Capítulo 3 de 6
“Todo portal tiene un color que determina su dificultad”
—Guia de campo
Noah Ávalon
La milanesa chisporroteaba todavía cuando Noah la sirvió en los platos.
El comedor de su casa no era grande. Una mesa de madera oscura con seis sillas de las cuales solo tres se usaban, una alacena con platos y vasos que Berta mantenía organizados siempre, y la ventana que daba al patio trasero donde el jazmín que nadie había plantado seguía creciendo entre las fisuras del cemento. La televisión, apoyada sobre un mueble bajo contra la pared del fondo, estaba prendida con el volumen bajo y uno de esos realities de cocina que Irina seguía y que Noah toleraba con resignación porque entendía que no todas las batallas se pueden ganar.
—Cristobal tiene cara de no haber cocinado nunca en su vida —comentó Irina, señalando la pantalla con el tenedor—. Mirá cómo está cortando la cebolla. La está destrozando.
Irina soltó una carcajada breve y Noah levantó la vista apenas, lo suficiente para registrar la escena sin participar de ella.
El puré humeaba. La milanesa crujía al cortarla. Todo en la mesa era exactamente lo que se suponía que debía ser, y, sin embargo, pese a ser una de sus comidas favoritas, su estómago estaba cerrado.
«Tengo que decirles.»
El pensamiento llevaba dos días subiendo y bajando entre su pecho y la garganta, sin encontrar la forma de convertirse en palabras. No porque Noah fuera incapaz de hablar de las cosas difíciles. Sino porque sabía, que iba a decir una verdad a medias. Que iba a omitir la parte central, la que realmente lo movía, y reemplazarla por algo que sonaba cierto, pero no era la causa real.
Iba a decirles que se marchaba de viaje por Ardavia.
No iba a decirles que la noticia sobre Jake había llegado a sus oídos tres días atrás de la manera más banal posible.
—Noah, el puré esta medio aguado —dijo Irina, mirando el borde del plato de su hermano intentando sacar conversación—. ¿Estás pensando en otra cosa mientras cocinás?
—El puré está bien. Es por el aceite de la milanesa, Iri.
Berta los miró a ambos. Tenía el cabello oscuro recogido hacia atrás con un broche de metal plateado que Noah recordaba de toda la vida, de cuando era pequeño y llegaba a la altura de su cintura, y ella se inclinaba para preguntarle si había comido en el colegio.
En la televisión, Cristóbal acababa de quemarse el dedo con la sartén y el conductor del programa lo celebraba con una euforia desproporcionada que arrancó otra carcajada de Irina.
Noah no dijo nada. Comió un bocado, después otro. La milanesa estaba bien. El puré estaba bien.
Dejó el tenedor sobre el plato.
—Me voy de viaje por Ardavia.
Hubo silencio breve.
Irina fue la primera en reaccionar, y lo hizo dejando el tenedor sobre la mesa con un pequeño golpe que sonó más significativo de lo que probablemente pretendía.
—¿Perdón?
—Lo que escuchaste.
—Noah. —Irina abrió más sus ojos, sorprendida—. ¿Cuántas veces te pregunté si querías irte de Verdemar? Siempre me dijiste que no.
—Ya se.
—¿Y ahora de repente?
—Ya lo venía pensando. —Suspiro—. Fue difícil decidir.
Irina abrió la boca, la cerró, y después se volvió hacia su madre en busca de un aliado. Pero Berta no le dio esa oportunidad.
Porque Berta estaba sonriendo como si desde hace mucho tiempo esperara esa decisión.
—Me parece bien —dijo, simplemente.
Noah parpadeó.
—¿Bien?
—Bien —repitió Berta, con la misma convicción—. Era hora.
—¡Mamá! —protesto Irina, con un tono que mezclaba la indignación y la confusión a partes iguales—, el año pasado caminabas por las paredes cuando se fue de campamento con sus amigos.
