Capítulo 4 de 6
«Hay personas que confunden llegar más alto con avanzar. No es lo mismo. A veces, cuanto más subís, menos gente queda a tu lado.»
—León Leblanc
Vania Leblanc.
Valdoria era diferente. Respira en diagonal, en desorden. Las avenidas se abrían anchas y arrogantes, rodeadas de jacarandás que en primavera teñían las veredas, y de golpe se quebraban en callecitas de adoquín donde los bares sacaban sillas a la vereda aunque lloviera. Los edificios del microcentro disputaban el cielo con estructuras de del siglo anterior, sus molduras y balcones de hierro forjado conviviendo sin pudor junto a torres de vidrio donde parpadeaban pantallas publicitarias del tamaño de una cancha.
Era una ciudad que no dormía porque no sabía cómo. Los colectivos corrían a cualquier hora y los puestos de comida en las esquinas de los barrios sureños no cerraban nunca del todo.
Valdoria era la ciudad donde los Cavallers se convertían en celebridades y los sueños se cotizaban en seguidores. Donde los contratos se firmaban en restaurantes y los rumores se filtraban en los bares. Donde Wave tenía sus oficinas y los rankings se debatían con la misma pasión que los campeonatos de fútbol.
Pero su suite, en cambio, era otro mundo.
Ahí adentro reinaba el silencio. Bueno, casi. El zumbido suave del sistema de ventilación se mezclaba con el olor a bergamota y té verde que Vania había seleccionado antes de reservarla. Podría decirse que le gustaba tener el control de todo, hasta del aire que respiraba. Pero la verdad resultaba más simple, y mucho más patética en palabras suyas. Ese olor le recordaba a su casa. A la mansión en Kavlar.
Vania estaba sentada en el sillón gris, con las piernas cruzadas, sintiendo cómo la bata de seda resbalaba por un hombro. La habitación estaba lo bastante cálida como para dejar que la piel respirara. El tablero de ajedrez descansaba entre ella y Amara, su asistente. La partida había llegado al punto donde todo ya estaba decidido. Había tardado media hora en llegar ahí. No porque Amara fuera buena, sino porque a Vania le gustaba ver cómo intentaba encontrar alguna debilidad en su juego.
Movió el alfil con el desinterés de quien ya sabe el resultado antes.
—Jaque mate.
Un segundo de silencio. Después Amara ya estaba bufando como si acabara de perder algo más importante que una partida tonta.
—¿Cómo demonios lo haces? —soltó, con ese tono de fastidio que escondía más admiración de la que quería admitir—. Siempre ganas. En todo.
Vania se inclinó apenas y le sonrió al tablero como si la madera pudiera entenderla.
—Mate Blackburne —dijo, como si le contara un secreto—. La reina sirvió para atraerte, luego un alfil obliga a que el rey esté donde yo quiero. El segundo alfil elimina todas las rutas de escape y el caballo protege el golpe final. Hay que esperar. Hay que construir. Todo es paciencia.
Pasó el dedo por la diagonal mostrándole su alfil.
—Lo mejor es que parece casual. Como si se me hubiera ocurrido en el momento. Pero no. Diez movimientos atrás ya había decidido que ibas a perder así. Cada pieza que sacrificaste, cada paso que pensaste que te acercaba a mí… todo era parte del juego.
Amara la miró con una expresión a la que Vania ya estaba demasiado acostumbrada. Rendición, respeto y esa irritación que da saber que hiciste todo bien y aun así no fue suficiente.
—¿No te cansas de exigirte tanto? Incluso en una simple partida —suspiro agobiada—. En un par de horas tienes la entrevista en Otra noche. Podrías, no sé… tomártelo con más calma.
Vania rodó los ojos, aunque por dentro dolía un poco. Porque sí, claro que se cansaba. Solo que no veía otra opción. No para ella. No con su apellido. No con todo lo que el mundo esperaba.
