Capítulo 4 de 7
EL NUEVO TRABAJO DE SAMIN
La puerta retumbando contra la pared fue lo que despertó al Príncipe, que por la sorpresa y el espanto, cayó de espaldas contra el suelo, algo que comenzaba a parecer habitual.
—¡Ay, estrellas! —dijo Erandi, asustándose en consecuente—. ¿Qué siempre se despierta así? cayéndose al suelo —se inclinó un poco para ver el estado de Samin—. Uno pensaría que un príncipe se vería tan atractivo como el cielo estrellado, pero veo que solo son ideas mías.
Samin abrió los ojos con dificultad y casi que no reconociendo el lugar donde estaba, miró a Erandi.
—Buenos días —se levantó del suelo con pereza, estirándose—. Usted tiene maneras muy extravagantes de despertar a los huéspedes.
—No sea tan modesto, es más que un huésped, alteza —alzando su dedo índice hizo que el príncipe flotara en el aire—. Levántese, son las diez y media de la mañana, bastante tarde para el trabajo de hoy.
—¡Ay dios mío! ¡Bájeme de inmediato!
—¿Qué? ¿Tanto le asusta la magia?
—No es la magia lo que me asusta… ¡Le exijo que me baje de inmediato!
Y haciendo caso, Erandi dejó caer de golpe al príncipe.
—Como usted lo ordene, alteza.
—¡Es usted un… ! —intentó decir mientras se levantaba, pero una fuerza invisible lo arrojó contra el armario de la habitación—. ¡Deténgase ya con eso!
—Necesita vestirse bien y acorde al trabajo que hará.
—¿Trabajo que haré? Disculpe el mal entendido, señor, pero nadie mencionó un trabajo en ningún momento. ¿Es este el dichoso favor que tanto me había pedido?
—¡Nop! —respondió sonriente, mientras seguía moviendo su mano en el aire, causando que tanto el príncipe como las ropas del armario se acomodarán—. Va dentro de nuestro contrato.
—¡No hay ningún contrato entre nosotros! —gritó, finalmente para salir girando del armario con nuevas ropas, entre ellas la más destacable, una larga caperuza color olivo—. Señor… —dio un gran suspiro—. Erandi, ¿por qué no simplemente me pidió levantarme a cierta hora y vestirme de cierta manera desde un inicio?
—Porque de este modo es divertido, ¿no?
—Santo dios, es usted un, un…
—¿Sí?
Samin respiró profundo y luego exhaló.
—Un anfitrión muy considerado, muchas gracias.
Erandi se veía sorprendido por aquellas palabras, esperaba una reacción más histérica y descontrolada, tenía intención de jugar con el príncipe, no de domesticarlo.
—Oh, no, yo…
—¡Gracias por ser un grandísimo ingenuo! —salió corriendo hacía el brujo con una sábana entre las manos. Cuando Erandi quiso huir, ya estaba enredado en telas—. ¡El último en bajar es un warlock!
—¡¿Qué?! ¡Ni siquiera se atreva!
—Es divertido, ¿no? Warlock —respondió arrugando la nariz y sacando la lengua.
—No ose llamarme así, príncipe.
—Atrápeme si puede, brujo —retó, saliendo de la habitación, pero nuevamente una fuerza lo congeló en el aire, impidiéndole moverse, sin él quererlo fue volteado y obligado a mirar a Erandi; la sábana cayó al suelo mientras se levantaba.
—Tiene estrictamente prohibido llamarme así.
—Warlock.
—Quisiera tanto, tanto, pero tanto, poder lanzarlo por la ventana y no volver a verle la cara nunca más en mi vida —suspiró mientras se le acercaba—. Sabe, príncipe, de verdad apreciaría que nos lleváramos bien… —se acercó aún más, milímetros separaban sus rostros. De repente, Samin podía sentir la sangre de su cuerpo dirigiéndose a su rostro—. Incluso, tal vez, ser más que compañeros…
—Ah-ha…
—Pero —pauso—. No seré amigo de un perdedor —dejó caer a Samin, y salió de la habitación rápidamente hacía las escaleras.
