Capítulo 6 de 6
“Muchas veces la espada no define una pelea, sino el Velo cuando deja de protegerte.” — dicho popular entre Cavallers.
Noah caminaba con pasos cortos.
Llevaba cuarenta minutos dentro cuando encontró el primer cadáver.
Estaba recostado contra la pared del corredor, sentado y con una expresión de cansancio que dejaba ver su estado agonizante antes de partir. Hombre, treinta y pico de años, con una armadura que costaba lo que Noah ganaba en dos meses de taller. La coraza estaba perforada en cuatro puntos, lo que significaba que la criatura que lo había matado tenía garras largas y la fuerza suficiente para atravesar metal como si fuera tela.
El segundo cadáver apareció a la vuelta del siguiente corredor. Luego el tercero, cuatro metros más adelante. Luego tres juntos, apilados de una manera que sugería que habían intentado retroceder al mismo tiempo y el corredor no fue tan amplio para los tres juntos.
Noah pasó entre ellos sin desviar la mirada.
La muerte en las mazmorras no era excepcional. El mercado había encontrado en la crisis de los portales una fuente de trabajo que no distinguía entre talento y desesperación, pero los resultados yacían a los pies de Noah.
Fue el grito lo que cambió la dirección de sus pasos.
Venía desde el este del laberinto, amortiguado por la piedra, pero inconfundible en su urgencia.
Sus piernas estaban corriendo antes de que lo pensara.
Su katana apareció en su mano izquierda, su hoja oscura degradándose hacia ese azul marino profundo en la punta que a Noah le recordaba el fondo del océano en los segundos previos a perder la conciencia.
Al final, la piedra se abría en una cámara amplia, alta de techo, iluminada por antorchas que ardían de manera inconsistente.
Sus pies pisaron charcos que no eran de agua.
Noah divisó los cuerpos dispersos por el perímetro que contaban una historia que se narraba sola: cinco personas, equipadas con armas y armaduras. Y en el centro, acorralado contra la pared del fondo, un adolescente.
Diecisiete, dieciocho años como mucho. De buen tamaño, cabello oscuro desordenado sobre la frente producto del sudor, sus ojos abiertos temblaban. En su mano, un enorme escudo que empleaba con sus dos manos.
Frente a él, tres criaturas.
Nagarath. Noah los había visto una vez antes, en una mazmorra de grado D al norte de Verdemar, pero esos ejemplares habían sido más pequeños. Estos medían dos metros en posición erecta, los hombros encorvados hacia adelante, la espalda arqueada y el peso distribuido sobre unas piernas que terminaban en patas con cuatro dedos rematados en garras negras. La estructura base era ósea, una especie de esqueleto que se había llenado de masa muscular densa y oscura entre los huesos.
Uno de ellos estaba levantando la garra. Un movimiento lento que tenía toda la intención de rematar el trabajo.
Noah no lo dejó terminar.
Los últimos tres metros los cubrió a una velocidad que la antorcha más cercana acusó inclinándose hacia el lado opuesto a su paso como si intentara apartarse. La hoja se interpuso entre la garra del Nagarath y el rostro del adolescente con un golpe que desvió, aprovechando el ángulo del impacto, para redirigir el impulso de la criatura hacia la pared. El Nagarath chocó contra la piedra.
El adolescente parpadeó.
En algún momento entre el movimiento y el impacto, Noah lo había desplazado con su mano, colocándolo detrás de su propia espalda sin que el chico hubiera procesado cómo había llegado ahí.
—Quédate atrás —dijo, sin girarse—. Y no me estorbes.
El adolescente retrocedió instintivamente.
Noah dejó que su postura se relajara. Miró a las tres criaturas notando que la que había rebotado contra la pared ya se había reincorporado. Ahora los tres lo observaban con una expresión que solo los depredadores poseían.
Noah sonrió.
—Perdón que interrumpa su cena —expreso con una sonrisa landina—. Pero uno contra tres no me parece algo justo.
Los tres Nagarath se tensaron simultáneamente.
