Capítulo 2 de 7
CUANDO OCURRE EL PRIMER ENCUENTRO: UN PRÍNCIPE Y UN BRUJO
Entre las tierras boscosas del lugar, un joven luchaba por regular su respiración mientras se escondía de una enorme bestia que lo acechaba. Con el corazón a punto de salírsele del pecho, se agazapó tras un árbol y asomó con cautela la mirada. La bestia parecía ir en dirección contraria, lo que le dio la oportunidad de intentar buscar una escapatoria alterna. Mala fue su suerte al andar con descuido y, no habiendo avanzado siquiera dos pasos, los nervios le traicionaron, haciendo que resbalara sobre las hojas secas del suelo. Cayó torpemente y aquel ruido bastó para atraer de nuevo la agresiva y feroz atención de la bestia que, sin dudarlo, emprendió una veloz carrera en su dirección. Sin pensar, el joven se levantó y, con la mejor velocidad que un chico como él podría tener, comenzó a correr; su piel y sus ropas eran rasgadas por las ramas de los árboles contra las que chocaba. Sus piernas comenzaban a cansarse y el dolor en su cuerpo incrementaba. Pensaba mil maneras de huir, pues no podía permitirse terminar devorado así sin más, mucho menos en un lugar que ni siquiera conocía, y ni imaginar teniendo el título que por nacimiento se le concedió. Inmerso en su pensamiento apenas y alcanzó a notar el sonido sobre las copas de los árboles, cuando por sorpresa, una persona vestida totalmente de negro y enmascarada saltó frente a él. El joven se detuvo en seco, con respiración agitada miró a su contrario que, a paso lento, se acercaba mientras él retrocedía. Las pisadas del enmascarado se hacían cada vez más rápidas hasta casi correr y temiendo lo peor, el príncipe solo se cubrió el rostro con los brazos. Después de unos segundos de no sentir nada, volteó para encontrarse al chico de negro domando a la bestia que lo perseguía pocos minutos atrás
—¿Qué le hizo? —la voz apenas le era distinguible a través de aquella máscara escalofriante y por alguna razón desconocida, sonaba molesto.
—¡Nada, lo juro! —exclamó el joven, alzando las manos temblorosas—. Ni siquiera tengo idea de lo qué es esa cosa.
El enmascarado chascó la lengua dándole la espalda mientras escoltaba al gran animal.
—¿Quién es usted? —preguntó el joven, sin otra opción más que seguirle—. ¿A dónde se dirige?
El misterioso enmascarado no se molestó en responder, ni siquiera en dirigirle la mirada, se montó sobre el lomo de la bestia y abandonó el sitio con velocidad, mientras que el joven, con desespero y no sabiendo a donde ir, corrió detrás de ellos, gritando preguntas que no eran respondidas. Cada vez se alejaban más para su lento paso y en cuestión de minutos, ya no conseguía distinguirlos a la lejanía; sintiéndose derrotado, decidió seguir caminando hacia cualquier dirección. Pronto, una hogareña cabaña comenzaba a ser visible; Con las esperanzas en alto, apuró su paso hasta llegar a una de las entradas y cuando intentó tocar, descubrió que la puerta estaba entreabierta.
—¿Hola? —la voz retumbó entre las paredes de la habitación—. ¿Se encuentra alguien? —al no recibir mayor respuesta, decidió pasar.
El lugar lucía completamente extraño. Se encontraba repleto de frascos, cajas y gabinetes llenos de cosas brillantes. El príncipe daba vueltas sobre sí mismo observando con asombro su alrededor, sin percatarse que debajo de él se paseaba un pequeño gato negro; sobresaltado, el príncipe pegó un pequeño (y vergonzoso) grito.
—¡Oh vaya! —suspiró aliviado—. ¡Qué encantadora sorpresa! ¿Cuál es tu nombre, pequeño?
Y antes de que pudiera acariciar al gato, la puerta azotándose lo interrumpió.
—¡¿Quién rayos es usted?! —gritó un chico moreno de orejas puntiagudas y extraña vestimenta al marco de la puerta. Hizo aparecer del aire un báculo con el que pretendía defenderse. Al observar bien al intruso en su hogar, agitó la cabeza extrañado y entrecerró los ojos—. Es un… ¿humano?
