Capítulo 3 de 7
PLANES SIN SOLUCIÓN
Los ojos del príncipe se entreabrieron al sentir un rayo de luz sobre su rostro y, con molestia, se giró para acomodarse y continuar con su sueño, pero la intensa mirada tanto de Erandi como del gato Lucky lo tomaron desprevenido. Pegó un salto que lo hizo caer del sillón, sintiéndose como una presa a punto de ser devorada.
—¡Santo Dios! ¿Hace cuánto está viéndome de esa forma? —preguntó el príncipe en el suelo, enredado en la manta que lo cubría.
—Algunos minutos —respondió Erandi desviando la mirada—. Perdimos un poco la cuenta después de la primera hora y la curiosidad del descanso humano nos carcomía vivos.
—Claro, por supuesto, la curiosidad… —se levantó del suelo, notando que la venda en el rostro del brujo ya no estaba y su herida había desaparecido por arte de magia, cosa que no se alejaba en nada de la realidad—. ¿Cómo se encuentra?
—Igual que siempre —el brujo no mostraba ningún interés en tocar el tema del día pasado—. Por cierto, buenos días, su majestad.
—¿Buenos días? —dobló la manta, extrañado, poniéndola sobre el sillón—. Aunque, se dice alteza real.
—¿Uh?
—La manera de referirse a un príncipe. El término adecuado es “Alteza real”.
—Alteza.
—Correcto —extendió su mano, en un intento de presentarse debidamente—. Príncipe Samin de Nubila.
—Erandi, un gusto, príncipe Samin —sonrió, estrechando su palma con fuerza—. Intentemos hacer de nuestra compañía algo no tan desastroso, ¿le parece?
—Me parece una buena idea.
Ambos asintieron y el brujo dio un aplauso al aire.
—Muy bien, hay que comenzar pensando qué es lo que haremos usted y yo a partir de hoy, iniciando con que aún desconozco su propósito aquí.
Samin dudó su respuesta y buscando las palabras correctas habló:—El rey está enfermo, gravemente enfermo y pienso que podría deberse a algo de este mundo.
Erandi lo miró con una mueca poco disimulada.
—¿Algo de aquí?
—¡No me malentienda! Por favor, quiero decir que nada del mundo humano ha funcionado, médicamente hablando. Tengo la esperanza de que algún remedio o medicamento mágico sea la solución.
—Muy bien, no puedo refutar su teoría. Hace no mucho tiempo atrás los reinos aún mantenían contacto.
—Así es, los problemas de salud del rey comenzaron poco después de la última visita de sus mejores brujos a mi reino, por esa razón puedo pensar que se debe a algo cercano de este lugar —la atención de Erandi se quedó completamente en las palabras de Samin, dejando de prestarle atención—. Aunque yo era solo un niño en ese entonces, no puedo recordar mucho —el príncipe seguía hablando, pero la cabeza del brujo no le permitía relacionar las palabras, sentía una bruma inexplicable en el cuerpo—. Sí me lo permite, podría empezar investigando, si es que ya no me quiere llevar con ningún guardia ¡ja,ja! —¿aún había una esperanza de encontrar lo que tanto ha buscado?—. ¿Señor Erandi?
—¿Sí?
—¿Le sucede algo? —Samin intentó verificar la frente de Erandi—. ¿Su herida en la cabeza sigue mal, cierto? Ya sabía yo que no era posible que la magia hiciera milagros.
—Quíteme las manos de encima, no sea raro —apartó al príncipe—. Claro que es posible. Perdone mi repentina distracción, pero, ¿será posible que recuerde el nombre de los brujos que menciona?
Samin lo pensó, había pasado mucho tiempo de esa visita y por más nombres que cruzaran su mente, ninguno parecía ser el correcto.
—No, mis disculpas. ¿Hay alguna razón en particular por la que debería saberlo?
—No, ninguna, puede olvidarlo.
—Como usted diga.
—Bien, lo voy a ayudar a devolverlo por mi propia cuenta hasta su reino.
—¿Hasta el reino de Hautmal?
—Me aseguraré de que el rey mismo lo vea con sus propios ojos si hace falta, pero…
—¿Pero?
—Deberá hacerme un favor cuando estemos allá.
—¿Un favor? No creo que sea adecuado para un príncipe hacerle favores a las personas, mucho menos a los… brujos pueblerinos.
Erandi se aclaró la garganta y se acercó unos centímetros a Samin.
—Su alteza real, déjeme recordarle que esto es, sin duda alguna, un acuerdo mutuo, no lo estoy ayudando porque de la noche a la mañana me agrade, ni siquiera lo conozco, mucho menos intento aparentar ser bueno e inofensivo. Usted requiere mi ayuda, y yo la suya, así que si quiere que esto funcione me hará un favor cuando el momento se presente. Por mientras, yo estaré a su completa merced, me aseguraré que nada le pase, lo llevaré a su gran palacio lleno de pretenciosos humanos junto con una cura para su padre. Lo mínimo que puede hacer a cambio es un pequeño y diminuto favor, ¿nos estamos entendiendo?