Había algo en ese gesto, en esa postura relajada con la espada baja, en la sonrisa, que los detuvo un momento. El de la izquierda inclinó la cabeza. El del centro mostró los colmillos sin abrir la boca del todo. El de la derecha, el más grande de los tres, lo examinó de arriba abajo.
Se empezaron a mover en un arco lento, instintivo, redistribuyéndose para rodearlo. Noah giró sobre sus talones para mantenerlos a los tres en su campo visual, la espalda quedando hacia el adolescente y nunca hacia las criaturas.
—No creo que rodearme sea buena idea.
Entonces, con una deliberación que rayaba la provocación, aflojó el agarre de su arma. La sostuvo entre los dedos con una holgura que hacía la katana parecer prescindible, como si en cualquier momento pudiera caérsele y no le importara demasiado.
Los tres Nagarath lo vieron.
El del centro reaccionó primero porque siempre hay uno impaciente que actúa ante la mínima apertura. Los otros dos lo siguieron con retraso contagiados por el impulso del primero.
Se lanzaron.
Noah sonrió triunfante.
Lo que siguió ocupó una cantidad de movimientos que el adolescente, apoyado contra la pared con los ojos completamente abiertos, procesó después como si hubiera visto un video en 2x.
El Nagarath del centro llegó primero y encontró el vacío. Noah se había desplazado con un paso lateral corto, ejecutado en el instante justo en que la garra había comprometido su inercia y ya no podía corregir la trayectoria. El impulso de la criatura la llevó tres pasos más delante de donde había apuntado, y en esos tres pasos Noah ya se había reposicionado. La Katana trazó un arco descendente que conectó el cuello.
El Nagarath de la izquierda atacó alto, lo cual era lo esperado dado el ángulo desde el que se aproximaba. Noah se agachó, dejó pasar las garras por encima de su cabeza y sintió el aire desplazado rozar el cabello oscuro antes de contraatacar con el codo en el plexo de la criatura, rompiendo su postura, y luego con la punta de su hoja atravesar desde abajo la cabeza.
El tercero, el más grande, el que había esperado un latido más que los otros, era el más inteligente de los tres. Se había detenido cuando los otros dos fallaron, recalculando. Sus ojos verdosos parecían parpadear rápidamente.
—Vamos. No tengo todo el día —dijo apuntando con su katana.
La criatura embistió con todo el peso de su cuerpo, que era considerable, apuntando bajo para llevarlo al suelo. Noah no intentó detenerlo. En el momento que la criatura se envalentono arrojo su katana como si de una flecha se tratase y se incrusto entre los ojos. La criatura cayó sobre el suelo deslizándose sin vida hasta llegar hasta sus pies.
Noah lo observo sin movimiento y entonces retiro su arma.
Luego, con el mismo gesto casual con el que cerraría la puerta de su habitación, hizo desaparecer su arma. La katana se disolvió desde la punta hacia la empuñadura, dejando solo el rastro de un frío que tardaba unos segundos en dispersarse.
El adolescente seguía contra la pared mientras terminaba de entender lo que acababa de ver.
Noah se giró hacia él. El chico tenía un corte superficial en el antebrazo izquierdo, magulladuras en la mandíbula y una rasgadura en la manga de lo que había sido, en algún momento, una capa de color gris. El armamento era modesto: El escudo que seguía sosteniendo, unas botas reforzadas y una mochila, que había perdido en algún punto del combate, que estaba tirada tres metros más allá.
—También sos un Cavaller —pudo articular el chico. Su mirada había bajado a la mano de Noah donde la katana había estado un momento antes.
Noah lo miró.
—¿Cuántos años tenés?
—Diecisiete. Casi dieciocho.
—¿Y qué hacés en una mazmorra de clase C?
El chico abrió la boca para responderle, pero algo lo detuvo.
—Necesitaba el dinero ―pudo decir.
Hubo una pausa evaluativa.
—Mateo —siguió el chico, extendiendo la mano con torpeza, como si los buenos modales hubieran sobrevivido al terror—. Mateo Vermillon.
—Noah.
El apretón de manos fue breve. Mateo bajó la mano.