Se levantó sin ánimos de seguir la conversación. La bata cayó al suelo dejándola en ropa interior; el ambiente lo permitía y ella no tenía pudor alguno. El espejo del pasillo le devolvió una imagen que conocía de memoria: piel suave, figura trabajada. Le gustaba ese cuerpo. No por vanidad solamente, aunque sí, un poco también. Le gustaba porque lo había ganado. Cada curva, cada músculo. Nada fue un regalo. Fue su hambre, el frío, el dolor. Repetir el mismo movimiento hasta que sangra y, sin embargo, seguir.
Entró a la bañera y el agua estaba perfecta, cargada de aceites y sales que la envolvieron como un abrazo que no pedía nada a cambio. Soltó un suspiro largo, uno de esos que empiezan en el pecho y terminan vaciando algo más profundo.
Cerró los ojos.
Por un momento dejó de ser Vania Leblanc. No fue Cavaller, ni la hija de Roger Leblanc, ni la Princesa Esmeralda, ese apodo que sus fans le habían dado por su elegancia, por su arma, por ese algo inasible que generaba desde que pisaba una arena. Solo era una chica con agua caliente, un corazón que latía demasiado fuerte, y una cantidad ridícula de pensamientos sin ordenar.
Los abrió despacio y, como si algo le faltara, estiró un brazo hacia un costado y tomó su celular.
La pantalla se encendió con la avalancha habitual.
Doce millones de seguidores no eran silenciosos. Nunca lo habían sido.
El feed de Wave se desplegó ante ella, ordenado, luminoso, perfectamente curado. Las fotos de los últimos meses pasaron bajo su pulgar con la velocidad de quien las conoce de memoria. Ella en una sesión de fotos para una marca de ropa deportiva, el cabello húmedo después de entrenar y los ojos mirando a cámara con esa intensidad que los fotógrafos siempre pedían y que a ella no le costaba ningún esfuerzo sostener. Ella en el aeropuerto de Valdoria, recién llegada, con un abrigo camel.
Deslizó hacia el último reel. El de esta semana.
Treinta segundos de ella entrenando con su rapier, en una sesión donde la hoja cortaba el aire con esa línea viva color verde que hacía que cada video suyo generará el mismo caos digital. Los comentarios corrían sin pausa.
@duskfighter.x: la manera en que maneja esa velocidad con la rapier ni siquiera parece real, estudié ese movimiento por veinte minutos y sigo sin entender como puede lanzar tantas estocadas.
@Ayca_selen7: igual se nota que viene con la plata del papá, seguro los palacios la dejaron pasar por el apellido.
@alee.dan: A ver @Ayca_selen7 terminó los cinco palacios más rápido que nadie en la historia reciente, el apellido no te ayuda cuando te enfrentás a la cueva de los nombres olvidados, cierra la boca.
Vania sonrió levemente ante ese último comentario. No porque necesitara que alguien la defendiera. Sino porque alguien respondió lo que ella hubiese dicho.
Salió de los comentarios y abrió los mensajes directos. El contador marcaba un gran número sin responder. Los ignoró, como de siempre, y buscó el hilo de Darius.
El último mensaje era de él, de hace dos horas. Un "¿cómo estás?" que en el contexto de sus últimas semanas sonaba a rutinario. Vania escribió rápido:
Bien. Esta noche voy a estar con la estilista y después tengo una entrevista en vivo para Otra noche. Va a ser difícil responderte, así que no me esperes despierto. Te mando un mensaje apenas tengo un momento. Beso.
Envió. Dejó el celular sobre el borde de la bañera.
El vapor seguía subiendo. El agua seguía caliente. Y sintió ese vacío, el que le era tan difícil de nombrar, porque que no tenía la forma de una persona, de un lugar, ni de un sueño no cumplido, seguía ahí, flotando en algún lugar entre sus costillas.
Tener todo ordenado y sentir ese hueco igual. Tener la entrevista preparada, la ropa elegida, los contratos firmados, los cinco palacios conseguidos, el entrenamiento en curso, y aun así sentir que algo faltaba.
Suspiró de nuevo. Más suave esta vez.
Salió de la bañera. Tomó la toalla grande y empezó a secarse con la misma atención que habría dedicado a cualquier otra parte de su rutina. Se puso ropa interior nueva, negra, de encaje fino, y se sentó frente al espejo del tocador.