—No digas mentiras, Iri —respondió Berta—. Y esto es diferente. —Miró a su hijo con una expresión enternecida—. Verdemar te quedó chico desde hace tiempo, mi amor. Y no lo digo porque Verdemar sea malo, es que vos sos demasiado para quedarte acá mirando el mismo horizonte hasta que te hagas viejo.
Noah no supo bien qué hacer con esa respuesta. Había construido, sin darse cuenta, un guion interno de cómo iba a ser la conversación. El guion incluía algún tipo de resistencia, alguna pregunta sobre cuándo iba a volver, algún peso emocional que él tendría que sostener. No incluía que las dos personas que más quería en el mundo fueran las primeras en decirle que se fuera.
—¿No te parece una locura? —preguntó.
—Me parecería una locura que te quedaras —añadió Irina, y en su voz ya no quedaba ni rastro de la indignación inicial—. Noah, sos el único Cavaller en tres pueblos a la redonda que cierra portales en silencio y después se va a trabajar al taller como si nada.
—Iri.
—Es un desperdicio de talento. —Se encogió de hombros, aunque sus ojos decían algo más serio que su tono.
Noah la miro. Después volteo a su madre, que asintió una vez, despacio y le seguía viendo igual de sonriente.
Se levantó de la silla.
Caminó hacia el sillón donde estaba su mochila apoyada contra el apoyabrazos. Se agachó, abrió el bolsillo lateral, y sacó una billetera delgada de cuero marrón oscuro.
Volvió a la mesa y la dejó frente a Berta.
Su madre bajó la vista hacia la billetera, después la subió hacia él, con una expresión que buscaba comprender.
—¿Qué es esto?
—Una tarjeta de débito. —Noah se apoyó en el respaldo de su silla con las manos—. Abrí una cuenta hace como tres años. Cada vez que vendía algo de los portales, una parte iba ahí.
Berta abrió la billetera despacio. Dentro, junto a la tarjeta, había un papel doblado en cuatro.
—Atrás del papel está la clave del cajero —continuó Noah—. Para que puedas retirar plata siempre que necesites. Pagar lo que sea. Lo que falte en la casa, lo de Irina, lo que surja. —Hizo una pausa—. Siempre fue para ustedes. Solo que tardé en decírselos porque... —Se detuvo, buscó la palabra correcta, y eligió la más simple—. Creo que me daba miedo dejarlas solas.
Irina tenía los ojos brillantes pero la mandíbula apretada. Miraba la billetera en las manos de su madre con una mezcla compleja de orgullo con ternura y quizás un poco de la rabia que te da querer a alguien que hace las cosas bien sin avisarte.
Los ojos de Berta, en cambio, no estaban haciendo ningún esfuerzo por disimular nada. Se humedecieron despacio, como el mar que sube sin prisa, y una sonrisa apareció al mismo tiempo.
—Noah... —dijo, y en ese nombre estaba todo.
Se levantó de la silla y lo abrazó. Noah, acusando su instinto de distancia, tardó un segundo en responder, y después cerró los brazos alrededor de su madre con una ternura que no le salía fácilmente frente a otras personas.
—No hacía falta que te pusieras en peligro para esto —dijo Berta, con la voz ligeramente amortiguada contra su hombro.
Noah se tensó levemente.
—No sé de qué hablás.
Berta se separó lo suficiente para mirarlo de frente. Sus ojos seguían brillantes pero su pequeña sonrisa hablaba con un humor diferente.
—Siempre voy a ser tu madre —dijo—. Y una madre siempre va a saber en qué anda metido su hijo.
Noah abrió la boca.
La cerró.
Los años de salidas nocturnas, las heridas menores que llegaba a curar solo, los artefactos que aparecían y desaparecían de su cuarto.
—Mamá —empezó.
—No hace falta que expliques nada. —Le puso una mano en la mejilla—. Solo quiero que vuelvas entero.
Irina, desde la silla, resopló con una expresión que intentaba ser fastidiosa y no terminaba de serlo.