—¿Entró alguien más con vos? —preguntó Noah, mirando hacia los corredores y volver a ver el grupo de cadáveres que tenían la sangre fresca.
—No. Vine solo.
—¿Solo?
—Vine solo —repitió.
Noah, exhaló por la nariz.
—Las mazmorras no son para jugar —declaró con un tono que rara vez mostraba.
Mateo aguantó la mirada sin apartar los ojos, que era más de lo que Noah esperaba de alguien que había estado a cuatro centímetros de una garra en la cara hace menos de dos minutos.
—Necesitaba el dinero —insistió.
La firmeza en los ojos. La postura que no se desmoronaba pese al temblor residual que aún se notaba en los dedos de la mano que sostenía el escudo. La manera en que miraba sin parpadear demasiado, como si hubiera aprendido desde temprano que apartar la mirada significaba debilidad.
Algo en ese conjunto le resultó familiar.
—Desinvoca tu escudo —dijo finalmente—. Si lo mantenes invocado te consume energía ―suspiro agobiado―. Vas a seguir mis ordenes sin rechistar ¿ok?
El escudo se evaporó en fragmentos de luz.
―Bien, vamos.
Ambos comenzaron a caminar.
Noah avanzó primero. Mateo lo seguía a tres pasos de distancia, que era la separación que Noah le había indicado.
Los encuentros que vinieron después fueron interrupciones. Un Nagarath solitario en el cruce de dos corredores al que Noah despachó con dos movimientos antes de que Mateo pudiera percatarse que había una amenaza. Una pareja de criaturas más pequeñas, con forma de murciélago, intentaron atacar desde el techo y encontraron el arma de Noah esperándolas a mitad de trayectoria.
Para Noah eran los obstáculos del recorrido.
Para Mateo eran batallas.
Noah lo escuchó jadear detrás de él después del segundo encuentro. Luchaba con lo que tenía, con una técnica que era claramente autodidacta y llena de huecos pero que tenía algo que la mayoría no y era la convicción de pelear por algo que significaba mucho.
Fueron varios minutos de silencio antes de que Mateo hablara.
—¿Cuánto tiempo tardaste en ser tan bueno?
Noah no aflojó el paso.
—No soy bueno.
Mateo frunció el ceño ante la negativa.
—Sos muy fuerte.
Noah pensó en la playa. En la arena pegada a la piel, el agua salada en los pulmones y el pie de Jake sobre su mano.
—No, no lo soy. Lo que pasa es que no puedo volver a perder —dijo.
La puerta principal de la sala principal de la mazmorra era enorme.
Noah y Mateo tuvieron que inclinar la cabeza hacia atrás para ver el borde superior. Dos hojas de piedra negra encajadas en un arco que casi tocaba el techo de la antecámara, con bisagras de un metal que había oxidado hacia un color entre marrón y rojo oscuro. No tenía manija ni mecanismo visible.
Frente a ella, el suelo de la antecámara contaba la historia de los que habían llegado hasta aquí.
Eran muchos.
Cazadores, en su mayoría. Noah los reconoció por el equipo: todas las armas estaban en sus manos. Sus armaduras de placas hechas de cristales que guardaban energía aural. Granadas en sus cinturones.
Mateo los miraba sin apartar los ojos.
—Son muchos —murmuró.
—Siempre son muchos —dijo Noah agachándose junto al cazador más cercano a la puerta, examinando el tipo de herida sin tocarlo—. Los portales siempre atraen a los cazadores que creen que por tener un buen equipo pueden apostar su vida a cambio de una vida mejor.
Mateo lo miró y bajó un poco su mirada.
Noah vio el gesto.
—No soy diferente —siguió Noah en voz más baja—. Entrar a lugares que me quedaban grandes solamente porque creía que mi arma y mis ganas eran suficiente.
Mateo cambio esa expresion cansada de sermones por una completamente concentrada.
Noah volvió la mirada hacia la puerta.
—Todavía estoy aprendiendo ―se irguió observando la puerta de nuevo.
Caminó hacia la hoja izquierda de la puerta y apoyó la palma sobre la piedra fría. Miró a Mateo sobre el hombro.