—¡¿Qué?! ¡Eso no es justo! —respondió mientras se apresuraba para alcanzar el paso de Erandi—. ¡Qué tramposo!
En algún punto de la carrera ambos estaban bajando las escaleras al mismo tiempo, empujándose y haciendo cualquier cosa para provocar la derrota del otro en la ridícula pelea que ellos mismos habían creado, y por consiguiente, haciendo que cayeran al suelo.
—¡He ganado! —celebró el príncipe levantándose como si nada hubiese sucedido—. Es un hecho, usted es un warlock.
—Claro, claro… —respondió Erandi sacudiéndose las ropas—. También es un hecho que usted es un pretencioso, infantil, mal perdedor y un bueno para nada.
—No se atreva a seguir insultándome.
—Usted deje de ser un irrespetuoso. ¿Así es un príncipe? No me quiero ni imaginar lo que no es un príncipe.
—¡Solo quería pasar un rato divertido! Usted mismo empezó, ¿no se supone que en este lugar no soy un príncipe?
Erandi se detuvo, procesó las palabras y por primera vez se sintió avergonzado de sus actos. Cruzándose de brazos, evitó mirar a Samin.
—Tiene razón —se atrevió a decir—. Pero por alguna razón sigue esmerándose en usar esa palabra conmigo.
—¿Qué palabra?
—Warlock —hubo un corto silencio confuso, hasta que de manera brusca, el brujo comenzó a despeinarse el cabello con ambas manos—. ¡Ya no importa! —gritó—. No tiene caso que me moleste; aun así, he ganado yo, iba bastante más adelante que usted, es lógico que la victoria sea mía.
—Siga creyendo sus mentiras, yo soy mucho mejor en todo.
—Oh~ ¿En todo, dice?
—Así como lo escuchó.
—Entonces le apuesto a que no puede entregar todos estos paquetes para antes del mediodía —mostró una bolsa llena de objetos envueltos—. Yo podría hacerlo fácilmente en un abrir y cerrar de ojos, le aseguro que en eso soy mucho mejor que usted.
—Ni se le ocurra pensar que es mejor que yo —demandó, arrebatándole el bolso de las manos—. Puedo hacerlo incluso más rápido que eso.
—¡Maravilloso! —dando un aplauso, el brujo sacó un portapapeles rústico con nombres y direcciones—. Muy bien, su alteza, aquí, aquí y aquí mencionan en dónde, a quién y qué es lo que recibirán —explicó, estampando la tabla en el pecho de Samin, quien la sostuvo confundido—. Lo espero en… ¿Una hora? suficiente tiempo para el gran y apuesto príncipe azul, ¿verdad?
—¿Sí? sí, eso creo.
—Perfecto, perfecto —repetía mientras lo empujaba hacia la puerta principal—. ¿Dónde estará ese gato sarnoso? ¡LUCKY! — un “miau” se escuchó entre los pies de ambos—. Gatito, te vas con el príncipe —lo cargó, colocándolo sobre las cosas que Samin sostenía—. ¿Qué más, qué más? —al recordar, chascó los dedos—. ¡Claro! Sus feas orejas
—¡¿Disculpe?!
—Pues, no puede salir con sus orejas de humano, humano normal, hombre humano.
—¡Ya entendí! —gritó—. Podría cubrirlas con la capucha.
—Tal vez, sí. Aunque, deberíamos tener doble seguridad —respondió, aproximándose a las estanterías con pócimas—. Sé que hay algo por aquí, lo vi hace unos días —rebuscaba y leía las etiquetas—. Felicidad, gripe, color de cabello, ¿dientes perfectos? Vaya estándares dejaron los humanos en nuestras tierras.
—Le ofrezco una gran disculpa por las terribles tragedias de mi especie a la suya, señor gran brujo.
—¡Ja! ¿Señor gran brujo? Que ocurrente, alteza. Tal vez debió dedicarse a la comedia antes que a la política.
