Capítulo 5 de 6
“El ranking de un coliseo privado no pertenece, legalmente, a ningún sistema oficial de las cinco naciones. Puede ganarse, perderse o apostarse, según decida su dueño.”
—Informe regulatorio, sección sobre coliseos privados
Vania Leblanc.
La luz del sol la atacó primero.
Se filtró por la ranura entre las cortinas como si hubiera estado esperando el momento exacto para hacerlo, y cayó directo sobre sus párpados con esa insistencia irritante que tiene la mañana cuando no la invitaste. Vania gruñó sin abrir los ojos, giró hacia el otro lado y enterró la cara en la almohada antes de rendirse.
No recordaba cuándo se había dormido y ni siquiera cuando dejó el sillón.
En algún punto entre las dos y las cuatro de la madrugada, supuso. El techo había sido su único interlocutor durante horas, mudo y sin respuestas, mientras su cabeza hacía lo que mejor sabía hacer: repasar todo. Las palabras que dijo, las que no dijo, el tono en que Darius había usado.
Se incorporó despacio.
Los ojos pesaban. Se pasó los nudillos por debajo de las pestañas y los retiró con una traza oscura.
«Genial. Me olvide de quitarme el maquillaje»
Antes de poner los pies en el suelo, ya estaba de mal humor.
Entró al baño y su reflejo devolvió el cabello completamente desordenado, mechones pegados a las mejillas y al cuello, los labios un poco hinchados de la noche al igual que los ojos. Restos de delineador negro corrido enmarcaban su mirada haciéndola parecer más un mapache.
Entro a la ducha.
El agua caliente golpeó sus hombros, su espalda, el nudo persistente que vivía entre sus omóplatos y que ningún masaje terminaba de resolver. Se quedó quieta bajo el chorro, con los ojos cerrados, dejando que el vapor le llenara los pulmones.
Salió. Se envolvió en la toalla. Evitó el espejo esta vez.
Se vistió sin pensarlo demasiado: short negro ceñido de entrenamiento, top deportivo negro, ajustado, las zapatillas de siempre. Tomó el bolso y metió adentro una muda de ropa, la botella de agua y las vendas para las manos. Se puso los anteojos de sol más grandes que tenía y salió del departamento sin mirar hacia atrás.
En el ascensor abrió la aplicación de transporte. Marcó el destino.
«Cuatro minutos»
Esperó abajo en la puerta del edificio con los brazos cruzados, mirando la pantalla del teléfono. Wave se actualizó solo.
Una cuenta de noticias que publicaba estadísticas de portales abiertos en la última semana. El número había subido. Siempre subía. Vania pasó el dedo sin detenerse.
El trayecto duró veinte minutos que Vania pasó con los anteojos puestos, mirando Valdoria pasar del otro lado del vidrio.
Bajó en la esquina de siempre, seis cuadras antes del destino, porque le gustaba caminar la última parte. Y entonces apareció el Coliseo Leblanc.
Ocupaba una manzana. Su fachada era de piedra clara y acero oscuro intercalados, una construcción que su padre había financiado con la misma obsesión con que financiaba todo lo que le interesaba: sin límites de presupuesto y con la instrucción de que debía verse desde tres cuadras de distancia. La forma era inconfundible, un óvalo masivo que evocaba los coliseos de la antigüedad, pero con una escala moderna. Las columnas de la entrada eran de piedra trabajada, y entre ellas colgaban pantallas de gran formato que transmitían en loop rankings, estadísticas, fragmentos de combates. El nombre “Coliseo Leblanc” estaba inscrito en letras metálicas sobre el arco principal, iluminado incluso de día.
Vania no lo miro porque lo conocía de memoria. Luego empujó las puertas y entró.
Las miradas llegaron antes que el aire del interior. De varios tipos, y que ella conocía todas. Estaban las miradas rápidas, las que intentaban disimular y fallaban, las que se posaban un segundo en su cara y luego bajaban buscando otra cosa donde posar la vista. Estaban las miradas que cuchicheaban, dos personas inclinadas la una hacia la otra con ese gesto inconfundible de quien cree que hablar bajo los vuelve invisibles.
—Está hermosa.
—¿Ya viste esa cara? Hoy no conviene acercarse.
Caminó directo hacia las arenas sin detenerse.
Los tres coaches estaban cerca de la segunda arena cuando Vania llegó, reunidos, conversando entre pasadas de mate. Los conocía a los tres de sobra.
