más que no me ha contado.
Erandi evitó la mirada del príncipe y se enfocó en ver el arreglo de geranios en su centro de mesa, no quería enfadarse con el inocente Samin, sin embargo no podía evitar sentirse tan enojado con la suerte que la vida le daba a las demás personas que no eran él.
—Preferiría no hablar sobre eso, alteza.
—Pero de verdad me gustaría saber —insistió, secándose las manos y acercándose a Erandi; buscó una respuesta en los ojos azules del brujo—. Así como se la pasa reprochándome que no confío en usted, a mi también me gustaría que tuviera un íntegro juicio sobre mi persona.
—Bueno, ya sabrá después, por ahora deje de insistir.
—Pero…
—Mi juicio, alteza, se forma en base sus acciones. Lo mismo debería aplicar usted conmigo, tal vez de ese modo deje de tenerme tanto miedo —el príncipe no parecía tan satisfecho con la respuesta, pero la aceptó. Erandi se levantó de la mesa y Samin lo siguió con la mirada—. Ahora cuénteme, ¿por qué piensa que Magicae “sabe” que no es de aquí?
—Bueno… considerando los pasados accidentes que involucran a esas bestias, es claro que tenían un objetivo en común, y ese objetivo era yo.
—Príncipe —soltó condescendiente—. No podemos dar por hecho cosas cómo esa solo por dos simples ataques en el pueblo. Puede que haya muchas otras razones, no es tan raro que criaturas así aparezcan…
—Pero sí lo es. Que aparezcan por aquí. El señor Bené lo mencionó.
Erandi frunció el ceño, con ambas manos sobre las caderas.
—¿Y usted cuándo fue que se volvió a encontrar con ese tipo? Pensé que solo lo había dejado varado a su suerte en el bosque.
—No importa… ¡Pero es verdad! Dijo que no era normal ver criaturas por estos rumbos.
—Yo también investigo estas cosas y sé que puede ser normal.
—¿Es normal que suceda dos veces seguidas en un periodo de tiempo tan corto?
—¡Podría ser! —se encogió de hombros—. Nadie podría saber con tanta certeza.
—¡Usted sí! o tal vez el señor Bené, como se lo he intentado decir.
—De acuerdo, príncipe —giró a mirarlo—. Sí, lo es, es increíblemente inusual que esto esté sucediendo ¡Pero no puede estar ligado a usted así sin más, no tiene sentido! Estas pobres criaturas han estado andando por quien sabe donde, en las profundidades de los bosques de todo el reino, sin supervisión y sin regulaciones; atormentando citadinos y honrados trabajadores, sin siquiera mencionar lo mal que deben pasarla. Solamente los dioses sabrán porque viven en ese estado de horrible histeria.
—El reino debe hacer algo sobre esto, ¿no?, no puede dejarse pasar así sin más.
—Pues ya lo ve, he intentado por años que se haga algo, pero la reina es demasiado… precavida, con su propia integridad. Tanto que pasa por alto la seguridad de su gente.
—Supongo que podría comprender de dónde viene el sentimiento… —respondió, analizando la situación en su cabeza—. Pero aún así, no es ni de cerca el actuar correcto para las circunstancias presentes.
—¡Claro que no! todos estamos frustrados, ese tipo Bené del que tanto habla es quien se ha encargado de mantener en orden la seguridad de Segunda media luna.
—Entonces a eso se dedica —susurró—. Ser un tipo de vigilante para los necesitados.
—De las pocas cosas que hace bien ese sujeto, me atrevo a decir.
—No hable tan mal de él, parece ser un buen hombre. Creo que usted y él son bastante parecidos en realidad.
—¡JA! Que increíble sentido del humor tiene, Alteza. Ya quisiera ese hombre parecerse a mí, no me llega ni a los talones.
—Pues al menos él fue muchísimo más amable que usted la primera vez que lo conocí.
—¡Ah, vaya! ¿Entonces lo prefiere a él?
—¿Qué dice, señor? ¿Acaso está celoso?