—Sí, es una terrible noticia ser el hijo de un rey —respondió rígido—. ¿Ya casi encuentra esa pócima?
—¡El señor gran brujo la ha encontrado! Pócima falsas apariencias ¿Qué le parece? perfecta para usted, y la casa invita —guiñó mientras rociaba unas gotas en sus manos—. Puede que sienta un incómodo jalón.
Erandi frotó sus palmas con fuerza y, colocándolas en las orejas de Samin, estiró las puntas como si de una masa moldeable se tratase, dándole la forma ideal. Al final del proceso, el príncipe tenía una cara de puro horror.
—Mucho más guapo —sonrió el brujo, mientras daba golpecitos en los hombros de Samin—. No tengo la más mínima idea de cuánto pueda durar esto, así que tenga cuidado, lo quiero ver con buena cara —lo empujó hasta el otro lado de la puerta—. Demuestre lo prodigio que es, su alteza.
Escalofríos recorrieron el cuerpo de Samin y volviendo en sí, dio unos pasos hacía atrás, apreciando bien el local; ahora parecía ser una simple y sencilla tienda, algo totalmente diferente a la hogareña cabaña que recordaba, incluso el sitio parecía ser otro, cosa que no había notado cuando intentó huir, no había manera de que siguieran en el bosque. Alrededor del hogar del señor Erandi no se encontraba ninguna otra vivienda. Todo aun parecía ser un gran enigma y, contando con su poco conocimiento en la magia, no podía comprender cómo funcionaban las cosas. Salió de sus pensamientos cuando el gato maulló saltándole a los hombros, provocando que Samin tambaleara sobre sus pies—. Muy bien —miró al gato—. Tenemos que ser los más rápidos en todo el reino.
Explorando, consiguió notar una bicicleta plateada, recargada en una pared de la tienda, quiso creer que Erandi la había dejado ahí para él y después de varios minutos de pedaleo, llegó al centro del pueblo. Se trataba de una bella fuente de agua, cubierta por algunas plantas. Los edificios y las viviendas alrededor enmarcaban el transitado sitio. Samin se detuvo a un costado y apoyándose en una pierna, buscó nuevamente el portapapeles que Erandi le había dado, al observar bien el texto en las hojas, notó que no podía comprender nada de lo que estaba escrito, sus ojos solo veían símbolos extraños. Por unos minutos intentó darles un significado, asimilar lo que decían en su propia lengua, pero comenzaba a frustrarse y del desespero, puso la tabla frente al rostro peludo de Lucky, esperando que pudiera de alguna manera leer las palabras—. Señor Loki, ¿comprende estos escritos? —preguntó con vergüenza, pudo casi sentir la ridiculez hacerse física en su cuerpo, pero para su grata conveniencia, Lucky maulló y saltó al suelo, comenzando a correr hacía una dirección. El príncipe volvió a montarse en la bicicleta y se encaminó a seguir al gato, antes de adentrarse a cualquiera de las calles que rodeaban la plaza principal, se percató que había carteles pequeños que nombraban todos los lugares, estos eran legibles para Samin, lo que comenzaba a hacerlo pensar que Erandi lo estaba obligando a hacer trabajo extra, algo que agregó peso a su frustración, pero no podía permitirse reprochar, él había aceptado el trabajo.
Después de unos cuantos pedaleos, Lucky se detuvo frente a la puerta de un pequeño y colorido negocio, parecía ser una tienda de frutas y verduras. El príncipe abrió con cuidado, haciendo sonar la campanilla, y delante de él, estaba una trabajadora que dejó lo que hacía para recibirlo.
—Bienvenido, ¿le puedo ayudar en algo? —preguntó la mujer con una sonrisa en el rostro. Samin se acercó hasta el mostrador.
—Uh ¿vengo a entregar un paquete? —respondió tímido. La mujer lo observó por un momento rápido sin reconocerlo y pareció alegrarse cuando notó un pequeño bordado en la caperuza que llevaba puesta.