Estaba Ferreyra, el mayor del grupo, cincuenta y tantos años, con una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda desde hacía tanto que ya nadie recordaba de qué combate venía. Era el más respetado del staff técnico del Coliseo, y el único que podía decirle algo a Vania sin que ella lo ignorara.
Brest, menor que Ferreyra, de complexión ancha, ex Cavaller de rango B que había dejado la actividad por una lesión de rodilla que le había arrancado la movilidad necesaria para competir y que había encontrado en la enseñanza una manera de quedarse cerca de lo único que entendía.
Y estaba Quiroga, el más joven de los tres, con demasiada energía y una capacidad técnica que compensaba por mucho lo que todavía le faltaba en experiencia.
Los tres levantaron la vista cuando Vania apareció.
—Vania —dijo Brest, con una inclinación de cabeza.
—Buen día —agregó Quiroga, con la misma sonrisa con la que la recibía todas las mañanas.
Ferreyra no dijo buen día. La miró un momento y asintió despacio.
Vania se detuvo frente a ellos. No sonrió. No hizo el intercambio social que la ocasión habría pedido en otro día. Su mirada fue a Ferreyra.
—Marcos —dijo directamente—. Necesito sparring. Ahora.
El coach más veterano no parpadeo. Miró sus manos, luego la arena, luego a ella.
—La arena dos está libre —menciono y se encaminó hacia el banco de equipamiento sin más.
Vania lo siguió.
Mientras Marcos buscaba sus guantes de sparring y se los ajustaba con lentitud, Vania calentó. Lo hizo rápido. Rotaciones de hombros, cuello, muñecas. Dos series de movimientos de cadera. Unos metros de trote corto en el perímetro de la arena.
Marcos la observó mientras terminaba de ajustar el segundo guante en la arena. La vio atarse el cabello y entendió, porque llevaba suficiente tiempo cerca de ella, que Vania no traía únicamente energía para entrenar. Había más. La coleta alta era una declaración de guerra en ella.
Vania acomodó el último mechón, sintió la tensión del elástico, y levantó la vista hacia él.
Observó a Marcos preparado y afilo su mirada. Sus músculos se tensaron de inmediato.
Se lanzó.
El primer golpe llegó antes de que Marcos terminara de asumir su postura de recepción. No era un golpe de calentamiento. No tenía esa cadencia lenta que tienen los primeros intercambios cuando dos personas están tanteando el ritmo. Tenía velocidad, intención, y una ira por debajo que Marcos sintió en las palmas a través del cuero de los guantes.
Vania golpeó. Una vez, otra, otra. El ritmo escaló rápido, demasiado rápido para lo que debería ser un sparring, y en cada impacto algo se abría brevemente en su cabeza sin que ella lo buscara.
Combinación de puños. Marcos retrocedió un paso, aguantó, avanzó de vuelta.
Patada lateral. Marcos la bloqueó con el antebrazo y torció el gesto.
Vania no aflojó.
Golpeaba como si en el impacto hubiera una respuesta que las palabras no le habían dado.
Marcos sostenía. Pero estaba en el límite.
Vania dio un salto rápido hacia atrás, aterrizando con los pies separados en la anchura justa, las rodillas levemente flexionadas, los brazos en guardia. Respiró. Incluso en eso, incluso en ese segundo de pausa involuntaria, su postura era exacta, como si el cuerpo supiera hacer lo correcto independientemente de lo que estuviera pasando más arriba.
Vania rechisto.
Llevó una mano a la frente para quitarse el sudor.
Y entonces escuchó las voces. Masculinas. Jóvenes. Detrás de ella, hacia el lateral de la arena donde el vallado daba al pasillo de acceso.
Giró la cabeza y los vio.
Dos chicos. De su edad, quizás un año más. Atléticos, el tipo de musculatura que se trabaja con disciplina y se exhibe con conciencia. Ropa de entrenamiento ajustada, de esas marcas que cuestan lo suficiente como para que el precio sea parte del mensaje.
Vania sintió esas miradas y entonces sonrió. Dulce, abierta, levemente inclinada hacia un lado. Cruzó los metros que la separaban del vallado y se apoyó en el borde con los codos y los miró.
—¿Les está gustando el espectáculo? —preguntó divertida.
Los dos chicos intercambiaron una mirada. El más alto respondió con una sonrisa propia, animado por la del otro.
—No todos los días se puede mirar a Vania Leblanc entrenando.
—Es difícil no mirar cuando la número uno es quien entrena —agregó el segundo.
Vania inclinó la cabeza. Siguió sonriendo.
—¿Quieren subir? —dijo con una cadencia melosa—. Combatir conmigo, digo. Sería más entretenido para los tres.