—Empujá del otro lado.
No había antorchas visibles al entrar. La única iluminación era la tenue que se filtraba desde la antecámara a través de las hojas de piedra que acababan de empujar, y esa luz no llegaba a ninguna pared.
Noah avanzó tres pasos y se detuvo. El eco de sus pasos tardaba en regresar.
«Algo está mal.»
Ese último pensamiento lo venía arrastrando desde antes. Los Nagarath del nivel superior eran criaturas de categoría C. Pero los del nivel inferior habían tenido una masa y una velocidad que no correspondía a ese rango. Y ahora esta sala tenía una densidad en el aire que no había sentido en ningún portal de clase C que hubiera cerrado antes.
«¿Qué bicho hace que el aura se sienta así?»
Recordó el destello dorado en la entrada del bosque. Los orbes de luz. La anomalía que le había parecido curiosa.
«No debería haber nada de rango B acá…»
No termino ese pensamiento porque en ese momento las antorchas empezaron a encenderse. Primero las más cercanas a la puerta, con una llama azul oscura que no era el naranja de los corredores. Luego las siguientes, y las siguientes, corriendo la oscuridad hacia el fondo de la sala como si alguien estuviera jalando de ella.
La sala era enorme. El techo desaparecía en las sombras y las paredes laterales tenían nichos tallados en la piedra con formas jeroglíficas. Al fondo, visible ahora bajo la luz azul que terminaba de inundar el espacio, había un trono de piedra negra, desproporcionado en sus dimensiones. Con una escala que no estaba diseñada para ningún cuerpo humano.
Dos puntos de luz rojiza, separados por una distancia que implicaba un cráneo muy grande, los observaba desde las sombras detrás del trono.
—Quédate atrás —le dijo a Mateo con autoridad.
Mateo retrocedió sin preguntar nada.
Lo que salió de detrás del trono no era lo que Noah había esperado.
Era un minotauro, aunque el término se quedaba corto para la escala: dos metros y medio, quizás tres, con el torso de una masa muscular que hacía que los Nagarath de arriba parecieran criaturas domésticas. De un blanco opaco y con cuernos que curvaban hacia adelante, oscuros en la base y más claros en las puntas que tenían el diámetro de un brazo humano adulto. Las manos, si podían llamarse así, terminaban en cuatro dedos gruesos con uñas.
Caminó hacia el centro de la sala con pasos que resonaron en el piso de piedra como si fueran tambores de guerra.
Se detuvo y miro hacia Noah y Mateo.
—Criaturas inferiores —hablo con un vozarrón grave que parecía piedra arrastrándose—. Bienvenidos al lugar donde perecerán.
—¿Hablo? ¿Desde cuándo un bicho en una mazmorra habla? —Mateo retrocedió unos pasos.
Noah miró la sala a su alrededor sugiriéndole que estaba haciendo el inventario ignorando por completo que la bestia hablara en su idioma.
—Qué lugar de mierda para morir —respondió dando unos pasos hacia delante—. Perdón, pero prefiero algo más moderno. Las antigüedades no me gustan.
Los ojos rojos no parpadearon.
—Así que eres de esos humanos arrogantes.
—Eso me dicen seguido. —Noah invocó su arma. Tomó las puntas de su abrigo llevándolas hacia delante y la movió simulando a un torero.
El minotauro blanco bajó la cabeza, los cuernos apuntando hacia adelante.
Y cargó.
El primer impacto sacudió el suelo de la sala.
Noah lo había esquivado, se había apartado hacia la izquierda con un salto necesario para que los cuernos pasarán por su costado derecho, y aun así el desplazamiento de aire lo empujó lateralmente.
«Este bicho no es de rango C»
El pensamiento se reafirmó aún más tras esquivar los siguientes ataques de la criatura.
«¿Por qué hay un monstruo de este rango dentro de un portal de categoría C? ¿Es por esos destellos en la entrada?»