—Y usted es… un brujo.
—¿Qué otra cosa sería aparte de un brujo? Humano tonto.
—¡¿Cómo se atreve usted a llamarle a un príncipe de esa manera?!
—Válgame las santas estrellas —expresó rodando los ojos y echándose para atrás—. Además pertenece a esa bola de engreídos. Dígame, “príncipe”, ¿cómo es que llegó aquí?
—Siéndole franco, no lo puedo recordar con exactitud.
—Mire, no intente hacerse el desentendido conmigo —se acercó amenazante—. Mucho menos busque pretender ser valiente. Si es que es un príncipe, cómo usted lo dice, debe saber bien lo prohibido que es cruzar entre reinos.
Por un segundo el príncipe temió, pero recordó la razón por la que se encontraba en ese lugar. Manteniendo su postura, prosiguió:
—Sé muy bien la situación en la que me encuentro.
—¿Qué situación? ¿Usted allanando mi propiedad? Vaya, qué situación la suya. Lo mínimo que puede hacer es darme una explicación concisa y razonable del porqué está en mi tienda.
—No pensé que fuera cierto, pero ya veo que los rumores en mi reino son verdaderos, los de su clase son unos inadaptados y brutos.
El brujo, a pasos pesados, se acercó al príncipe hasta tomarlo bruscamente del collar de su camisa.
—Vaya a saber quién sea usted, imitación de príncipe.
—¡¿Discúlpeme?!
—¡GUARDE SILENCIO! —demandó, resonando su voz por todo el lugar. El príncipe hizo caso y el brujo continuó—. Pero le advierto, si fuera usted no abriría tanto mi bocota sin pensar primero con quien estoy tratando aquí. Le recuerdo: está en mi hogar, en mis tierras, siendo usted un humano. Yo estaría aterrorizado si estuviera en sus zapatos y no le diera una buena explicación al brujo que tiene de frente sobre por qué me encuentro en un mundo en el que no debería de estar.
El príncipe, sin despegar los ojos de su contrario, pasó saliva. Dándole vuelta a todas las posibles cosas que podría decir, concluyó en algo:—Usted es mucho más escalofriante que el señor enmascarado del bosque.
El joven brujo lo miró incrédulo por unos segundos, dejando salir un suspiro al soltarlo.
—Por todos los astros —masajeó su entreceja mientras golpeteaba el talón contra el suelo—. ¿Acaso ese tipo lo dejó aquí?
—Bueno hubiese sido que ese hombre me trajera aquí —el príncipe le dio una mirada juzgona de pies a cabeza antes de continuar—. Aunque pensándolo bien, parecía mejor opción ser devorado por aquel monstruo del bosque que terminar aquí, con alguien como…usted.
—Concuerdo totalmente, majestad, es mucho más conveniente convertirlo en alimento a tener que lidiar con el humano más insoportable, irrespetuoso y egocéntrico en toda la existencia.
—¿Perdone?
—Lo perdono —respondió, dándole la espalda para buscar algo detrás de un mostrador—. ¿Ya me va a explicar lo que hace aquí?
—Quisiera que me llevase con alguien que tenga una mínima educación y respeto por las personas, por favor —demandó, cruzándose de brazos—. Sería mucho mejor que estar en esta cantina.
El brujo soltó una risa, ahora con papel y una pluma en las manos—. Claro su majestad, ¿qué más le puedo traer? ¿Un palacio y le llevo la cena hasta su alcoba? —señaló al príncipe—. Dígame de una buena vez, ¿qué hace aquí?, necesito escribirle una carta al reino para que lo regresen a su palacio o lo que sea que hagan con los humanos pestilentes.
—No pienso hablar con usted —reprochó, volteando la cara.
—Benditas y santas estrellas en todo el cielo, hablar con la pared sería más fácil —quejó entre dientes—. ¿Qué acaso todos en la realeza son así? —preguntó el brujo al aire y el gato soltó un maullido—. Eres un sarnoso, Lucky. Esparciendo mentiras por ese hocico que tienes. Gato hablador…
—¿Acaso dijo que usted es un gran warlock? Porque sería el gato más inteligente en el universo.