La mañana siguiente llegó. Noah estaba en el taller desde las ocho, y Don Fierro, el dueño, ya sabía lo que venía antes de que Noah abriera la boca.
—¡Lo sabía! —exclamo, sin sentir la sorpresa, mientras limpiaba un filtro de aceite con un trapo que ya no iba a mejorar mucho ese motor—. Desde hace como dos años que lo sabía.
—¿Ah sí?
—Noah, sos el único pibe de veinti…—negó con su cabeza—. Todos sabemos lo fuerte que sos. Necesitas volar más lejos.
Noah apoyó los antebrazos sobre el capot del barco en reparación y miró al hombre sorprendido de haberlo escuchado por primera vez decirle eso.
—Igual, si querés quedarte otro mes no te echo —continuó, sin mirarlo—. Pero si te vas ahora, no esperes que te llore.
—No pensaba que ibas a llorar.
—Claro que no iba a llorar. —Una pausa—. Aunque si pasás por Córvea, mandame una foto del Palacio de Lyndel. Siempre quise verlo.
Noah le regaló una sonrisa pequeña.
—Te la mando.
El resto del turno transcurrió con normalidad, pero con el peso emocional que tienen los últimos días en los lugares que amás. Los compañeros del taller pasaron a saludarlo de a uno. Fermín le dio la mano y le dijo que si algún día salía en Wave no se olvidara de mencionarlos. Toro, que tenía cuarenta y dos años y nunca había salido de la provincia, le dijo que era un idiota por no haberse ido antes y que ojalá le fuera bien.
Noah limpió su lugar de trabajo con el mismo cuidado con el que siempre lo hacía. Dejó las herramientas ordenadas. Apagó la luz de su rincón.
Esa noche, cuando la casa quedó en silencio, Noah se sentó en el piso de su cuarto con la mochila abierta frente a él.
La luz del velador era baja. La ventana estaba entreabierta y entraba el sonido del mar, ese murmullo constante que Verdemar tenía como fondo sonoro permanente y que Noah sabía que iba a extrañar.
Fue poniendo las cosas despacio.
Dos mudas de ropa. Ropa resistente. Un par de zapatillas de repuesto. El kit de primeros auxilios que había ido armando durante. La navaja multiusos. El cargador solar para el celular. Los auriculares. El mate y la bombilla envueltos en una remera vieja para que no se golpearan.
Los pasos llegaron desde el pasillo casi sin hacer ruido, como si quisiera no despertar a nadie, pero tampoco ocultar su presencia.
La puerta se abrió.
Berta entró con el mate en la mano, serena, como si los años le hubieran enseñado que las emociones grandes no necesitan de gestos grandes.
—¿Te interrumpo?
—No —respondió Noah, y corrió un poco la mochila para que su madre pudiera sentarse en el borde de la cama.
Berta le extendió el mate. Noah lo tomó.
—Van a ser de los últimos que te cebe en un buen tiempo —musito su madre, como si decirlo le costara.
El agua estaba en el punto justo, como siempre. Berta tenía una relación con el mate que era casi artesanal: nunca lo quemaba, nunca lo lavaba de más, nunca le ponía azúcar, aunque la persona que tomará dijera que sí, porque según ella el dulce arruinaba la honestidad del sabor.
—¿Estás nervioso?
—No.
Una pausa.
—Sí —se corrigió.
Berta asintió risueña.
—Es normal. —Cruzó los brazos sobre las rodillas y miró la mochila con mayor atención—. ¿Llevás abrigo?
—Sí.
—¿Cuántas mudas?
—Las que necesito.
—¿Cuántas, Noah?
—Mamá.
—Pregunto porque te conozco. La última vez que te fui a preparar la mochila para el campamento del colegio metiste una sola remera y pensabas que era suficiente para una semana.
—Tenía doce años.
—Por lo que veo, no aprendiste, aunque ahora seas adulto —suspiro resignada, y se levantó de la cama—. Esperá.