—Ni siquiera se atreva a pensar que yo podría estar celoso de ese patán. Es más, váyase con él si tan espectacular es, seguro que estará tan cómodo como lo está en esta casa, apuesto que incluso será mejor. Me lo puedo imaginar: el príncipe humano y un líder criminal rebelde, altamente buscado por el reino. Por supuesto, será el titular perfecto para el panfleto social del mes.
—Si no mal recuerdo, usted también se encuentra en la delgada línea de estar en la misma situación que Bené.
—Mi caso es diferente, algo que se podría resolver en un juicio simple y sencillo.
—¿De verdad? ¿Y me podría contar por qué piensa eso?
—No lo pienso, es un hecho —Erandi volvió a darle la espalda, buscando entre las estanterías llenas de papeles y libros—. La verdad es que esta tienda no es mía.
—¿Cómo dice?
—Sí, no soy el “dueño legal”, pero soy un tipo de familiar directo, no sé porqué hacen tanto alboroto por algo que ellos mismos causaron —pausó—. Además, hay algo que no le he contado, puede que no lo haya notado antes, pero no es del mayor agrado para la corona practicar más de un tipo de magia.
—¿Lo dice enserio?
—Sí, si no estoy mal, es algo que se estableció desde muchos años atrás, no sabría decir cuántos. La cuestión es que, como ya lo notó, la tienda de pociones le permite a los demás magicis hacer cosas de ramas mágicas que no tienen asignadas. Bueno, el reino no ve eso con buenos ojos y que la tienda no sea un lugar real y yo vaya como un cuervo sigiloso de aquí por allá, supongo que los pongo nerviosos —el brujo soltó una risita maliciosa al decir aquellas palabras; teniendo un par de libros y papeles entre sus brazos, se dirigió a la mesa, pero la campanilla de la tienda hizo que sus orejas puntiagudas revolotearan. Sin soltar lo que llevaba en las manos, Erandi recorrió todo el camino de su cocina hasta la ventana de su sala en menos de un segundo. Samin fue detrás de él, asomándose con cuidado, pudieron ver que se trataban de los guardias de la biblioteca—. Los cerdos vinieron por su comida…
—¿Qué hacen ellos aquí?
—Intentar encontrar algo que les dé razones para quitarme mi tienda. Es su pan de cada semana.
—¿Y qué vamos a hacer?
Erandi pensó por cortos segundos, marcados por el zapateo que hacía sobre la madera del suelo. Arrojó las cosas de sus manos a la mesa de café y bajó corriendo las escaleras. Samin lo persiguió, pero se detuvo en el último escalón, precavido de no interrumpir cualquiera que fuera el plan del brujo.
—¡Lucky! tenemos un seis dos —Erandi dio un golpe seco con el pie al suelo, lo que comenzó a hacer que la tienda cambiará su aspecto; el tapizado era de otro color, así como los objetos, parecía que la mayoría de las cosas se habían transformado en hermosas plantas florales. El asombro del príncipe ante tal acto de magia fue distraído por las pisaditas en las escaleras que, con cada escalón, se hacían más pesadas; Samin, esperando encontrar un pequeño gato negro, volteo incrédulo al observar a un esbelto hombre de elegante apariencia pasándole por el costado. Acomodándose el cuello de la camisa, tomó el hombro de Erandi por un corto segundo, quien regresó a las escaleras junto a Samin, y chascando los dedos hizo que uno de los muebles cubriera el paso a las escaleras, ocultándolos.
El hombre elegante abrió la puerta, saludando de mala gana a los guardias:— Buenas tardes ¿Puedo ayudarles en algo? —uno de los guardias intentaba fisgonear por detrás de los hombros del hombre, pero este bloqueó la vista con el resto de su cuerpo—. ¿Qué necesitan, caballeros?
—¿Es usted dueño de esta tienda?
—Correcto, el señor Tlay Bonov, nuestra tienda de jardinería es una de las más reconocidas por segunda media luna. Aunque, varios de sus hombres han venido anteriormente, supongo que ya debe de saber todo sobre este querido y humilde establecimiento ¿Acaso no es agotador para ustedes venir cada semana?
—A lo que nos han informado este lugar proporciona pócimas, y no necesito explicarle la gravedad de tales actos, ¿verdad, señor Tlay?
