Capítulo 2 de 6
«Los que sonríen en la batalla no siempre disfrutan de esta. A veces solo han encontrado el lugar donde el dolor tiene rienda suelta»
Noah Ávalon.
El corte fue desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha, y el cuerpo de la criatura se tomó un respiro en entender lo que le había pasado antes de desplomarse en el suelo de piedra mojada.
El griterío llegó inmediatamente después.
Una decena de criaturas reptilianas reaccionaron al unísono. Un siseo colectivo y agudo que rebotaba contra las paredes del túnel y se multiplicaba.
La mirada azul de Noah se agudizó. Esas criaturas tenían cuerpos delgados, de unos dos metros y medio, con escamas de un verde oliva que absorbía la escasa luz de las antorchas que había en las paredes. Tenían cuatro brazos, las garras del tamaño de cuchillos de cocina, y unos ojos amarillos sin pupila que miraban hacia el mismo punto.
Hacia él.
—Gracias por salir todos —dijo, repasando con la mirada el estado de su abrigo mientras el primer reptil seguía desangrándose a sus pies—. Tengo una hora antes de entrar a trabajar.
Tenía la katana apoyada en el hombro izquierdo, la empuñadura sostenida con una soltura que hacía parecer el arma liviana como una rama. La hoja oscura captaba los destellos de los cristales del techo y los devolvía como sombras.
Llevó su mano derecha hacia su frente quitándose los mechones negros, húmedos del sudor acumulado. Tenía una pequeña cortada sobre el pómulo derecho que no parecía molestarle en lo más mínimo. Las mangas del abrigo estaban enrolladas hasta los codos.
Los reptiles empezaron a moverse. Se separaron en dos grupos con una coordinación que hablaba de algo más que instinto: cuatro a la izquierda, cuatro a la derecha, dos quedándose atrás esperando.
Noah inclinó la cabeza levemente hacia un lado.
—Así que saben usar el cerebro —murmuró con sorpresa.
Bajó la katana del hombro.
El primero del grupo izquierdo llegó rápido, más de lo que sugería su tamaño, con los brazos extendidos y las garras apuntando a puntos diferentes del cuerpo de Noah.
Noah se movió hacia adelante con un paso corto que le llevó al costado del reptil. La katana describió un arco de abajo hacia arriba con la mano izquierda y abrió una línea diagonal en el flanco de la criatura que la hizo retroceder siseando y chocar con el segundo del grupo.
Dos segundos de desorden fueron suficiente.
El grupo derecho llegó mientras el izquierdo todavía se reorganizaba, y Noah cambió de dirección sin detenerse, como si no hubiera una pausa entre la esquiva y el contraataque. El primer reptil de la derecha recibió el codo en la mandíbula antes de que sus garras encontraran algo que cortar. El segundo encontró el abrigo con cuatro líneas que rasgaron la tela desde el pecho hasta el costado, y Noah apretó los dientes, molesto.
—Es mi abrigo favorito, lagarto de mierda.
El reptil no respondió con palabras, pero sí con el siguiente ataque.
Noah lo esquivó girando sobre el pie izquierdo, dejó que la inercia de la criatura la llevara hacia adelante, y el tajo que vino después fue descendente. El reptil cayó hacia el costado derecho del túnel y se quedó quieto.
Los restantes entraron todos a la vez.
Lo que siguió durante los próximos minutos fue la razón por la que la gente que había visto pelear a Noah Ávalon solía quedarse callada después. Cada esquive abría un ángulo. Cada ángulo llevaba a un corte. Cada corte terminaba algo. No había un solo movimiento innecesario.
Cuando el último reptil del grupo original se desplomó contra la pared del túnel con un tajo en el cuello, los dos que quedaban dudaron por primera vez.
Noah los miró desde el centro del túnel, la katana baja, la respiración apenas alterada.
—¿Vienen? —preguntó con una sonrisa.
Tardaron menos de quince segundos cada uno.