Noah la vio salir y volver dos minutos después con un buzo grueso color verde oscuro, tres pares de medias térmicas, y un botiquín que claramente había tenido preparado desde hacía tiempo porque estaba sellado con cinta y tenía una nota pegada que decía para el viaje con una letra que era inconfundiblemente de Berta.
—Esto va —dijo ella, y empezó a acomodar las cosas en los espacios libres de la mochila con una eficiencia que Noah no iba a poder discutir—. Y esto. Y esto. ¿Tenés sales de rehidratación?
—¿Quién usa eso? —la pregunta pareció molestar a su madre.
—Eso dice todo el mundo antes de necesitarlas. —Le lanzó una tira de sobres individuales—. En el bolsillo del costado.
Noah los tomó sin protestar. Había algo en la dinámica que era absolutamente idéntica a cuando tenía ocho años y ella le revisaba la mochila del colegio antes de que saliera.
—Siempre supe que ibas a irte de viaje —menciono, mientras acomodaba el buzo en el fondo de la mochila con más cuidado del que la situación requería—. Desde chico eras de los que el horizonte no les alcanzaba. Te quedabas mirando el mar desde la orilla con esa cara…
—Creo que estás exagerando. Era solo un niño.
—Puede ser. —Cerró el bolsillo lateral y lo miró—. Verdemar te dio todo lo que podía darte. Ya es hora de que veas qué más existe.
Noah tomó el mate de nuevo. Lo sostuvo entre las manos mientras el calor le subía por las palmas.
«Me encantaría decirte que es por eso»
—Gracias, ma —dijo.
Berta le pasó la mano por el cabello, su mirada se suavizo, entendiendo que extrañara ese gesto luego.
—Dormí un poco.
—Sí.
—Buenas noches, Noah.
—Buenas noches.
La puerta se cerró despacio dejando a Noah mirando la mochila, ahora más llena de lo que había planeado, con tres pares de medias térmicas que probablemente sí iba a necesitar.
Sonrió para el cuarto vacío.
A la mañana siguiente, Noah bajó con la mochila a las siete y cuarto. Irina ya estaba en la cocina con el desayuno servido, lo cual era una anomalía de tal magnitud que lo obligo a detenerse en el marco de la puerta solo para registrarla.
—No dijiste nada —dijo Irina, antes de que él hablara.
—¿De qué?
—De que me levanté temprano para hacerte el desayuno. No dijiste nada.
—Gracias, Iri.
—De nada. —Señaló la silla—. Sentate. Hay tostadas y medialunas porque fui a la panadería de Alicia.
Noah dejó la mochila contra la pared y se sentó. Berta apareció un minuto después desde el pasillo, con el pelo recogido y la mirada cansada. Se sentó frente a él y le sirvió el mate sin decir nada.
Desayunaron los tres en silencio intercambiando comentarios sobre el viaje de Noah. Cuál sería el primer objetivo, a donde iría, si iría en tren, colectivo. Noah confirmó que iría a Corvea por la primera insignia y daría la vuelta al país para terminar en Valeria, al sur.
Cuando Noah se levantó para buscar la mochila, Irina también se puso de pie.
—Te acompaño unas cuadras.
—No hace falta.
—No te pregunté si hacía falta ―le fulmino con la mirada.
Berta recogió los platos sin decir nada, pero Noah la vio guardar las tazas con más cuidado del habitual, colocando cada una en su lugar demorando incluso un poco más de lo normal cada movimiento.
Cuando llegó el momento de irse, Noah abrazó a su madre en la puerta.
Berta lo sostuvo fuerte y Noah sintió el olor más constante de su infancia, uno de esos aromas que el cerebro guarda en un lugar donde el tiempo no llega.
—Si llorás no puedo irme —dijo él, con la voz ligeramente más ronca de lo que pretendía.
—No estoy llorando —protesto Berta, aunque sus ojos decían otra cosa—. Estoy siendo dramática.
Noah se rió. Una risa corta que se le escapo.