—No… —el hombre mantuvo su mirada fija, sin perder la sonrisa inquietante que parecía perturbar a los guardias—. ¿Algo más que deba repetir?
—Necesitaremos inspeccionar el lugar.
—Por supuesto —accedió, abriendo por completo la puerta, deteniendo a los guardias justo en el centro de la habitación—. Pero les pediré que no se acerquen más de medio metro a mis productos, son costosos y no creo que quieran generar problemas, ¿estoy en lo cierto?
—Claro, señor Tlay… —respondió el segundo guardia paseando entre estantes y mesas, desconfiado de su entorno, pero sin atreverse a hacer algo más allá que observar—. Dígame, ¿alguien más trabaja aquí?
—Dos jóvenes, y un guapo gato.
—¿Nos proporciona los nombres?
—Pues el gato parece ser llamado Lucky, tiene una gracia que ningún otro animal podría igualar, verdaderamente encantador, a decir verdad…
—De los jóvenes, señor Tlay —interrumpió el guardia.
—Oh, claro. Erandi Bonov, mi hermano menor. Puede que él les haya causado algunos problemas antes, deberán perdonarlo profundamente, es joven, ya saben cómo son hoy en día, uno no los puede controlar ni con un hechizo.
—¿Y el otro?
—El nuevo, Sam, amigo de mi querido hermanito, una gran ayuda en el negocio familiar desde que mamá y papá… nos dejaron para ascender a los cielos como dos brillantes estrellas más.
El hombre parecía sinceramente abatido, como si estuviera a punto de romper en llanto. Su evidente desconsuelo incomodó aún más a los guardias que, incapaces de encontrar nada sospechoso o que pudiera ocasionar problemas, optaron por retirarse, no sin antes advertir que mantendrían el negocio bajo estricta vigilancia. Apenas la puerta se cerró tras ellos, el elegante hombre exhaló un largo suspiro. Estiró su esbelto cuerpo con languidez y, acto seguido, se dejó caer al suelo, encogiéndose hasta recuperar la forma de un pequeño gato.
Cuando ya no se escuchó ningún ruido proveniente del exterior, Erandi exhaló profundamente, liberando el aire acumulado en sus pulmones. Al instante, todo lo que había ocultado antes de la llegada de los guardias reapareció en la tienda. Samin se apresuró a sujetarlo por los hombros al verlo tambalearse.
—¿Acaso se puso nervioso? ¿Por qué está tan agitado?
—Para nada… —Erandi apartó el agarre del príncipe tomando disimuladamente una bocanada de aire—. Volvamos arriba.
—¿Ese hombre era Loki? —sorprendido, siguió al brujo por las escaleras—. ¿Y por qué se hizo llamar Tlay?
—Pues, no es un “hombre” cómo usted imagina —respondió, acomodando las cosas que había dejado sobre la mesita de café—. Es lo que algunos conocen como cambia-formas. Tlay es simplemente un nombre popular que usamos para engañar a los guardias.
—Ya veo, por esa razón Lucky también se ha convertido en una pantera antes.
El brujo destapó uno de los libros con fuerza, haciendo que el polvo acumulado volará en el aire, Samin tosió, alejando las sucias partículas con la mano.
—Antes de comenzar, supongo que en los pasados días aún no ha encontrado nada relacionado con el problema de su padre, ¿me equivoco?
—No, está en lo correcto.
—Aun buscaremos esa parte, ni siquiera yo he encontrado algo cercano. Sospecho que se trata de algo aún más serio de lo que pensaba. Tendremos que ir a la biblioteca universitaria, no creo que los libros de esta vieja casa o los de la biblioteca local tengan alguna información sobre la posible enfermedad del rey. Pero por ahora, quisiera anticiparme y tener preparado el camino de regreso a su reino.
—¿A qué se refiere con eso?
—Tendremos que hacer un anillo de hadas, un portal al mundo humano.
—Pensé que eso era “altamente ilegal” como usted me amenazó aquella vez.
—Y lo sigue siendo —sonriente, ojeó el libro—. Un crimen más, un crimen menos. Al final del día todos somos… ¿Cómo le llaman ustedes? ¿Pecadores?