El cabello castaño avellana con esos reflejos dorados discretos, todavía húmedo en las puntas, cayó sobre sus hombros cuando lo soltó del rodete. Lo tomó con el cepillo de madera ancha y empezó desde las puntas, subiendo con paciencia. Los reflejos dorados aparecían con la luz del tocador, cálidos. Mechón por mechón, hasta que el cabello quedó liso y sedoso, respondiendo a cada pasada con esa obediencia que le gustaba.
Pero fue cuando levantó los ojos al espejo cuando se detuvo un segundo.
El reflejo le devolvió ese verde esmeralda intenso.
Sus ojos. Siempre sus ojos.
Le habían dicho toda la vida que eran inusuales, que tenían algo que no terminaba de explicarse, un verde tan saturado que parecía antinatural a veces. Hermoso. Eso nunca lo había negado. Pero también intimidante de una manera que ella misma había aprendido a usar y que, al mismo tiempo, la separaba. La gente sostenía esa mirada unos segundos y después la desviaba.
El golpeteo en la puerta del baño fue suave.
—El auto está abajo —dijo desde el otro lado Amara—. Cuando quieras.
—Cinco minutos —respondió Vania, sin alzar la voz.
Los pasos de Amara se alejaron por el pasillo. Vania dejó el cepillo sobre el tocador y se quedó mirando su reflejo un momento más.
—Tú puedes—susurro observándose.
Los estudios de Otra noche tenían ese olor a maquillaje en aerosol, plástico tibio y café de cafetera industrial que Vania había aprendido a asociar con los últimos cinco años de su vida. La estilista que la esperaba en el camerino era una mujer de unos cuarenta años.
—Sentate, preciosa —dijo, y ya estaba revisando el cabello de Vania con los dedos antes de que ella terminara de acomodarse en la silla.
Vania se dejó hacer. Era la parte del trabajo que más le costaba, esa entrega del control sobre su propio cuerpo a manos de otra persona, pero había aprendido que resistirlo era inútil y agotador.
—Me gustaría un poco de ondas —dijo Vania, mirando su propio reflejo en el espejo iluminado—. Con volumen. Y quiero que la mirada destaque.
La estilista asintió sin dejar de trabajar.
—¿Sombra oscura o ahumado suave?
—Ahumado. Pero que no pierda definición en la línea superior.
—Entendido.
Las manos de la estilista se movían con una seguridad que Vania respetaba. Había algo tranquilizador en observar a alguien que era exactamente bueno en lo suyo, sin distracciones.
—¿Primera vez en Otra noche? —preguntó la mujer, enrollando un mechón en el rizador.
—Tercera. Las dos anteriores fueron para Kavlar.
—Amo el acento de los Kavlarianos —la estilista le lanzó una mirada mientras peinaba el cabello de Vania—. Tu cabello es increíble.
Vania le observó en el espejo y una sonrisa pequeña apareció.
Cuando la estilista terminó, se miró. Las ondas caían en las puntas y el ahumado en los ojos hacía exactamente lo que había pedido: que el esmeralda no tuviera escapatoria, que quien la mirara no encontrara otro lugar donde poner los ojos.
Se levantó, tomó su blazer y vestido negro.
Corto, moderno. El escote era sutil, el justo, el que sugería sin exhibir. La espalda, abierta hasta la mitad, enmarcada por dos tiras finas que cruzaban en diagonal. Se lo puso frente al espejo de cuerpo completo y se abrochó los tacones de aguja, negros también, que la llevaban un poco más allá de su metro sesenta y cinco.
Se miró.
Sacó el celular. Encuadró el espejo, poso de perfil, el ángulo que favorecía la caída de las ondas. Escribió sin pensar demasiado: Nos vemos en un rato en Otra noche. Y la subió antes de pensarlo.
El productor que entró al camerino tenía unos veintitrés años, audífonos colgados del cuello y una tablet bajo el brazo. Abrió la puerta tras golpear, la vio, y tardó unos segundos más de lo necesario en decir algo.