Samin lo miró unos segundos, observaba los pesados ojos azules de su contrario, y por unos cortos momentos sintió desprecio hacia él; le parecía alguien extremadamente desafiante, nunca antes había tratado con alguien así, pero claro, no estaba en un territorio que conociera, no era más que un simple chico del montón. Entonces, le sonrió al brujo y asintió: —Muy bien, señor Erandi, me parece que sabe lo que hace —felicitó extendiendo su mano—, trato hecho.
Erandi tomó la mano de vuelta, cerrando el acuerdo.
—Un placer trabajar con usted, alteza.
—Lo mismo pudo decir.
—Que valiente, príncipe, no muchos lo hacen.
—¿Hacer qué?
—Un trato con un brujo —sonrió pícaro—. Debe de ser uno de esos valientes.
Samin rió monótono, soltando la mano del brujo con rigidez.
—Por supuesto, en mi reino me conocen como “Samin el valiente”, que no le teme a vender su alma a un brujo que desconocido, claro que no”
—Que suerte para ustedes que ya no soy un brujo desconocido, ¿verdad?
—Debo ser el más afortunado.
—¡Y ya no comemos humanos! —añadió, dirigiéndose a una de las habitaciones—. ¿No es eso incluso más estupendo?
—Ay señor, que buenas bromas se le ocurren.
—¿Qué broma? —pregunto desde otro cuarto donde el príncipe sólo podía escuchar objetos pesados cayendo sobre las maderas del suelo—. Dígame, ¿qué síntomas presenta su padre? No debería tratarse de algo tan extraño.
—¿Debilidad tal vez? cansancio…
—¡Necesita ser más específico que eso, alteza!
—Uh, fatiga, palidez, cambios de temperatura y personalidad, actualmente no puede levantarse de la cama, a veces está despierto y otras veces permanece dormido por meses. También, parece que sus venas se tornan cada vez más azules…
—¡O-kay! —respondió el brujo, segundos después salió de la habitación con una pila de libros—. lecturas médicas.
—Vaya que son bastantes…
—Esta casa es amante de la literatura, espero que comparta la misma pasión que yo para leer, porque me ayudará con la mitad de estos.
—¡Claro! —respondió, ayudando a cargar la mitad de los libros—. debe ser sencillo encontrar algo entre tanta información
—No confíe. Mientras más se esmera en buscar algo, más difícil parece ser encontrarlo —soltó Erandi al aire mientras ponía su pila de libros en una mesita cercana—. Casi lo olvido, tendrá una habitación, ¿le parece bien?
—Muy considerado de su parte, señor —dijo mordaz—. pensé que me mandaría a dormir con los lobos… o cual sea la criatura que acecha por las noches aquí.
—Lo pensé, muy seriamente —respondió—. Pero Lucky no me dejó. Por alguna razón parece que usted le agrada mucho.
—En ese caso deberé agradecerle después.
—Bueno, su habitación está a un lado de la mía, no debería tener ningún inconveniente —dijo al girar el picaporte, revelando el cuarto—. Puede poner los libros por allá.
—Gracias —al entrar notó que el espacio era más reducido a lo que acostumbraba. Hogareño, un poco solitario pero acogedor a su manera—. Es lindo.
—Supongo que esto no es nada a comparación de lo que tiene en su castillo, alteza.
—Sí, es algo pequeño… —la mirada juzgona de Erandi lo hizo replantear sus palabras—. ¡Oh, pero es de lo más encantador! Sin duda alguna cualquiera se acostumbraría a tan hogareño y cálido lugar. Después de todo, aquí soy solo un joven común y corriente.
—Un pueblerino más, ¿no?
—El hombre más común con el que pudiera hablar.
El silencio se hizo presente en la habitación y en tan solo segundos Erandi soltó un suspiro ruidoso.
—¡Maravilloso! Bueno, asiéntese, lea, investigue. Lo que un príncipe haga, supongo.
—No por ser príncipe debe tratarme como si fuese un hombrecillo verde del espacio.
—Conozco a la realeza y son bastante extraños, incluso los que son brujos —arrugó la nariz, saliendo de la habitación—. Avíseme si encuentra algo útil, aún necesitamos formular un verdadero plan lo más pronto posible.
El resto de la tarde transcurrió con normalidad. Tanto brujo como príncipe ocuparon su tiempo en leer e investigar, con lapsos cortos en los que Erandi interrumpía para ofrecer la merienda y cena.