Los dos se miraron de nuevo. El más alto levantó una ceja.
—¿Los dos contra vos?
—Si, no hay problema. —Se encogió de hombros despreocupada—. Ustedes lo dijeron, soy la numero uno. Algo de ventaja les tengo que dar —les regalo una risita—. Vamos a divertirnos juntos.
El segundo chico soltó una carcajada corta, un poco incrédulo.
Estuvieron dentro del vallado casi al instante.
Vania ya había vuelto al centro de la arena. Reajustó la coleta, pasando los dedos una vez por el cabello para tensar el elástico y empezó a caminar de un lado a otro en un espacio de dos metros, la vista fija en los dos mientras los estudiaba con calma.
Era como un animal enjaulado que medía el espacio antes de decidir cuál de las presas era más interesante.
Marcos bajó la mano.
—Los novatos primero —dijo Vania, con una dulzura que sonaba peligrosa.
El primero no la decepcionó. Fue exactamente lo que parecía: un toro sin criterio, puño derecho levantado, avance frontal, toda la convicción y ninguna estrategia. Directo al centro, como si la trayectoria recta fuera una virtud en sí misma. No había finta, no había lectura, no había nada.
Vania dio un paso hacia atrás de tal manera que sus pies parecieron no tocar el suelo.
El puño cortó el aire y la expresión del chico fue un poema para ella.
«Que patético»
Avanzó con el mismo movimiento, recuperando el espacio que había cedido, y conectó una patada lateral al abdomen con la cadera rotada.
El sonido fue seco. El aire se escapó del chico en un gemido que no tenía ninguna dignidad, y sus piernas se doblaron mientras las manos buscaban el punto de impacto instintivamente.
Vania caminó hasta quedar a su lado y le dio dos palmaditas, suaves, en la mejilla.
—Así se sienten mis piernas, musculitos ―susurrándole cerca de su oído.
El segundo era más inteligente, o al menos lo suficiente para haber observado lo que acababa de pasar. No avanzó de frente. La rodeó, lento, midiendo, con los pies describiendo un arco cuidadoso.
Vania lo siguió.
Se movieron en semicírculo, uno detrás del otro. Ella dejó aparecer aperturas. Las construyó con cuidado. Las puso ahí como si fueran el queso en la trampa.
El chico encontró su queso.
Lanzó tres golpes en rápida sucesión, el último buscando el costado. Vania desbarató los primeros con los antebrazos, dejó pasar el tercero por encima del hombro inclinándose, y en el movimiento de esquive conectó un puño limpio que llegó antes de que él terminara de extender el propio. La rodilla siguió al mentón.
El chico cayó hacia atrás con todo el cuerpo.
Vania lo miró desde arriba, con los brazos caídos a los lados, respirando más rápido de lo normal.
—Vamos, chicos. Sé que pueden hacerlo mejor.
El primero intentó levantarse.
Vania lo vio venir de la misma manera que lo había visto la primera vez. El mismo impulso hacia adelante, la misma mecánica, como si la repetición fuera a producir un resultado diferente.
Eso fue lo que más le molestó.
Esa resistencia para cambiar algo cuando lo que se estaba haciendo claramente no funcionaba. El estancamiento.
Agarró la pierna con una mano antes de que el movimiento se completara, la detuvo con la misma naturalidad con que se detiene una rama que molesta en el camino, y en un movimiento continuo aplicó giró, aplicando una llave, y el chico fue al suelo con una contundencia que resonó en el piso de la arena.
Se puso de pie de inmediato. Los miró a los dos, uno retorciéndose, el otro intentando incorporarse.
—¡No sirven para nada, inútiles! —la frase salió sola, con toda la frustración que no era sobre ellos.
Marcos se acercó.
—¡A la banca, Leblanc!. —el grito de Ferreyra resonó en la arena—. Que sea la última vez que traes tu enojo del afuera a esta arena. No me importa si sos Vania Leblanc o Elysia Stellaris ¿Entendido?
Vania le vio, frunció su ceja y soltó un bufido.
Se mordió la lengua. Giró y caminó hacia la banca dejando caer con fuerza. Agarró una toalla de su bolso, se la pasó por la cara y luego se la puso sobre la cabeza, cubriéndose completa. El algodón era suave contra la piel caliente. La oscuridad de la tela tenía una paz que duró un momento en que los recuerdos aparecieron.
La manera en que sus manos le habían recorrido la espalda esa última noche. El calor de ese cuerpo. La manera en que el deseo y la decepción podían coexistir en el mismo espacio, lo que era quizás lo más agotador de todo.