El brujo azotó la mesa repentinamente, sobresaltando tanto al príncipe como a Lucky.
—Eso es mucho decir para un príncipe de pacotilla, ¿no lo creé?
—¿Acaso lo ofendí? Warlock.
—¡No se atreva a seguir usando esa palabra conmigo!
—¿O qué? ¿Me va a lanzar una maldición?
—No, claro que no, su majestad, yo no juego sucio… —respondió casi para sí mismo mientras se trepaba al mostrador—. ¡VOY A PARTIRLE ESA ESTÚPIDA CARA! —gritó, saltándole encima y provocando que ambos cayeran al suelo. Tanto el príncipe como el brujo hacían fuerza sobre el otro para intentar golpearse entré sí.
—¡¿Qué demonios le sucede?! —gritó el príncipe.
—¡¿Qué demonios le sucede a usted?! —repitió el brujo, consiguiendo golpear la cara del humano mientras que este lo empujaba con una fuerte patada al estómago, apartándose de él y corriendo a la salida de la tienda. El brujo solo pudo seguirlo con la mirada. Dio un golpe al suelo intentando conseguir aire de vuelta—. Maldito desgraciado… —Lucky maulló y el brujo rodó los ojos—. Tú sabes bien que no me gusta esa horrible palabra —explicó, levantándose y sacudiéndose las ropas, a lo que el gato volvió a maullar—. Sí, sí, lo voy a buscar. Algún anciano se hará polvillo si llegara a ver a un humano rondando por las calles del pueblo.
El brujo salió por la puerta corriendo detrás del príncipe, podía verlo, bastante lejos, pero sus ojos no lo perdían de vista. La persecución comenzaba a notarse entre los pueblerinos y las personas se preguntaban quiénes eran los involucrados. Al brujo no se le ocurrió hacer más, aparte de algo que no hacía mucho tiempo atrás. Corrió detrás de uno de los edificios y haciendo aparecer su báculo se trepó sobre él hasta volar sobre la plaza principal.
—Tengan una excelente tarde, amigos míos —saludó con la sonrisa de perlas más brillante pudo obligarse a formar—. Son las doce en punto de un fresco veintisiete de febrero, ¡mantengan sus ánimos en alto, la primavera está cada vez más cerca!
El pueblo aplaudía y gritaba emocionado, podían escucharse aclamos con el nombre de “Erandi” en ellos. El príncipe miraba alrededor, buscando comprender cómo era posible que el chico que había conocido antes y el que estaba en los cielos podía tratarse del mismo. Su trance no duraría mucho, pues de reojo notó al brujo volando hacía su dirección, lanzándose sobre él. Rodaron por el césped antes de chocar contra el tronco de un árbol, cuya corteza se abrió cómo puerta, llevándolos de vuelta a la tienda de pociones.
—¡NO VUELVA A HACER ALGO ASÍ! ¡¿ME OYE?! —gritó el brujo encima del príncipe—. ¡Deje de ser tan descarado, usted no está seguro por su cuenta aquí!
El joven siguió reprendiendo al príncipe, pero su atención se enfocó en la ensangrentada frente del brujo, que con preocupación intentó avisarle, pero este no le permitía la palabra.
—Pero.
—¡Nada de peros! Me va a escuchar hasta que entienda los riesgos.
—¡Su cabeza chorrea sangre a mares! —tomándolo por los hombros, el príncipe consiguió silenciar al joven brujo, que, confundido, comenzó a notar las gotas de sangre escurriendo sobre sus mejillas, con la palma limpió el líquido carmesí, solamente para comprobar que, en efecto, se trataba de sangre. Cuando se puso de pié tambaleando fue que se preocupó y buscó alguna respuesta en la mirada del humano—. ¿Señor?
Pero el brujo no encontraba forma de responderle.
—Oye, oye —buscó en los ojos del otro—. ¿Erandi, verdad? Erandi, necesitas decirme dónde puedo encontrar algo para asistir la herida.