—¡Oh cielo, claro! Soy Margarita, la dueña de la tienda. Vienes de Bonov, ¿verdad? Ya me parecía familiar ese pequeño bordado que llevas allí —Samin miró el bordado de la caperuza: un pequeño logo con la letra "B" y algunos elementos más que la decoraban. Volvió a mirar a la mujer y asintió, siendo lo más discreto que podía, comparó las letras extrañas de la tabla con la etiqueta de los paquetes y sin verse más perdido de lo que ya estaba, puso el objeto sobre el mostrador. La mujer se hincó un momento para tomar algo—. Normalmente es Erandi quien entrega estas cosas, es bueno ver una cara nueva —volvió a enderezarse y sacó una pequeña bolsa con dinero que entregó al príncipe—. ¿Cuál es tu nombre, cariño?
—Sam —respondió—. Me llamo Sam, un placer señorita.
—¿Señorita? Oh cariño, que considerado eres con esta vieja mujer, si sigues siendo así de dulce vas a robarle su lugar a Erandi como mi chico de las entregas favorito.
—No creo que eso sea posible, señorita Margarita —sonrió forzosamente—. Apuesto que él es el más dulce de todos los jóvenes emprendedores de por estas tierras.
—Que modesto. Quisiera darte algunas cosas más antes de que sigas con tu trabajo.
La mujer se dirigió a la parte trasera de la tienda, donde el príncipe ya no tenía visibilidad alguna, esperó unos minutos, observando atento la arquitectura de la tienda, después de un rato y ruido de fondo, la mujer había vuelto, cargando consigo en brazos un par costales pequeños con frutas y verduras. Al ver que parecían pesadas, el príncipe se apresuró en auxiliar a la señora, quien boyante le agradeció.
—Muchas gracias, cariño —sonrió, sacudiendo sus manos en su delantal. La amabilidad de Samin le parecía la más dulce de las frutas—. Son un par de cosas que siempre le doy a ese muchacho Erandi. Usualmente no son tantas cosas, pero agregué algunas más para ti también. Es bueno saber que tiene más compañía que un montón de viejos en el pueblo.
—Estoy seguro que el señor Erandi debe apreciar las mentes más sabias —respondió, saliendo del establecimiento—. Tenga un muy buen día, señorita Margarita.
—¡Igualmente cariño, suerte en el trabajo!
Samin salió de la tienda diciendo su último adiós, y una vez fuera, dio un gran suspiro. “De acuerdo” pensó, “puedo con esto”. Volvió a tomar la tabla y, aún sin entender, se la mostró a Lucky, quién había pegado un brinco a sus hombros para observar en qué dirección se encaminarían.
—Nunca hubiera imaginado la ayuda que un gato negro podría brindar, suena hasta hilarante —soltó, mientras seguía al gato—. Quitando lo extraño que es un gato con la capacidad de leer, claro.
Después de caminar entre casas y calles, llegaron a una florería en remodelación; la entrega fue mucho más rápida, Samin solo se encargó de hacer saber quién era, por qué estaba allí y entregar el paquete a uno de los encargados; y como si fuera algo común, nuevamente mandaron un agradecimiento a Erandi, esta vez, un pequeño ramo de geranios morados que él mismo escogió para llevar. Al despedirse, Samin notó que el gato Lucky no se encontraba alrededor, buscó en los rincones cercanos, caminó un rato entre las calles llamando su nombre, pero no había ni rastro del gato. Cuando cayó en cuenta, no sabía en donde se encontraba; los edificios, viviendas y locales parecían todos muy similares, los colores eran repetitivos y los suelos de la misma piedra. Intentó no precipitarse a nada y respirar profundo, solo tendría que comparar la siguiente dirección de entrega con cada señalamiento de las calles hasta dar con el lugar, no podría ser complicado y eso hizo. Después de varios minutos caminando y empujando la bicicleta, comenzó a sentir que lo seguían; Con cautela, volteó de reojo para ver lo que suponía eran un par de guardias. Sin querer confirmar su pensamiento, aumentó la velocidad de su paso, estaba a escasos segundo de comenzar a correr, pero una biblioteca enfrente a él fue su gran salvación, “muy conveniente” llegó a pensar antes de entrar; Dentro, no había ni un solo ruido, más que la agradable melodía que salía de un fonógrafo. Pocas personas se encontraban leyendo y al no ver a ningún encargado, Samin se acercó a la recepción, buscó con la mirada a quien estuviera a cargo de la tienda, segundos pasaron hasta que el ruido de un “pss” llamó su atención. El sonido parecía provenir del techo, y al elevar la mirada, una joven chica con brillantes alas doradas se encontraba organizando libros en la planta superior.