El teléfono vibró. No contestó de inmediato. Contó hasta tres.
—¡Hola! —contesto Vania, intentando que su voz sonara lo más parecido a estar de buen humor.
—¡Vani! —La voz de Selena llegó con la misma energía de siempre, como si esa chica rubia de corte carre no supiera estar de otro estado de humor que no fuera contenta—. ¡Vi la entrevista de ayer! ¡Estuviste increíble!
Vania se levantó de la banca y empezó a caminar hacia el ventanal del ala este, porque necesitaba moverse y porque la luz que entraba por ahí a esa hora era de ese tono dorado que en otro momento habría encontrado simplemente bonito y que ahora encontraba casi necesario en su piel.
—Gracias, Sel.
—¿Estás bien?
La pregunta llegó rápido, sin preámbulo, porque Selena la conocía desde los ocho años.
Vania se paró frente al ventanal. La luz entraba en diagonal, tibia, y su reflejo apareció en el vidrio con una nitidez que no había pedido.
—Sí... tuve una discusión con Darius. Nada grave.
El silencio de Selena del otro lado duró lo necesario para comunicar que no le creía.
—No parece que las cosas estén mejorando.
Vania tragó saliva. Fijó la vista en algún punto del ventanal, observando la multitud que caminaba por las afueras del coliseo. Los cavallers socializaban, reían.
—No. Desde que su carrera despegó, no sé quién es. Se enojó porque dije que era más fuerte que él. No quise herirlo, solo respondí —dejó salir un suspiro agobiado—. Me conoces, Sel.
—Vania. —El tono de Selena cambió—. No tienes que justificarte conmigo, no dijiste nada malo. Si le molesta, que entrene. Ser fuerte no es solo posar frente a las cámaras y aparecer en eventos con traje y una sonrisa.
Vania apoyó la frente brevemente contra el vidrio frío unos segundos para sentir el alivio.
—Me lo promete todo el tiempo, Sel. Que va a cambiar, que esta vez va a ser diferente, que va a trabajar más duro. —Hizo una pausa larga—. Pero nada cambia. Estoy harta de caminar más despacio para no dejarlo atrás. Quiero seguir creciendo. Quiero llegar al Shi Dai Kotei.
Esas palabras le salieron más vulnerable de lo que le gustaba escucharse, con esa especie de ternura torpe que aparecía cuando se encontraba inestable o sensible.
—Estoy cansada de los mismos entrenamientos —siguió, con esa voz baja—. De los mismos rivales. De sentir que estoy en el mismo sitio. No quiero oxidarme sabiendo que el Shi Dai Kotei tiene miembros que pueden borrarte de la pelea con sus técnicas elementales.
—Qué pena que el torneo de fin de año esté tan lejos —suspiro Selena, con ese tonito juguetón que Vania había aprendido a leer—. Seguro que ahí sí te cruzarías con alguien a tu nivel.
Vania frunció el ceño levemente.
—¿Torneo?
—Sí. ¿Qué tiene?
—Sel. —La sonrisa apareció sola como el brillo en sus ojos—. Acabas de darme una idea estúpidamente brillante.
—¿Qué vas a hacer?
—Un desafío. Aquí, en Valdoria. —Empezó a caminar, los pasos más rápidos ahora, porque cuando una idea tomaba velocidad su cuerpo la seguía—. Los primeros puestos mueven fama, sponsors, entrevistas, todo lo que quiere la mayoría. Les voy a dar una oportunidad de arrancármelo.
Selena se rió.
—Gracias, voy a hablar con mi padre y luego te escribo.
Cortó la llamada poco después de despedirse. Se quedó un segundo con el teléfono en la mano, mirando la pantalla oscura.
Luego marcó a su padre.
Atendió al cuarto tono. El fondo sonaba a papeles, voces que pertenecían a otras personas y a la voz ronca y gruesa de su padre que debatía sobre las próximas decisiones sobre su nuevo proyecto.
—¿Qué necesitas?
Vania fue directa.
—Voy a organizar un desafío en el Coliseo de Valdoria. Un evento, previo al gran torneo de las cinco coronas.
—¿Un desafío?
—Sí. Vendrán todos los Cavallers fuertes porque les voy a dar lo que más quieren: mi puesto si me vencen. El primer lugar del ranking del coliseo —hizo una pausa. Su padre espero—. Voy a conseguir que lo televisen y…puedes venir a ver.
Aquellas últimas palabras salieron tímidas. Con esa ilusión de cuando eras niña, actuabas en el colegio y mirabas desde el escenario buscando una cara particular entre todos.