El jefe estaba al fondo del túnel, en la sala central de la mazmorra, que era donde siempre estaban las criaturas mas fuertes, sin excepción, como si hubiera algún contrato tácito entre el mundo y el diseño de los portales. Era un reptil de cuatro metros, de la misma familia que los anteriores, pero con el doble de masa muscular, el triple de escamas y una cabeza que era básicamente una boca con ojos como accesorio. Tenía seis brazos y una cola que había dejado marcas en las columnas de piedra del perímetro de la sala.
Siseó cuando vio a Noah entrar.
Noah siseó de vuelta.
El reptil se tomó unos segundos recalculando la burla. Noah usó esos segundos para leer la sala: dos columnas rotas, charcos de agua negra en el suelo que iban a ser un problema para el agarre de sus pies, techo bajo en el centro y más alto en los bordes.
El jefe atacó.
La pelea duró poco mas de cinco minutos.
El reptil se desplomó.
Noah dio un paso atrás, sacudió la katana con un tajo a nadie, y soltó el aire lentamente por la nariz.
Miró su abrigo.
Las cuatro líneas paralelas del costado eran irreparables.
—Cuatro años —dijo Noah, al abrigo, con una voz que sonaba herida—. Cuatro años de peleas juntos.
El túnel tembló. Suave al principio, apenas perceptible. Pero Noah lo conocía bien: todas las mazmorras se desintegraban de adentro hacia afuera en cuanto la criatura más fuerte dejaba de existir. Tenía, en promedio, entre tres y cinco minutos antes de que las paredes empezaran a hacer cosas que no le iban a gustar.
Su arma se desintegró en partículas gélidas que se esparcieron por el lugar y buscó su mochila donde la había dejado antes de entrar a la sala del jefe, apoyada contra la pared del corredor previo.
Abrió el cierre lateral y sacó una linterna pequeña que encendió con un golpe sobre la palma. La apuntó hacia los nichos de la sala central y empezó a revisar con rapidez. Siempre había algún objeto o cristal vendible.
Reviso con cuidado, sabiendo el tiempo hasta hallar un par de cristales del tamaño de su pulgar, uno azul y uno con vetas naranjas que parecían latir. Y debajo de ellos, casi enterrado en el sedimento del nicho, un fragmento de cerámica con grabados que no reconoció, pero eran del tipo que los coleccionistas de Lujon pagaban sin hacer demasiadas preguntas.
El temblor se intensificó. Una pequeña cascada de polvo cayó del techo.
—Ya voy —murmuró, guardando todo en el compartimento interior de la mochila.
Cerró el cierre, se acomodó los tirantes sobre los hombros, y empezó a caminar hacia la entrada del túnel con paso largo y tranquilo, sabiendo que tenia tiempo para alcanzar la salida.
El portal lo devolvió a la realidad.
Afuera, la luz del mediodía le alcanzo directamente a los ojos y tuvo que entornarlos durante un segundo. El portal había estado ubicado en el borde del bosque que bordeaba el camino principal hacia Verdemar, entre dos pinos viejos cuyas raíces habían crecido alrededor de la grieta. Mientras lo miraba, el óvalo de luz deformada que marcaba la entrada se contrajo lentamente, como un ojo que se cierra, hasta que no quedó nada. Solo los dos pinos, el espacio entre ellos y el pasto aplastado donde las raíces habían cedido un poco.
Noah observó el espacio vacío durante un momento.
Luego sacó el celular del bolsillo del abrigo que no estaba roto.
La notificación ya estaba ahí, parpadeando con el logo verde y blanco de Wave:
Portal de Grado D detectado. ¿Querés registrar el cierre? Se ha detectado tu participación. Te recordamos que esta información fortalece el registro continental de actividad áurica. [Confirmar] [Rechazar]
Frunció el ceño.