—¡Un momento! —susurró. Samin asintió, buscando el último paquete, no pasó mucho tiempo cuando aquella chica descendió del aire—. Hola, soy Mará, vienes de Bonov ¿cierto? Me sorprende que Erandi por fin consiguiera más personal para su pequeño negocio.
—Parece ser el caso, no lo dejan de mencionar en cada entrega —comentó, pasándole el paquete—. Aquí tiene señorita Mará.
—Muchas gracias, espero no sea mucha molestia, pero, ¿podría ayudarme con esto? —desenvolvió la pequeña caja, descubriendo un par de saquitos—. No tomará mucho de su tiempo.
—No hay problema, ¿en qué le puedo ayudar?
—Solo necesito que sostenga la caja mientras esparzo los polvillos sobre los libreros.
Samin asintió, sostuvo la caja y siguió a Mará entre los pasillos llenos de libros; ella, con ayuda de sus alas, regaba los polvillos sobre los estantes.
—Puedo preguntarle, ¿para qué sirve eso?
—Es una receta especial de Erandi, ayuda a proteger los libros, de otra manera los gusanos come papel destruirían todo el lugar de un mordisco.
—Comprendo. Las bibliotecas son uno de los lugares más importantes. Pienso en ellas como guardianas del conocimiento.
—Por supuesto que lo son, esta es una de las pocas que existen aquí en segunda media luna.
—Entonces debe ser un lugar muy significativo para el pueblo. Imagino que debe sentir una gran responsabilidad al cuidar de él.
—Podría ser el caso para algunos —respondió, ahora parada frente a Samin—. Mi esposa y yo somos las principales cuidadoras del lugar, aunque todos nos ayudamos.
—Ya lo creo, parece una comunidad muy unida.
Mará sonrió y arrebató la caja de madera de las manos del príncipe con los ojos entrecerrados—. No es de por aquí, ¿verdad? —algo de mofa se notaba en la pregunta y Samin se encogió de hombros con pena—. ¡Oh, pero no se preocupe! Solo que no es tan común que jóvenes de las otras ciudades vengan a buscar una vida por este lado de la luna, normalmente sucede lo opuesto. Pero me alegra que personas nuevas vengan, es algo esperanzador.
—Yo no… tenía conocimiento alguno de eso.
—¿No? —Mará se dirigió a la recepción y sacó un par de delgados libros amarrados con un listón—. En fin, esto es para Erandi, espero no sea molestia llevarlos, aunque veo que los clientes anteriores también le mandaron algunas cosas ¡ja,ja!
—No es ninguna molestia —respondió, guardando los libros—. ¿Algo más con lo que le pueda ayudar, señorita Mará?
—Sí. Tu nombre, chico ¿y qué tipo de libros lees?
—¡Ah, vaya! —exclamó desprevenido—. Soy Sam y a decir verdad, mi gusto en la lectura es bastante diverso, pero últimamente he estado interesado en un tipo de escritura, esta de aquí en particular —señaló la tabla con las direcciones de entregas. Mará lo miró juiciosa, aumentando los nervios del príncipe.
—Mhm, creo que ya sé de dónde vienes… —el tono frío de la mujer incrementaba la ansiedad de Samin ¿Acaso era tan evidente que era un humano?— ¡Primera media luna! ¿Por qué hizo tanto misterio con eso? ¿Acaso ahora a los jóvenes brujos les avergüenza venir de primera luna y no saber la antigua escritura? Claro que tengo muchos libros de eso, puede sentarse en una de las mesas de allá, ahora le llevo los libros.