El minotauro se reincorporó y giró hacia él con una velocidad que no correspondía a su tamaño. Noah tuvo que correr tres metros hacia el lado opuesto para no recibir la segunda embestida de lleno. La katana trazó un arco al pasar que dejó un corte en el antebrazo de la criatura.
El minotauro lo miró.
—Admito que sos rápido para ser una cabra de tres metros con anabólicos —menciono Noah, sin detener el movimiento circular que mantenía entre ellos.
La criatura atacó con el brazo izquierdo esta vez, un barrido horizontal que cubría tres metros de arco y que Noah no intentó esquivar lateralmente sino hacia adentro, deslizándose bajo el brazo y emergiendo detrás del hombro izquierdo de la bestia con la punta de su arma apuntando a la base del cuello, pero no previó que la criatura corrigiera tan rápido e impactara contra su costado.
Voló dos metros antes de rodar sobre el suelo de piedra y se incorporó en el mismo movimiento. El gusto metálico invadió su boca y se vio obligado a escupir. Sintió la vitalidad de su velo comprometerse. En ese momento agradeció esa segunda piel que los cavallers poseían porque de lo contrario ese golpe le hubiese fracturado unas cuantas costillas, pero el velo no era infinito. Eso también lo sabía.
Y cuando se rompiera, el siguiente golpe de esa magnitud podría ser letal.
Noah sonrió al levantar la vista y cruzarse con las del minotauro.
—No pareces ser como los otros humanos inferiores. Tú disfrutas de pelear —dijo el minotauro caminando hacia Noah.
—Gracias, supongo —respondió Noah tras dar un suspiro—. No tanto. Siempre queda algún moretón, alguna herida. Es bastante molesto.
El minotauro cargó de nuevo. Esta vez Noah no esperó a que cubriera la distancia, sino que avanzó hacia él, lo que sorprendió a la bestia. El golpe llego, pero dejó que la fuerza del monstruo hiciera lo suyo y se deslizó por el costado. Su hoja encontró el costado del abdomen de la bestia. Un nuevo esquive, otro corte. Repitió de nuevo.
El minotauro rugió.
El sonido fue tan grave y tan cercano que Noah lo sintió en el pecho. Se separó antes de que las garras pudieran alcanzarlo, retrocediendo unos cuantos pasos.
El pecho de Noah subía y bajaba con violencia. Tenía varios mechones de cabello pegados a su frente.
La criatura estaba herida y enojada, y un enemigo herido y enojado con esa masa era el doble de previsible.
«Te tengo»
Noah volvió a sonreír. Se sacó el abrigo rápidamente y toreo al minotauro de nuevo.
El minotauro rugió y reverberó en toda la sala. Cargó con toda su masa y fuerza bruta disponible. Noah esperó. Esperó hasta que la distancia entre ellos fuera lo suficientemente corta para que un simple error costara la vida.
Entonces se fue hacia la derecha.
La garra izquierda del minotauro lo alcanzó en el hombro con suficiente fuerza para que su capa ondeara con violencia hacia atras y dejar una línea de su uña marcada por su brazo que ardió de inmediato. El velo absorbió lo peor pero no todo. La sangre se sintió caliente deslizándose por el brazo hasta la muñeca.
Se impulsó en el mismo esquive hacia delante en dirección de la cabeza de la bestia.
La hoja encontró el cuello con un corte limpio y definitivo.
El ruido de algo pesado sobre el suelo fue lo único antes de que cayera el silencio.
Noah se quedó dónde estaba buscando aire tras el último frenesí, mirando el suelo donde la criatura había caído.
Exhaló por la boca, despacio, y sintió las costillas protestar. El hombro ardía. La mano izquierda tenía un temblor que estaba seguro de que desaparecería en unos minutos una vez que la adrenalina terminara de metabolizarse.
Mateo seguía exactamente donde lo había dejado, pegado a la pared del fondo con los ojos de par en par y el escudo preparado.
Volvió a exhalar despacio y su katana se evaporo.
—Fijate si hay algo en el altar o los alrededores ―alcanzo a decir con dificultad.
—S-si —tartamudeo.