Siempre lo detectaban. No importaba si el portal estaba en medio del campo o en el fondo de una cueva sin señal, Wave lo encontraba igual, porque Wave no rastreaba el portal: rastreaba el aura. Los sistemas de la plataforma tenían sensores distribuidos en todo el continente, integrados en antenas, en dispositivos públicos, en los mismos lectores de nivel que el gobierno había instalado en cada ciudad y ruta principal durante la última década. Cuando un Cavaller peleaba su campo áurico se expandía de una manera que los algoritmos de Wave podían identificar no solo que había habido actividad sino quién la había generado.
Lo cual significaba que Wave sabía que había sido él.
Noah rechazó.
Guardó el celular, se acomodó la mochila, y empezó a caminar hacia Verdemar.
El camino entre el bosque y el pueblo tardaba veinte minutos a paso normal, y Noah los hizo sin apuro, con las manos en los bolsillos del abrigo roto y la vista yendo de la copa de los árboles al borde del camino sin detenerse en ningún punto en particular.
Un par de criaturas mágicas del bosque le prestaron atención al pasar. Un zorro con las patas traseras levemente brillantes, del tipo que los bestiarios clasificaban como Vulpes y que en la práctica eran simplemente zorros del elemento luz. Más arriba, entre las ramas más altas de los pinos del borde, algo con alas membranosas y una envergadura de metro y medio se desplazó de una rama a otra sin hacer ruido, observándolo con los ojos dorados que todas las criaturas voladoras de esta zona parecían compartir como característica estética.
Noah no les prestó atención especial. Las conocía. Llevaban años en ese bosque.
Cuando el camino de tierra se unió a la ruta pavimentada que bajaba hacia el pueblo, el olor del mar llegó antes que cualquier vista. Sal, alga, esa frescura salada que le resultaba inconfundible. Verdemar se anunció primero con el sonido constante del agua contra las piedras del muelle.
Tres pescadores lo vieron llegar desde el muelle. Uno levantó la mano en un saludo breve. Otro dijo algo en voz baja al de al lado, que asintió sin apartar la vista de sus redes. El tercero simplemente lo siguió con la mirada hasta que Noah dobló en la calle principal.
El taller estaba en la calle paralela al muelle, en un galpón de chapa gris con el cartel de Motores Costeros — Reparación y Mantenimiento escrito a mano sobre una tabla de madera que alguien había repintado varias veces sin tomarse el trabajo de lijar la anterior. El portón estaba abierto de par en par, como siempre en días de buen tiempo.
Noah entró sin avisar.
—Ávalon —dijo don Fierro desde detrás de un bloque de motor desmontado, sin levantar la cabeza—. Llegás tarde.
—Dos minutos —protesto Noah, colgando la mochila en el gancho de la pared del fondo.
—Fueron diez —Don Fierro levantó la vista y le dio una mirada al abrigo—. ¿Qué le pasó?
—De camino me lo enganche con unas ramas.
—¿El árbol tenía garras?
Don Fierro lo miró durante unos segundos, que era el tiempo que le tomaba calcular si valía la pena seguir preguntando. Decidió que no y volvió al motor.
—El motor del Mar Serena llegó esta mañana. El patrón dice que pierde potencia en velocidad crucero, pero arranca bien. Viene con el carburador sucio del año pasado que nunca terminamos de limpiar bien.
Noah ya estaba en el puesto de trabajo, sacando guantes del cajón inferior de la caja de herramientas.
—Bueno
Era un motor diésel, viejo, pero no irrecuperable. Noah lo desmontó en silencio, pieza por pieza. Herramientas a la izquierda, piezas extraídas a la derecha, anotaciones mentales sobre cada cosa que encontraba.
El carburador estaba, efectivamente, sucio. El sistema de combustible tenía un tapón en el conducto que explicaba la pérdida de potencia.
Trabajó en silencio, sin apuro y con los dedos moviéndose con una precisión que no venía de ningún manual. De vez en cuando preguntaba algo a don Fierro o respondía cuando le preguntaban, pero sin desviar la atención del motor más de lo necesario.
A media mañana, cuando el sol ya calentaba bien el galpón, sus compañeros comenzaron a activarse.
Fue Pipe quien abrió el tema.