—Ah, muchas gracias… —suspiró aliviado, sentándose en una de las sillas, mientras colocaba sus pertenencias sobre la mesa. Jugó con sus manos, todavía tenía presente en la cabeza a los guardias que lo perseguían. Esperaba que no se aparecieran, pero pasados unos minutos, una pila de libros cayendo a su costado lo sobresaltaron.
—Aquí están, yo le recomiendo los primeros libros —apuntó Mará a la copa de la pila—. Puede llevarse un par si gusta, pero avísame cuáles serán y asegúrese de devolverlos a tiempo.
El príncipe le agradeció y la mujer se marchó a seguir trabajando. Estuvo hojeando uno de los libros por unos minutos hasta que volvió a distraerse al sentir un par de ojos sobre sus hombros; en un principio pensó que tal vez podría ser la señorita Mará requiriendo ayuda, siendo demasiado considerada para molestar a alguien leyendo. Pero, al buscarla con la mirada encontró que estaba organizando otras cosas; luego miró alrededor, preocupado que, por alguna razón, aquellos guardias hubiesen entrado a la biblioteca. Sin embargo, las únicas tres personas en el lugar se encontraban ocupadas leyendo o buscando en los libreros. De repente, sus ojos temerosos miraron el ventanal al otro lado de la sala, descubriendo que aquella sensación se trataba de Lucky, quien estaba observando desde afuera. Pronunció el nombre de Lucky casi en un susurro inaudible e instantáneamente el gato apartó la vista para mirar algo a su costado, era su instinto, anticipando que algo se avecinaba. Cuando el príncipe le siguió la mirada, un estruendo espantoso se hizo presente en la sala.
El príncipe yacía en el suelo, inconsciente, hasta que lamidos en su rostro hicieron que abriera los ojos. Con dolor, sentó su cuerpo para notar a Lucky a un costado suyo, un gran hueco en la pared y a Mará intentando distraer lo que parecía ser un enorme gusano salvaje.
—¡¿Este es el gusano del que me comentó?! —gritó levantándose del suelo con rapidez—. ¡Nunca mencionó que fuera de ese tamaño!
—¡No, no lo es! —Mará jalaba una cuerda amarrada al cuello de la bestia—. ¡Ayude a las demás personas!
Samin asintió, buscó a las personas escondidas entre las mesas y les ayudó a salir por el hueco en la pared, cuando ya no había nadie más, otro estruendo hizo retumbar la tierra. Regresó adentro, solo para descubrir a Mará en los brazos de otra mujer, ambas en el suelo; la bestia, que había chocado contra la entrada principal, ahora tenía su atención en Samin, y antes de que pudiera pensar en algo, el enmascarado apareció, tomando control de la situación.
De un saltó se trepó sobre el animal y, dándole un jalón a la cuerda, evitó que el príncipe fuera aplastado.
—¡¿Todos están bien?! —preguntó, haciendo más fuerza de la que soportaba—. ¡¿Qué hace esto aquí?
—¡Todos estamos bien!, creo que la cosa va por el chico—. respondió la mujer que protegía a Mará.
—¡Señor! —llamó el enmascarado—. ¡Tiene que buscar un lugar seguro junto con las señoritas Mará y Kali, yo me llevaré a esta cosa lejos de aquí!
Samin hizo caso inmediato a lo que el enmascarado ordenó y apurado, corrió hasta llegar con las jóvenes, resguardándose juntos dentro de la oficina en la librería. Después de un escandaloso ruido y golpes que resonaban en las paredes, parecía que el misterioso hombre y la bestia se habían alejado, fue entonces que salieron de la habitación; la sala principal estaba destrozada.
—Oh… —suspiró Mará con el ceño caído, parecía incluso que lloraría de la tristeza—. La biblioteca…
—No es nada —intentó animar Kali—. Podremos arreglarlo en poco tiempo.