Mateo rebusco en los alrededores y lo único que pudo hallar fue un disco de piedra oscura del tamaño de una palma, con inscripciones en los bordes que ninguno reconoció. Ardía con una luz interior azul, tenue similar a un ascua de fuego azul.
Mateo lo tomó con cuidado.
En el momento en que sus dedos cerraron sobre él, la sala entera protestó con un crujido que venía de todas las paredes en simultaneo. El techo soltó su primera piedra. El suelo se agrietó en diagonal desde el trono hasta la puerta y una de las antorchas azules cayó hasta apagarse contra el piso.
—Nos vamos —dijo Noah.
Mateo no necesitó que le repitieran.
El corredor de regreso era un infierno de polvo y piedras que caían en intervalos que no tenían ritmo predecible. Noah iba adelante, esquivando los bloques que caían. Mateo lo seguía detrás intentando mantener el ritmo y los mismos movimientos. El sonido de la mazmorra colapsando detrás de ellos se sentía como un trueno que no paraba nunca.
Salieron juntos, atravesando la barrera de luz, tropezando y cayendo sobre la hierba del bosque con el ruido del derrumbe todavía resonando detrás de ellos. El portal parpadeó tres veces y se cerró con un silencio que contrastó con el estruendo que venían escuchando.
Las estrellas eran visibles entre los árboles. Algo pequeño se movió entre los arbustos a su izquierda y luego se fue corriendo.
Noah se quedó tumbado en el pasto durante unos segundos, mirando el cielo cubierto de estrellas entre las ramas. El dolor de las costillas había desaparecido un poco, pero cuando intentaba una respiración profunda sentía la punzada.
Se incorporó y miró a Mateo, que estaba a su lado con el objeto todavía en la mano y un rostro que parecía no entender todo lo que había sucedido.
—Guardalo bien —susurro Noah.
Mateo miró el pedazo de piedra. Luego lo miró a él.
—¿Qué? Es tuyo —dijo, y extendió la mano.
Noah lo miró sin mover la suya.
—Es tuyo.
—Vos mataste al jefe, me sacaste de ahí. No puedo aceptarlo, es mucho.
—Vine por la experiencia. —comunico mientras se agachaba a recoger su abrigo del suelo, donde había caído durante la huida, y comprobó el daño con una mirada—. Lujon, avenida Ivess al 1459. Decile a la empleada “Baja la vaca del nogal”.
Mateo hizo una mueca.
—¿Qué?
—Necesitabas la plata y esto vale más que cincuenta sueldos promedio de seguro. —contesto. Cuando intento ponerse el abrigo girando su hombro, frunció sus ojos—. Lleva esa cosa.
Mateo cerró los dedos sobre el tesoro.
—Gracias —pudo decir solamente mientras veía como el azul de la mirada de Noah se suavizaba un poco.
—¿Vas para Valdoria? —preguntó entonces.
—Si —confirmó Noah preparándose para marcharse.
—Escuché que Vania Leblanc va a hacer una especie de desafío en el coliseo de Valdoria. —Lo miró—. Dicen que van a ir varios de los que participarán en el torneo de las cinco coronas. Podes ver como pelean. Vania enfrentará a todos los que quieran su puesto.
Noah pensó en eso brevemente.
—¿Pondrá su puesto en juego solo por una pelea? —preguntó.
—Eso dice su video promocional.
Noah asintió una sola vez, procesando la información sin comentar nada.
Recogió su mochila del suelo donde había quedado durante la huida y se la echó al hombro con cuidado. Miró a Mateo desde arriba.
El chico seguía sentado en el suelo, con la piedra en la mano y esa mirada que reconoció porque había sido suya en algún momento.
—Cuídate —culmino y empezó a caminar al norte.
Mateo lo vio alejarse entre los árboles hasta que la oscuridad se lo tragó.
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¡Hola! Gracias por acompañarme un capítulo más. Noah toreando al minotauro ¿Confianza o arrogancia? Aunque salir entero le costo bastante esta vez.
Y esos destellos en la entrada… ¿qué hacía una criatura tan fuerte en un portal de categoría C? Me encantará leer sus teorías.
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
Fin de la lectura
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