—Hace unos minutos un par de guardias vinieron amenazando su tienda, y anterior a eso usted me estaba reprochando que me largaría con un líder anarquista.
—Un criminal rebelde.
—Viene a ser exactamente lo mismo, señor.
—No lo creo. De todos modos… —continuó el brujo—. Una vez mis maestros me contaron cómo se conforma un anillo de hadas. Uno de ellos incluso podía invocarlos sin esfuerzo. Se creé que solo las hadas pueden hacerlo, bastante fantástico si me lo pregunta.
—¡Eso es perfecto! Entonces su maestro podría ayudarnos.
Erandi se encontró atrapado por un momento, arrepentido de su hablar.
—Lamentablemente, no creo que ese maestro esté disponible, al menos no por el momento.
—Vaya, parece que todo este embrollo quiere ser lo más complicado posible.
—Por fortuna —continuó—. Me destaco por ser una persona de muchos contactos, además, la experiencia de un viaje nos viene bien, más a usted, príncipe.
—Intentaré tomar eso de la mejor manera.
—Es un excelente modo de pensar.
—Entonces, ¿cuál es el plan? Además del portal.
—Claro, el plan, el plan… —volviendo a concentrarse, rebuscó entre los documentos un rollo de papel que extendió sobre la mesa—. El mapa de Magicae, vaya haciéndose familiar con la geografía —con seguridad apuntó un lugar en el plano—. Aquí nos encontramos, Segunda luna, ya debe haber escuchado el nombre suficientes veces en estos días, es un pueblo muy pequeño como se habrá dado cuenta.
Samin asintió, no queriendo perder el hilo de la explicación.
—Este de acá arriba —siguió, señalando otro punto—. Es Primera luna, cuna del aprendizaje y la magia, algunas familias adineradas y el instituto de magia se encuentran allí, además de las montañas nevadas, el bosque de hadas y el bosque desalmado.
—Suena a una zona bastante diversa ¿Qué hay del centro?
—Luna llena, en ese lugar se concentran muchos comercios, ya sabe, demasiados comercios; y arriba de eso, se encuentra el castillo Golius, hogar de la corona, extremadamente protegida, pero con una biblioteca abundante en conocimiento e historia, y eso es lo que buscamos.
—¿Necesitamos algo de la biblioteca real?
—Un conjuro —respondió—. Aunque sea posible conseguir un recetario por parte de las hadas, legal y físicamente les es imposible compartir la forma en la que se invoca, fue algo que prohibieron hace años, poco después de… usted sabe qué suceso.
—Claro, la guerra entre reinos.
Un silencio incómodo inundó la habitación.
—Uh, bueno, en pocas palabras ese es el plan por ahora. Todavía hay algunas entregas que suelo dejar al final, debido a que quedan en las otras lunas lejos del pueblo —comentó, cerrando el libro y enrollando el mapa—. Aprovecharemos eso para disimular nuestra presencia, al menos hasta llegar con las hadas y conseguir los ingredientes. Investigaremos sobre la enfermedad de su padre en el colegio de magia y ya veremos el modo de conseguir lo que necesitemos de la biblioteca real.
—Suena a un plan —asintió el príncipe—. ¿Y si no funciona? ¿Qué haremos al llegar a Hautmal?
—Usted me ayudará a realizar otro plan estando allá, ese es su territorio —pausó—. Y el plan no va a fallar, se lo aseguro, en todo caso ya va conociéndome, de alguna forma se arreglará.
—Por supuesto… —respondió escéptico—. Tal vez Bené venga a salvarme si nos atrapa la guardia real, como un gran e impresionante caballero.
Sonrió sonrojado. Erandi rodó los ojos, yendo a guardar los libros.
—Él no es ningún tipo de héroe. Todo lo contrario, diría yo.
—¿Un villano?
—Un criminal. Ya se lo repetí un centenar de veces.
—Aun no logro descifrar si usted empatiza con los criminales —ayudó al brujo, acomodando los libros restantes—. Me confunde mucho, señor Erandi.
—Deje de llamarme señor…
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