—Sales en cinco —pudo decir, con la voz apenas más alta de lo normal.
—Claro. —respondió Vania, tomando su bolso pequeño de la silla.
Caminaron por el pasillo juntos. La mirada de Vania siempre al frente, con pasos que llevaban un ritmo de años de entender que saber ocupar el espacio es una manera de mandar un mensaje.
—¿Hay algo que necesite saber antes de entrar? —preguntó, mirando al frente.
El chico parpadeó como si no hubiera esperado que le hablara directamente.
—Eh, no, todo ya lo coordinó tu equipo con producción. Los temas son los acordados. —Hizo una pausa—. A veces el conductor se va por las ramas.
—No importa. Sé manejar eso.
Silencio.
Vania observó la tensión con la que el chico caminaba, su postura rigida, su mandíbula tensa. La mirada sin querer dirigirla mucho hacia ella. Tenía esa cara de quien cree, genuinamente, que está al lado de algo que pertenece a otra categoría de mundo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
El chico ensancho sus ojos.
—Lisandro.
—Lisandro. Gracias.
Las luces del estudio tenían esa iluminación cálida artificial que aplana las sombras y hace que todo parezca más importante de lo que es. Vania se acomodó en el sillón de terciopelo granate frente al conductor, un hombre de unos cincuenta años con la sonrisa entrenada tras haber entrevistado a demasiada gente
—Vania Leblanc —empezó él con un tono grandilocuente—. Bienvenida a Otra noche.
—Gracias. Un placer estar aquí.
—Seis meses en Ardavia, en Valdoria. ¿Cómo está siendo la experiencia de instalarte en la capital?
Vania sonrió.
—Distinta a Kavlar en todos los sentidos. Kavlar tiene una energía más ordenada y tranquila. Valdoria es caótica, te obliga a adaptarte o quedarte atrás. Me gusta eso.
—Venís de una familia con un peso enorme dentro del sistema Cavaller. Los Leblanc son historia en Kavlar. ¿Qué significa eso para vos cuando cruzas una frontera y llegás a otro país?
Vania tomó un segundo. No porque no tuviera la respuesta, sino porque eligió cuál dar.
—Significa que el apellido no me sigue a la arena. Acá soy lo que hago, no lo que heredé. Y eso, honestamente, es lo que necesitaba. —Hizo una pausa breve mientras cruzaba sus piernas—. Mi familia tiene un legado que respeto profundamente. Mi padre construyó algo que va mucho más allá de Kavlar. Los coliseos Leblanc son parte del sistema de entrenamiento de toda una generación en las cinco naciones de Eredia, desde Ardavia hasta Thordia, pasando por Murnor y Lysnar. Ese alcance no es casual. Viene de una visión muy específica sobre lo que significa hacer crecer el sistema Cavaller.
—¿Y tú hermano León? Hay mucho que no se sabe de esa historia.
El conductor lo soltó con ligereza esperando ver la reacción.
Vania no cambió la expresión. Pero sí el tono.
—León era la persona que más admiré en mi vida. —su mirada se entrecerró―. Y hay cosas que pertenecen a la familia, no a una entrevista. Lo que puedo decir es que todo lo que hago, cada insignia, cada arena, cada madrugada entrenando cuando nadie mira… tiene algo de él adentro. Siempre lo va a tener.
El conductor asintió entendiendo que no habría manera de entrar.
—Hablemos de los Palacios de Batalla. Cinco insignias, Vania. Lyndel, Ébano, Veridiana, Valeria, Almerys. ¿Cómo fue ese recorrido?
—Intenso. —Se acomodó apenas en el sillón descruzando sus piernas—. Los Palacios no te perdonan nada. No importa de dónde vienes ni cuánto entrenaste antes. Ahí adentro solo importa tu espíritu. No hay ninguna academia ni instructor que pueda hacer eso.
—¿Cuál fue el más difícil?
—Ébano— respondió de inmediato—. No porque sea físicamente más exigente, sino porque te deja sin luz, te quita tus sentidos, te sumerge en tus miedos más profundos. Si tu aura vacila, lo sabés. Si hay algo en tu interior que no está resuelto, también. No puedes mentirte en la oscuridad.