—Lo siento tanto, tantísimo… —soltó Samin en completa angustia—. Si es verdad que esa bestia estaba detrás de mí, todo esto es mi culpa. Realmente lo lamento, puedo ayudar con cualquier cosa si es necesario.
—No te preocupes, niño, a veces este tipo de situaciones pasan. Aun así, agradecemos la ayuda. Pero primero informaremos al reino sobre esto, tal vez ahora sí hagan algo por una buena vez.
Y como si se les hubiera invocado, los guardias entraron abruptamente a la biblioteca, listos para atacar.
—¡Guardia real! —se anunció uno de ellos—. ¡Pudimos ver al delincuente Bené salir de este sitio junto con una bestia!
—¡Claro que lo vieron! —Kali se acercó amenazante—. ¡Si es el único que hace algo para mantener a esos pobres bichos en su lugar!
—¿Es usted una de sus cómplices? —encaró el guardia, apuntándole con una lanza—. ¿Qué hacía ese delincuente aquí?
—No, no soy uno de sus secuaces —apartó el arma de un manotazo—. Pero nada me detiene de golpear a un par de guardias que no sirven ni para cuidar un costal de papas.
—¿Se atreve usted a amenazar a la guardia real?
Tanto el guardia como kali estaban pecho a pecho, preparados para soltar el primer golpe.
—¿Qué tal si regresas a tu hogar y descansas?
Mará sostuvo el hombro de Samin mientras al mismo tiempo intentaba evitar que su esposa fuera arrestada. Samin miró con remordimiento por cortos segundos a Mará, y resignado, accedió a la propuesta; buscó sus cosas entre los escombros, terminando con un ramo de flores aplastado, frutas magulladas y libros con hojas dañadas. Cuando estaba a punto de salir, uno de los guardias lo detuvo.
—¡Alto ahí, niño!
El guardia lo tomó bruscamente del brazo y Samin, por impulso, se soltó indignado del agarre, dónde por escasos segundos había vuelto a portar una corona.
—Ni se le ocurra volver a tocarme —exclamó con el honor digno de un príncipe, dando un paso hacía atrás—. No se imagina con quién trata.
—Es fácil suponer que con el ingenuo repartidor de esa estúpida tienda de pociones.
—Le aconsejaría hablar con respeto sobre el trabajo de los demás —respondió—. Más cuando parece que no es el mejor realizando lo mínimo de su propia labor.
—Escucha bien mocoso —dio un paso pesado—. Tenemos mejores cosas que hacer, así que le vas a dar este mensaje a tu pequeño jefe: Que comience a comportarse o será igual de buscado que Bené y puede que te lleve a ti de paso también.
El príncipe mantuvo silencio, sin quitarle los ojos de encima al hombre frente a él, sus manos comenzaban a arder de lo mucho que apretaba el agarre de su bolso. Kali los observó y en un instante le hizo frente al guardia.
—¡Deja en paz al chico! —abucheó, poniéndose entre ambos, empujando al guardia lejos. La disputa comenzó a hacerse más bochornosa y Samin huyó de la biblioteca cuando vio a la señorita Mará hacerle señas para que se marchara. Afuera, se encontraba el gato Lucky, tomando una plácida siesta al lado de la bicicleta; los pueblerinos comenzaban a acercarse con curiosidad al lugar. El príncipe, queriendo pasar desapercibido, se apuró en tomar el manillar y montarse en la bicicleta, el movimiento despertó al gato, quien, dio un gran estirón y saltó hasta el bolso lleno de cosas; luego de un rato pedaleando con la cabeza llena de pensamientos, unas pisadas rápidas entre todas las personas sacaron a Samin de su trance. Al levantar la cabeza y enfocar la vista, notó que Erandi corría en su dirección.
—¿Señor? —confundido, el príncipe frenó con un pie la bicicleta—. ¿Qué hace aquí?
—¡Benditas estrellas! ¡¿Se encuentran bien?! —agitado y con preocupación, revisó los rostros tanto del gato como del príncipe—. Escuché lo que estaba pasando en la librería, ¡y comenzaron a tardar más de lo que esperaba! Me puse un poco nervioso, así que decidí venir.