—¿Alguien vio los resultados del coliseo de ayer? —dijo, con un tono juvenil.
—Yo los vi esta mañana —respondió Nati, sin levantar la vista de la bomba de aceite que estaba limpiando—. Tres combates clasificatorios y dos de ranking.
—El de ranking fue Verdón y la de Kavlar —Toro señaló hacia abajo con la llave como si eso ayudara a ubicar el evento. Luego se sentó sobre un bidón que cedió un poco ante su peso.
—El coliseo lleva, ¿qué? ¿tres meses abierto? —preguntó Rulo, desde el fondo—. Y ya tienen transmisiones con ciento cincuenta mil en vivo.
—Alcanzó los doscientos treinta y tres mil ayer —corrigió Pipe, que claramente había verificado el dato—. El combate de ella lo vio todo el mundo.
—“Ella” tiene nombre —contestó Nati ahora sí levantando su vista y acomodando sus rizos hacia atrás, con ese tono que usaba cuando Pipe hacía algo que merecía corrección—. Vania Leblanc.
—Sí, ella. La número uno.
—La número uno del ranking del coliseo de Valdoria —aclaró Caro, que no había dicho nada hasta ese momento―. No de Ardavia.
—Por ahora —dijo Pipe.
—Tiene nuestra edad y es de las mejores cavallers del mundo —argumento Nati—. Tiene las cinco insignias de los palacios y ya tiene pase al torneo de las cinco coronas.
Pipe se encogió de hombros.
—Sí, pero tampoco hay que olvidarse de que su viejo es el dueño del coliseo. Y de los coliseos de Kavlar.
Hubo un breve silencio.
—¿Estás diciendo que arma los resultados? —increpó Nati, que claramente tenía una posición al respecto y quería que Pipe se comprometa con la suya antes de expresarla.
—Digo que es difícil saber — expresó Pipe.
Noah escuchó todo esto, pese a tener sus manos en otra cosa. El conducto secundario ya estaba destapado. Tomó la herramienta para el torque y empezó a reensamblar con el orden inverso al desmontaje.
Cuando giró la llave de encendido del banco de prueba para verificar la respuesta del motor, este arrancó a la primera, limpio, parejo, con el rugido bajo y confiado de algo que finalmente estaba haciendo bien lo que tenía que hacer.
La casa de Noah estaba a cuatro cuadras del taller, en una calle que terminaba en el borde del pueblo donde las casas empezaban a separarse y entre ellas aparecían pequeños jardines con plantas que nadie recordaba haber plantado. Era una casa de una planta, frente angosto, techo de tejas viejas, con una puerta de madera pintada de azul que Berta había elegido una primavera hacía años y que nunca cambiaron.
Abrió con su llave, entró, y lo primero que llegó fue el olor: Pan tostado, queso derretido.
Irina apareció desde el pasillo, sin aviso, con el cabello castaño recogido en un rodete que ya se estaba deshaciendo por los bordes, algunos mechones cayéndole sobre la frente con esa ligereza que tenía todo en ella.
Noah percibió que los ojos azules, esos que había heredado de Drake como él, se desviaban hacia su abrigo.
Entrecerró los ojos.
—¿Qué le pasó al abrigo?
—Lo enganche con las ramas de un árbol, me quiero morir.
—Sí, claro —dijo Irina, sin creerle—. Te dejé tres tostados en la mesa. Hay agua fresca en la heladera.
—Gracias.
—Voy a ver la entrevista que le hicieron a Vania. No hagas ruido y no molestes, por favor.
Noah se sacó el abrigo, lo colgó en el perchero de la entrada con el costado roto hacia la pared, y fue a la cocina. Los tostados estaban en el plato, todavía con la forma que tenían cuando Irina los sacó de la sandwichera, con el queso solidificado apenas en los bordes. Sacó una botella de agua de la heladera y se sentó a la mesa.
Desde el living llegaba el sonido de la televisión, una música de transición entre programas, y después la voz del conductor anunciando el segmento.