—Y, sin embargo, los conseguiste en tiempo récord.
—En unos pocos meses. El dinero de mi familia me dio la movilidad para recorrer Ardavia rápido, eso sería deshonesto negarlo. El dinero compra logística, pero no las insignias.
—Ahora estás preparándote para el Torneo de las Cinco Coronas del año que viene. Once meses.
—Once meses —repitió Vania asintiendo, y su voz bajó un tono—. Es el único torneo donde el apellido, la imagen, los seguidores de Wave y los contratos no sirven de absolutamente nada. Ganas o pierdes. Eso es todo.
—Y si ganás…
—El Shi Dai Kotei de Ardavia. —sus ojos adquirieron un brillo distinto—. Ese es mi objetivo.
El conductor sonrió, genuinamente impresionado esta vez.
—Pasemos a algo más personal. Darius Boniface, tu pareja. Otro Cavaller de alto perfil, bastante conocido en Kavlar, especialmente en el circuito de marcas y coliseos. ¿Cómo se maneja una relación cuando los dos están en el mismo mundo?
Vania cruzó las piernas con calma, inclinó su cuerpo hacia delante y junto sus manos.
—Con mucho diálogo y, a veces, con mucha paciencia. —Sonrió—. Darius creció muchísimo como Cavaller en estos últimos años. Tiene una visibilidad enorme en Kavlar, es una cara que la gente conoce, las marcas lo buscan permanentemente. Es parte del sistema Cavaller en el sentido más contemporáneo.
—¿Y la distancia? Él sigue en Kavlar.
—La distancia… Es difícil. No voy a decir que no porque sería ridículo. Pero son compromisos que elegimos, y hay amor de por medio. —Desvió su mirada hacia la tribuna—. Lo que sí puedo decir es que yo vine a Ardavia a crecer como Cavaller. Ardavia es la cuna, el origen. Los cavallers más fuertes están aquí.
—¿Cuál de los dos diría que es el más fuerte?
Vania dejó pasar un segundo de silencio. El conductor esperó. Vania le observo y la comisura se movió hacia arriba.
—Soy yo —dijo contundente—. Él tiene sus fortalezas. Pero en términos de nivel y de dónde apunto, estoy más arriba. Es para lo que entreno y me gusta que sea así —otra sonrisa, está más pequeña—. Soy muy competitiva. No me gusta perder ni cuando juego con mis hermanitos —soltó una pequeña carcajada.
El ascensor del hotel la subió en silencio y cuando cruzó el pasillo del piso once, el guardia de la planta, un hombre de unos cincuenta años con cara de haber visto de todo, la saludó con un gesto de cabeza.
—Buenas noches —dijo él, sin el destello en los ojos que tenían casi todos los demás cuando la veían.
—Buenas noches —respondió con el mismo movimiento.
Abrió la puerta de su piso y soltó el bolso antes de que se cerrara del todo. Los tacones quedaron abandonados en la alfombra de entrada, uno al lado del otro por costumbre, y después los pies descalzos sobre el suelo frío de madera fue la primera sensación reconfortante de las últimas horas.
Fue directamente a la cava.
Eligió un Malbec que había pedido en la recepción, sirvió en la copa de cristal ancho y lo observó girar un momento. Olio. Dio un pequeño sorbo cerrando sus ojos.
Abrió las puertas del balcón.
Valdoria de noche no era silenciosa. Nunca lo era. Los autos sobre la avenida dibujaban líneas de luz blanca y roja que se extendían hasta donde la vista alcanzaba, y más allá los edificios parpadeaban con ventanas encendidas a horas en que el resto del continente ya dormía.
Vania apoyó los codos en la baranda. El vino en una mano. El frío de la noche contra la piel descubierta de los hombros.
Sacó el celular con la otra mano y abrió Wave.
Las repercusiones de la entrevista ya habían explotado. Los clips de recortes de su entrevista ya empezaban a contabilizar miles de reproducciones. Vania cerró la aplicación.