Al punto donde la luna estaba próxima a coronar la noche, el zapateo de Samin acompañaba al sonido del viento, resonante en la habitación. Llevaba ya un rato intentando comprender uno de los párrafos del libro “corpus plantarum et magica” pero el desconocido idioma junto a la vista borrosa no le permitían concentrarse.
Todo el temblor de su cuerpo se detuvo cuando lágrimas cayeron sobre las hojas de papel. El llanto era silencioso y sereno, digno de un príncipe sensible.
—No sé qué estoy haciendo… —lloró, e intentaba dejar de hacerlo. Limpiaba sus lágrimas pero no servía de nada, así que solo continuó—. No estoy llegando a nada con todo esto.
Golpecitos comenzaron a sonar contra la ventana, pensando que se debía a las ramas del árbol en el jardín, las ignoró en un primer momento, pero los golpes se volvían más fuertes y constantes. Al levantar la mirada, el príncipe cayó de espaldas en su silla al ver una aterradora silueta posada del otro lado de la ventana, aún tocando. Al aclarar su vista, notó que se trataba del hombre enmascarado. Con pena, Samin se levantó, acomodó la silla y trepó con cuidado su escritorio para abrir la ventana.
—Es usted, ¿qué hace aquí tan tarde? —el enmascarado señaló que bajara el volumen de su voz y luego apuntó hacia la habitación de al lado—. Oh, claro, el señor Erandi ya debe estar durmiendo —el hombre asintió y el príncipe clavó sus ojos en él—. ¿Puedo preguntarle algo?
—Sólo si me acompaña a caminar.
Cuando el misterioso ofreció su mano, Samin la tomó sonriente para salir por el marco de la ventana.
El pasto bailaba con el aire fresco y los crujidos de las hojas iban a la par con sus pasos. Una noche bastante agradable para los sentidos del príncipe.
—No esperaba verlo tan pronto, a decir verdad —continuó—. Ni siquiera pensé que lo volvería a ver. Ya sabe, después de nuestra simpática interacción en el bosque.
Ninguno de los dos dijo nada por unos segundos.
—Usted… Me guio a esa tienda, ¿no? —Samin se atrevió a preguntar. El enmascarado se limitó a encogerse de hombros—. Vaya respuesta, creo saber por qué el señor Erandi no lo considera un amigo.
—No necesito amigos.
—Yo tampoco —respondió sonriendo—. Pero es un buen compañero, como un tipo de socio. Es bastante nervio para un hombre de su talla —el enmascarado asintió—. Por cierto, otra pregunta ¿Cuál es su nombre? ¿Y por qué está vestido así?
—Esas son dos preguntas.
—¿Las va a responder?
El enmascarado negó con la cabeza. Samin soltó un suspiro.
—Tal vez su amigo le responda.
—Veré si le puedo preguntar, aunque no creo que la respuesta sea tan distinta a la suya.
Un ruido entre los arbustos alarmó a ambos jóvenes, que se miraron entre sí. En silencio y cautelosos, comenzaron a buscar la dirección de donde provenía el ruido.
—Debería regresar a casa —mencionó por lo bajo el enmascarado—. Puede que sea algo peligroso o guardias patrullando.
—¿Y qué? ¿Me va a entregar?
—Sólo espero que sepa defenderse.
Para sorpresa de ambos, un pequeño animal peludo salió de los arbustos, llevaba un pedazo de fruta en el hocico. El enmascarado relajó los hombros y el príncipe estaba maravillado por la criatura.
—¡Es un pequeño oso, qué lindo! pero es demasiado pequeño, incluso para solo ser una cría.
—¿Un… oso? —cuestionó el hombre—. No, no, esa criatura es un ursy, es el tamaño más grande que pueden llegar a tener.
—¡¿Qué?! —gritó tan sorprendido como maravillado—. De donde vengo normalmente son enormes.
—¿Un ursy gigante? No me lo imagino.
—Por lo general son peligrosos —continuó, mirando al animal comer fruta—. Pero aun así, considero que siguen siendo igual de adorables.
El enmascarado soltó un suspiro de gracia y admirando a la pequeña criatura aplaudió suavemente, gesto que extrañó al príncipe.
—Espero que haya despejado su mente.
—Fue un agradable paseo, muchas gracias.
—Lo menos que puedo hacer por un caballero en apuros.
—De verdad la situación luce compleja, ¿no?
—Al final del día solo es una situación. Usted decide qué tan compleja será —respondió—. Tenga cuidado, humano.
Samin estaba a punto de reprocharle el comentario, pero al girar la mirada, el hombre ya no se encontraba por ningún lugar. Confundido y sin querer darle muchas vueltas al asunto, se encaminó a la tienda. Subió con dificultad a su habitación y una vez dentro, el príncipe cerró la ventana. Sentándose de nuevo en su escritorio abrió el libro que había dejado pausado—. Aparecer y desaparecer, ¡dios! vaya que ese es un hombre aún más extraño.
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