Hubo un silencio.
—De acuerdo. No hagas tonterías —una voz del otro lado le decía algo sobre los números necesarios para financiación—. ¿Algo más?
Silencio.
—No.
Vania bajó el teléfono. Lo sostuvo un momento hasta que respiro profundo y siguió su plan.
La puerta de la oficina se abrió cuando Vania empujo sin golpear ni avisar.
El aire adentro olía a madera recién tratada y a papeleo acumulado. El escritorio era grande, oscuro, con carpetas apiladas en un orden que alguien había intentado hacer parecer casual.
Bernardo se puso de pie en cuanto la vio. Traje sin arrugas, esa sonrisa forzada y mirada con un tic de ansiedad que se activaba con su presencia y que él llevaba años intentando neutralizar sin conseguirlo del todo.
—Vania. Siempre es un placer.
Ella se sentó. No esperó una invitación. Cruzó las piernas y lo miró desde el sillón con la certeza de que esta conversación acabaría como ella quería.
—Vamos a organizar un evento —dijo.
Bernardo levantó una ceja. En su lenguaje corporal, ese movimiento equivalía a un suspiro resignado.
—¿Qué tipo de evento?
Los dedos de Vania tamborilearon una vez sobre el apoyabrazos.
—Uno donde yo esté en el centro. —Una pausa para agregar expectativa—. El que me gane se queda con mi lugar. Primer puesto del ranking del coliseo. Normalmente ese puesto se alcanza con puntos y merecimientos. Esta vez, basta con ganarme.
Bernardo dudó. Vania lo vio en el parpadeo, en la forma en que tragó saliva antes de hablar.
—¿Estás segura? Estamos hablando de un puesto que vende muchísimo.
La mirada de Vania se afiló.
—¿Crees que tengo dudas?
—No quise ofenderte, Vania. —Acomodó los papeles frente a él con un gesto automático—. Si tu padre ya lo aprobó, no tengo nada que decirte.
Vania se levantó.
—Me gusta cuando todo se resuelve rápido.
Y con eso, el incendio empezó.
Lo que siguió fue una semana en que el tiempo se convierte en oro.
Vania descubrió, no por primera vez, que la mejor manera de que su cabeza dejara de girar sobre sí misma era darle algo con que trabajar, y un desafío de esta escala tenía suficientes aristas como para ocupar la mente de tres personas simultáneamente.
Reuniones con el equipo de producción del Coliseo: cuántas arenas estarían activas, disposición del público, sistemas de transmisión, si se podía usar el estadio exterior o si las condiciones técnicas de iluminación lo hacían inviable. El jefe de producción, un hombre de cuarenta y pico llamado Héctor que llevaba más de una década trabajando en eventos de combate y que tenía la energía de alguien que había aprendido a dormir cinco horas y funcionar como si fueran ocho, escuchó a Vania durante diez minutos, hizo cuatro preguntas y salió de la reunión con una lista de tareas que llenaba ambas carillas de una hoja A4.
El director de marketing del coliseo era un hombre que entendía Wave con la misma naturalidad con que otros entendían respirar. Siempre pensando en el siguiente movimiento, y cuando Vania le explicó el concepto del desafío, no tomó notas, sino que abrió directamente la aplicación de gestión de contenidos y empezó a esbozar la campaña mientras ella hablaba.
—¿Queres decirlo vos directamente o que lo comunique el coliseo?
—Los dos. Hagamos una collab.
Maximiliano asintió. Escribió algo, lo borró, escribió otra versión.
El primer posteo del coliseo salió esa noche.
En seis horas, el posteo tenía un sinfín de interacciones. Los Cavallers con perfiles activos en Wave empezaron a hacer sus propios comentarios en donde la energía del desafío comenzaba a sentirse. Todos querían ese puesto.
Vania camino por la arena hasta posarse en el centro. Observo las gradas, la ambientación. Su mente dibujó todo el escenario, las tribunas llenas, el canto eufórico. El calor, la adrenalina.
—En unos días —murmuró, para nadie—, voy a convertir Valdoria en un puto incendio.
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Gracias por llegar hasta el final y acompañar a Vania en esta mañana. Entre el enojo, el entrenamiento y las heridas que todavía no sabe nombrar, toma una decisión: poner su lugar en el ranking del Coliseo Leblanc en juego. ¿Qué les pareció su forma de descargar la frustración? ¿Creen que el desafío es una prueba de valor o una apuesta arriesgada? ¿Quién creen que se atreverá a enfrentarla? Los leo.
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