Y en ese momento, la pantalla se encendió con una llamada entrante.
Darius.
«Hola, amor» pensó antes de atender. Como ensayo. Como si necesitara prepararse.
Deslizó para contestar.
—Hola —su voz salió liviana de inmediato—. ¿Cómo estás?
No hubo preguntas por la entrevista. No hubo “¿cómo te fue?” ni “¿estás cansada?”
—¿Podés explicarme qué fue lo que dijiste? —La voz de Darius tenía esa indignación que lleva horas cocinándose en silencio.
Vania cerró los ojos un segundo y su entrecejo se torció un poco.
—¿Qué parte?
—La parte donde me dejaste como un Cavaller de segunda frente a todo Ardavia, Vania.
—No hice eso.
—"Soy yo, sin dudarlo." Eso dijiste. En vivo. Para cientos de miles de personas.
Vania apoyó la copa en la baranda del balcón y se quedó mirando la avenida. Las luces de los autos corrían sin pausa, indiferentes, y por un momento tuvo la sensación absurda de que se estaban riendo de ella.
—Dije la verdad —respondió en calma—. Me preguntaron cuál de los dos era el más fuerte y respondí con honestidad ¿Que tiene de malo que sea yo la mas fuerte?
—El problema no es la verdad. Es que elegiste decirla ahí, de esa manera, sabiendo perfectamente el impacto que iba a tener.
—Darius…
—¿Sabés cuántos mensajes tengo esta noche? ¿Cuánta gente me está mandando el clip? Estaba en auge, Vania.
La copa tembló levemente en la baranda. Vania la sostuvo con más fuerza.
—¿Y eso es lo que te importa? Son haters, Darius. Viven para eso.
—Me importa el respeto. —silencio—. Siempre es lo mismo, Vania. Siempre termino avanzando al ritmo tuyo y nunca al revés. Siempre soy yo el que debe seguirte, el que sigue tu sombra ¿Por qué no bajas un poco?
—Darius, sabes por qué vine a Ardavia.
—Sí y la decisión fue sin consultarme.
—Sos mi pareja, no mi agente. Tengo once meses en Ardavia hasta el torneo. Quiero alcanzar el Kotei de Ardavia, quiero que mis ideas puedan comenzar a tomar forma y para eso necesito alcanzar ese rango. Podrías venir y estar conmigo. Seguir creciendo en Ardavia.
El silencio del otro lado duró lo suficiente para volverse incómodo.
—¿Ves? —dio un suspiro quejoso—. Eso. Esa manera de hablar. Como si yo fuera un obstáculo en tu carrera y no alguien que lleva cinco años eligiéndote.
Vania volvió a sentir esa sensación que llevaba tiempo. Esa que aparecía ante cada nueva discusión.
—Darius, yo te quiero. Eso sigue siendo verdad.
—¿Segura? Porque a veces siento que lo que querés es el próximo objetivo. Y yo simplemente soy el que te acompaña en tus locuras.
Vania sintió una punzada en el corazón porque cinco años le habían dado a Darius el mapa de donde atacarle.
—Eso no es justo —dijo, y esta vez la voz sonó distinta.
—Tampoco es justo que siempre sea yo el que tiene que tragar cuando hacés algo que me afecta. —Su tono subió un escalón—. ¿Qué se supone que tengo que sentir cuando te escucho decir en televisión que eres mejor que yo? ¿Aplaudir?
—¡No dije que era mejor como novia o algo así! Dije que estoy en un nivel de cavaller más alto. Son cosas distintas ¡Es la verdad! ¿Qué tiene de malo?
—Para los que me conocen no son distintas.
—Para los que te conocen y tienen inseguridades que no son mías, sí.
Otro silencio. Más largo.
Cuando habló de nuevo, la voz de Darius había adquirido ese tono de sarcasmo que ella había aprendido a odiar.
—¿Sabés cuál es tu problema, Vania? Que vivís tan arriba que ya no entiendes lo que es estar al nivel de la gente real. Eres perfecta, fuerte, exitosa. Y te has construido una imagen tan impecable que ya no te queda espacio para ser simplemente una persona.