—Estamos bien —respondió con dificultad, pues sus mejillas eran apretadas por el brujo—. Pero la biblioteca…
—El lugar estará bien, príncipe, ahora solo necesito asegurarme de que los dos se encuentren en buenas condiciones.
—¡Lo estamos! No tiene nada de qué preocuparse.
—Ya lo veremos en la tienda.
—Sí… —con la cabeza baja vio los geranios maltratados dentro del bolso, los tomó con cuidado, entregándolos al brujo, quien confundido, las sostuvo entre sus manos—. Le mandaron muchas cosas, pero escogí estas personalmente para usted.
—Oh sí, olvidé mencionarle esto de los obsequios —en una fracción de segundo su rostro reflejó nostalgia, que al instante fue cubierta por burla—. Pero que mal cuida las flores, están totalmente arruinadas.
—Podría al menos agradecerme, ¿sabe? —rodó los ojos, bajando de la bicicleta para caminar junto a Erandi—. Hice lo mejor que pude.
—Vaya, pensé que usted era perfecto.
—Nadie es perfecto, señor.
—Qué cosas más sabias dice, alteza.
—Soy un príncipe, claro que digo cosas sabias.
Después de un rato caminando, Samin rompió el silencio con una pregunta.
—¿Señor Erandi?
—¿Qué pasa, le duele algo?
—El hombre enmascarado, se llama Bené.
—Eso es correcto.
—¿Usted sabe la razón por la cual se le considera un criminal?
Erandi pensó la respuesta: —A los ojos del reino y de muchas personas, es un vándalo que va por ahí haciéndose el héroe.
—Y usted, ¿qué opina de él?
—No lo sé —evitó la pregunta—. ¿Acaso se topó con guardias?
Samin asintió, provocando en Erandi una mueca extraña.
—Lo mandaron a intimidar conmigo ¿puede creerlo? que poca dignidad.
—Así son ellos, creo que puede entender mejor mi disgusto.
—Es horroroso, pero ¿por qué lo tienen amenazado?
—A veces me meto en problemas con la guardia, además, no tengo el mejor historial sobre algunas cosas que solía hacer cuando era más joven.
—¿Más joven?
—Sí, puede que le cuente después, pero quédese con que nunca tuve una gran amistad con la guardia… o el reino.
—Puedo notarlo.
—No es como si lo quisiera ocultar.
—¿No le da miedo? ¿Qué tal si algo le sucede?
—Príncipe —giró a mirarlo—. La corona debería temerle al pueblo, no lo contrario.
Samin se vio sorprendido por aquella respuesta. Trago saliva mientras observaba el suelo.
—Tiene razón. Creo que usted es más príncipe de lo que yo soy.
—No diga tonterías, alteza —soltó una risa—. Nunca podría ser un príncipe.
—Sólo se necesita ser tan desafortunado como para nacer en una cuna de oro, ¿no?
—Sí así lo describe usted, supongo que es lo más acertado a la realidad —la sonrisa de Erandi desapareció al notar a Samin cabizbajo, sumergido en pensamientos que el brujo no podía descifrar—. ¿Le pasa algo, príncipe?
—No, no. Es solo que… comienzo a creer que Magicae sabe que no pertenezco aquí.
El brujo evitó la mirada del príncipe y pensó por un rato.
—Me puede contar todo cuando lleguemos a la tienda. De ahora en adelante iremos juntos a las entregas, ¿de acuerdo?
Samin asintió. Por un momento Erandi dirigió su atención a la plateada bicicleta que arrastraba Samin, intrigado por preguntar:— Oiga, tenía curiosidad desde hace un rato… ¿De dónde sacó esa cosa?
—¿Qué? ¿La bicicleta?
—Sí, sí, la bicicleta ¿La robó o algo? ¿de dónde la sacó?
—¡¿Qué?! ¿No la dejó usted para que yo la usará?
—No, yo no tengo ninguna bicicleta.
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