Se separó y miró a su madre. Sus ojos estaban vidriosos provocando en él una sonrisa tierna que Berta atesoro como un tesoro.
—Tene cuidado y manda mensajes siempre que puedas.
—Si, mamá.
Irina lo tomó del brazo desde el costado y empezó a arrastrarlo hacia la calle sabiendo que si no cortaba ese momento alguien iba a terminar llorando y no quería que ese alguien fuera ella.
Caminaron las dos cuadras hasta la avenida principal de Verdemar con el sol apenas por encima de los techos. Irina iba con las manos en los bolsillos del buzo, mirando el suelo, y Noah caminaba con la mochila sobre un hombro y la mirada en la calle vacía.
—Noah —dijo Irina, de repente—, no quiero verte hasta que tengas las cinco insignias.
Noah la miró.
—En serio. —Siguió Irina viéndolo con firmeza—. No podés volver hasta tener el pase para el Shi Dai Kotei.
Noah no supo bien qué decirle. Solo pudo asentir despacio.
—Y mandá fotos —agregó Irina, con un cambio de tono tan repentino que era casi cómico—. De todo. De los Palacios, de los portales, de lo que comés, de los lugares. Todo. No te cuesta nada mandar fotos al grupo de la familia.
Noah le pasó el brazo por los hombros. Irina lo dejó, sin moverse, con los brazos en los bolsillos.
—Te quiero mucho, enana.
—Yo también, chimuelo.
Noah se separó de ella. Cargó la mochila con las dos correas y empezó a caminar hacia el norte, por la calle de adoquines viejos que era la salida natural del pueblo hacia la ruta.
Caminó despacio.
El panadero que abría a las siete levantó la persiana metálica con el ruido de siempre. El gato naranja que vivía en el tejado de la ferretería de los Molina lo miró con esa indiferencia que ellos poseen hacia todo lo que no sea comida o sol.
«Voy a extrañar esto.»
Los encontró en la salida del pueblo.
Cuatro siluetas apoyadas contra el alambrado del último lote baldío antes de que la calle se convirtiera en camino de tierra.
Estaban los cuatro. Ezequiel, que tenía una complexion fisica que hacía que la gente le preguntara si entrenaba cuando en realidad lo que hacía era no quedarse quieto nunca, con el cabello negro cortado casi al ras. Rodrigo, de estatura media y facciones suaves. Juan, el más chico de los cuatro con diecisiete años recién cumplidos, que en algún momento del año anterior había decidido dejarse crecer la barba. Y Valentina, que estaba apoyada contra el alambrado con los brazos cruzados y una expresión de indiferencia que no engañaba a nadie, con el cabello negro rizado recogido en un moño alto.
—¿Qué hacen acá? —pregunto Noah.
—Saludarte —hizo una mueca burlona Ezequie por la obviedad de la pregunta.
—Tu hermana nos avisó que te ibas —dijo Rodrigo con voz grave.
—Claro. —Noah miró hacia el pueblo por un segundo—. Irina.
—Por suerte está ella, porque si es por vos… —se quejó Juan.
Noah pasó entre ellos hacia el camino de tierra y sus amigos se despegaron del alambrado para caminar a su lado.
—Escuchaste lo del portal en el bosque del Ombú —dijo Valentina.
Noah cruzó miradas con ella, el amielado de sus ojos pareció volverse más claro con la luz del sol.
—¿Clase C? —preguntó Noah.
—Si, está confirmado ―respondió Rodrigo—. Lo reportaron anteanoche y todavía no lo cerró nadie.
Noah procesó la información mientras caminaba. Clase C en el bosque del Ombú, de camino en la dirección que iba de todas formas.
—Voy a pasar —confirmo.
—Por eso te estamos avisando —agregó Ezequiel viendo hacia una piedra en el camino—. Y porque creemos que con el nivel que tenes ahora lo que salga de ese portal no te va a dar problemas.
—¿Tenés todo? —empezó Rodrigo.
—Si.