A causa del mareo, el brujo no podía concentrarse en lo que quería decir, el príncipe lo cargó por los hombros, ayudándolo a sentarse en un banco cercano.
—Manténgase firme y no se mueva —ordenó—. Señáleme dónde puedo encontrar las cosas necesarias para ayudarlo.
Erandi apuntó hacía un par de estantes. El príncipe fue directo al lugar, buscaba por detrás de los libros, moviendo el desorden unos cuantos milímetros sin encontrar nada. Desesperado, comenzó a empujar y tirar objetos al suelo, desde libros hasta cajas y recipientes, pero fue el ruido de rasguños sobre la madera lo que lo sacó de su fijación. Al bajar la mirada observó al gato Lucky arañando un pequeño compartimiento al final de los estantes. El príncipe se agachó y abrió las pequeñas puertas, dentro había todo un botiquín médico.
—Gracias —tomó lo que parecían ser gasas, vendas, toallas y alcohol. Corrió de vuelta con Erandi y colocó todo sobre su regazo—. No se preocupe señor, va a estar bien —con una de las toallas comenzó a limpiar todo el costado del rostro del brujo—. Le ofrezco mis más sinceras disculpas, en verdad lo siento muchísimo —chorreó un poco de alcohol en una nueva toalla—. Puede que esto duela un poco —Erandi simplemente entrecerró los ojos torciendo los labios sin responder. El príncipe pasó la toalla por la herida, colocó una gasa y rodeó la cabeza de Erandi con una venda—. Esperemos que con esto el sangrado se detenga, de otro modo puede que un verdadero profesional tenga que verlo.
El brujo asintió mientras hacía presión en el lugar de la herida.
—Lucky…
—¿Disculpe?
—¿Dónde… dónde está Lucky?
—Uh, estaba por aquí hace unos minutos, él me… —el gato interrumpió, saltando al regazo de Erandi—. Él ayudó.
—Quisiera ir a mi recamara… —le susurró a Lucky. El gato volvió al suelo transformándose en una gigante pantera, acto que sobresaltó al príncipe. Erandi se levantó con dificultad y subió al lomo del animal, una vez asegurado, el gran gato comenzó a caminar en dirección al segundo piso. El príncipe les siguió por detrás, a una distancia considerable.
El segundo piso era completamente distinto a la planta baja, un espacio muchísimo más hogareño y, aunque no había ninguna foto, un par de pinturas y algunos poemas colgaban de las paredes. El lugar era una gran sala, rodeada de habitaciones y libreros, como si se tratase de un pequeño museo. Cuando llegaron a uno de los cuartos, felino y brujo entraron, pero la puerta se cerró en la cara del príncipe, justo antes de que pudiera entrar o siquiera alcanzar a ver un centímetro de la habitación; resignado, volvió a la sala principal para sentarse en uno de los sillones. Cuando el tiempo comenzó a pesar, se resignó a que Erandi no saldría en un largo rato, así que empezó por ver cada uno de los cuadros, luego los poemas. Algunos parecían ser firmados por el mismo Erandi, otros variaban entre los nombres de Tlay e Ikal, supuso que debían tratarse de artistas famosos de la zona. Después de ver todos los cuadros en las paredes, decidió por hojear algunos libros, muchos eran sobre plantas, otros de pociones, algunos parecían ser escolares y muy pocos cuentos infantiles, aquello último provocó una pequeña sonrisa en su rostro. Tomó varios encuadernados decidido a leerlos mientras esperaba; aprendió desde la clasificación de plantas mágicas, hasta la fábula de las hadas y las flores. Eventualmente, los minutos se transformaron en horas y el príncipe cayó dormido con un libro a medio leer sobre su pecho, no consiguió terminarlo cuando en algún punto de la tarde se desvaneció por completo. A la hora en la que la luna estaba en su punto más alto, Erandi se encontraba a un costado del príncipe, de pie, mirándolo con una manta en las manos, sus ojos brillaban como el zafiro en la oscuridad de la habitación y mientras pensaba qué es lo que haría con ese humano acostado en su sillón, lo cobijó para volver a su habitación.
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