La ira había comenzado a treparle por el cuello.
—¿Eso piensas de mí? —los pies de ella comenzaron a caminar de una punta a la otra en el balcón.
—Pienso que tenerlo todo tiene un costo. Y el costo lo pagan los que están cerca tuyo.
—Yo no te pedí que pagarás nada.
—No. Nunca pedís nada. Eso también es un problema ―acuso.
Vania cerró los ojos y respiro profundo. Las luces de la avenida seguían corriendo detrás de sus párpados como puntos de color que no se detenían.
—Cinco años —dijo ella en voz baja.
—¿Qué tiene? ―la pregunta tenia ese dejo de confusión.
—Cinco años en los que me callé cuando ganabas un contrato que yo podría haber firmado primero. Cinco años en los que ajusté mis compromisos para que los tuyos encajaran. Cinco años en los que bajé el volumen de mis logros en conversaciones donde vos estabas presente porque sabía que te incomodaban. —el tono fue tomando filo—. ¿Cuándo lo hiciste tú?
Silencio.
—Lo que quieres —dijo Darius al fin—, es alguien que te siga. Alguien que esté dos pasos atrás aplaudiendo. Eso no soy yo, Vania.
—Lo que quiero —respondió ella, despacio— es alguien que se alegre cuando a mí me va bien. Como yo siempre me alegré cuando te fue bien. —Una pausa—. Eso no es pedirte que te quedaras dos pasos atrás. Es que estuvieras a mi lado.
—El Shi Dai Kotei —dijo él, y las tres palabras sonaron como un veredicto—. Ese es tu problema. Esa obsesión.
—No es una obsesión. Es mi sueño ¡Darius! —Vania soltó un quejido irritado—. Es para lo que entreno todos los días.
—Eso es todo para ti. Siento que no quieres que forme parte de ese futuro.
—¡¿Estás escuchando la estupidez que dices?! ¿Cuándo dije eso? —se rió incrédula.
Silencio largo.
—Creo que no tiene sentido seguir hablando esta noche.
—Estoy de acuerdo —respondió ella.
Y cortó. El impulso de arrojar su celular lejos estuvo.
Bebió de manera brusca.
El vino tenía un sabor diferente ahora. Más oscuro. Como si el aire de la noche le hubiera cambiado algo en el tiempo que había durado la llamada.
Vania tomó la copa, volteo y se detuvo frente a su reflejo. El vestido negro, las ondas, ese verde esmeralda en los ojos que no se apagaba ni siquiera cuando ella no quería que brillara.
Impecable. Perfecta. Inalcanzable.
Entró.
Se dejó caer en el sillón con una postura completamente descuidada que nunca se permitía cuando había alguien mirando.
Sostuvo la copa en una mano. Con el otro antebrazo se tapó los ojos.
La oscuridad detrás del brazo fue peor que la luz. Porque ahí, sin el paisaje visual de la ciudad, la pantalla del celular ni el reflejo propio, las palabras de Darius volvieron con una claridad que dolía.
Tan arriba que ya no entiendes lo que es estar al nivel de la gente real.
Tenerlo todo tiene un costo.
El costo lo pagan los que están cerca tuyo.
Vania sintió algo caliente detrás del antebrazo. Lo controlo durante un segundo. No paso del segundo.
—Estúpido corazón —susurró, y el sollozo escapó antes de que pudiera cerrarlo.
El recuerdo de León llego a su mente. «¿Cuándo empecé a sentirme tan sola?»
Era una acumulación. Una secuencia larga de momentos pequeños donde algo se volvió normalidad y la normalidad se volvió una jaula.
Quizás había llegado a su fin.
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Gracias por leer hasta acá, en esta primera vez que vemos el mundo desde otro par de ojos. Escribir a alguien que vive con tanta gente mirándola todo el tiempo fue un ejercicio raro para mí, que soy bastante de perfil bajo.
Escribir a Vania fue lindo, porque quería que se sintiera brillante pero también humana, sin que una anule a la otra.
¿Qué pensás de ella hasta ahora? Contame qué primera impresión te dejó.
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