—¿Seguro? —preguntó Valentina, y antes de que Noah pudiera responder ya estaba sacando algo del bolsillo del buzo y extendiéndoselo.
Era una correa de cuero trenzado, fina, con un nudo simple en el cierre. Valentina se la puso en la mano con una naturalidad que para el grupo lo era, pero para el que no los conocía no, y Noah la miró sin saber muy bien qué expresión poner.
—Para que te acuerdes de dónde venís —dijo ella, con un tono tan casual que podría haber convencido a cualquier observador externo de que no había pasado nada—. O algo así. No sé. Es tonto.
—Es bonita.
La miró un segundo más. Valentina tuvo que inclinar su cabeza un poco hacia arriba para sostener la mirada el tiempo que pudo antes de desviarla hacia sus amigos.
—Cuando seas famoso —corto Juan, cambiando el tema porque sentía que el ambiente lo necesitaba—, acordate de nosotros.
—Si alguna vez soy famoso, que es un supuesto enorme, me voy a acordar de todos ustedes —respondió Noah curvando sus labios.
—Todos sabemos que los Cavallers se vuelven famosos y después no atienden los mensajes.
—Noah ya tiene ese problema y no es famoso —añadió Valentina cruzándose de brazos y dando un suspiro.
Llegaron al punto donde el camino de tierra se bifurcaba: un ramal giraba hacia el este hacia el bosque del Ombú, y el otro seguía recto hacia la ruta provincial.
Noah se detuvo. Sus amigos se detuvieron también.
—Cuídense —dijo Noah.
—Vos cuídate, amigo —respondió Ezequiel.
—Cuando vuelvas, con las cinco insignias —dijo Rodrigo firme—, nos avisás antes de llegar. Asi organizamos un asado.
Noah les dio la mano a los dos, uno después del otro. Juan lo abrazó sin pedir permiso, con esa falta total de vergüenza que era su rasgo más constante, y Noah le devolvió el abrazo con la misma brevedad con que lo daba todo.
Se detuvo frente a Valentina.
Ella lo miró de frente, intentando mostrarse lo más firme posible.
—Te vamos a estar esperando —dijo ella antes de abrazarlo.
—Sí ―respondió Noah, correspondiéndola.
Se separaron.
Noah giró hacia el ramal del este.
—¡Noah! —gritó Juan, desde atrás.
Él se volvió.
—¡Cuando seas famoso, voy a decir que somos mejores amigos!
—¡Ya somos mejores amigos, Juan!
—¡Sí, pero no sos famoso!
Noah siguió caminando. La sonrisa que tenía era pequeña.
El segundo día el paisaje cambió.
Los ombúes empezaron a aparecer de manera dispersa primero y después la línea del monte se volvió más cerrada, más alta, logrando que el interior del bosque no tuviera tanta luz. El olor cambió también: más húmedo, más profundo, con algo de tierra removida.
Noah lo vio cuando salió del último claro.
El portal colgaba entre dos ombúes viejos como una cortina de luz que alguien había olvidado apagar. Tenía la forma irregular que tenían todos los portales Clase C, como un óvalo mal dibujado, con los bordes latiendo. La luz que emitía de un tono blanco frío.
Noah se detuvo a unos veinte metros. Lo observo con cuidado y noto en el borde exterior del portal, muy cerca del margen derecho, donde el blanco frío cedía hacia el interior oscuro de la grieta, algo que no debería estar ahí según sus estudios de clasificación de portales.
Destellos pequeños y breves que parecerían rayos estáticos.
Blanco frío con algo dorado en los márgenes.
Noah lo miró durante un momento más largo y esbozó una sonrisa antes de saltar hacia él.
-------------------------------------------------------------------------------------------
Las despedidas nunca son fáciles de escribir ni de leer, así que si te generó algo, ya cumplí mi objetivo.
Te pregunto: de los vínculos que aparecieron en este capítulo ¿Cuál llamo mas tu atención? Contame en los comentarios, siempre leo todo.
Aún no hay comentarios
Inicia la conversación sobre esta publicación.