Noah comió en silencio, deslizando con el pulgar la pantalla de su celular sin demasiado propósito. Las historias de Wave pasaban como siempre: Nati había subido una foto del motor que habían terminado esa mañana con un texto que no mereció atencion. Pipe había posteado algo sobre el coliseo. Valentina tenía una historia de su perro.
La música de la televisión cambió.
—¡Shh! —dijo Irina, desde el sillón.
Noah no había dicho nada. Supuso que era preventivo.
—Esta noche en exclusiva, —decía el conductor con un tono que buscaba que sonara importante, —tenemos a la Princesa Esmeralda. La número del Coliseo de Valdoria. La única Cavaller en la historia de Ardavia en conseguir las cinco insignias de los Palacios de Batalla en dos meses. Vania Leblanc.
Aplausos del estudio.
Noah levantó la vista del celular.
La cámara del programa mostraba una sala de entrevistas con esa iluminación artificial que hacía que todo pareciera más sofisticado de lo que era, y en el sillón frente al conductor estaba una joven de cabello castaño con reflejos cálidos que caía en capas largas sobre los hombros, con la postura de alguien que está completamente cómoda siendo observada. Los ojos eran de un verde que incluso a través de la pantalla de la televisión y a seis metros de distancia se notaban.
—¡Es preciosa! —dijo Irina, desde el sillón, con la devoción de los fans que todavía no han aprendido a disimular—. Mirá ese vestido. Mirá ese pelo, esos ojos. Es perfecta.
Noah tomó otro bocado de tostado sin comentar nada.
—¿No es perfecta? —insistió Irina, volteando a verlo.
Noah señaló que tenía la boca llena y no podía responder.
La entrevista avanzó con las preguntas de rutina: su llegada a Ardavia desde Kavlar, el proceso de conseguir las insignias, la adaptación a un país nuevo.
El conductor llegó al tema que claramente quería desde el principio.
—Hablemos del Shi Dai Kotei. Con las cinco insignias, ya estás dentro para el torneo de las Cinco Coronas. ¿Eso está en tus planes?
Vania sonrió.
—Por supuesto —respondió sin hacer desaparecer su sonrisa—, el Shi Dai Kotei de Ardavia es el más fuerte del continente. Por encima del de Kavlar. Por encima del de Lysnar y Murnor. No lo digo como desmerecimiento a las demás naciones, pero lo dice la historia, los datos, el nivel de sus cavallers.
Noah terminó el primer tostado y empezó el segundo.
—Justamente hoy tuvimos clase de historia —dijo Irina, girándose hacia él—. Leímos sobre el Shi Dai Kotei. Pensé que iba a ser aburrido y fue lo más interesante de la semana.
—¿Sí? —dijo Noah, con un movimiento breve de cabeza.
—¿Sabías que fue creado después de la Guerra del Eclipse? —Irina giró un poco en el sillón, como si la historia le hormigueara por dentro—. Los Cavallers no eran celebridades. Eran figuras que inspiraban respeto, guiaban y protegían. Pero cuando el sello de Nyxhara funcionó y los demonios desaparecieron, todo cambió. La gente se olvidó del miedo y con eso llegó la calma.
Noah dejó el tostado sobre el plato. No porque la historia lo sorprendiera, se lo sabía de pe a pa, sino porque era un tema que valía la pena escuchar de su boca, con el tono de su hermana cuando hablaba de algo que le gustaba.
Se levantó en silencio, cruzó la cocina, tomó otra botella de agua de la heladera y bebió directamente del pico. Irina le hizo la misma mueca de siempre, que era copia exacta de Berta cuando algo le resultaba desagradable.
—¿Y vos qué pensás de los cavallers de ahora? —preguntó Noah, apoyándose contra la mesada.
Irina parpadeó. Se tomó un momento antes de responder, un silencio que en ella significaba que lo que vendría después era su opinión más sincera y no la de alguien que quiere parecer inteligente.
—Supongo que si podés invocar un arma con tu aura, deberías usarla para algo más que una exhibición —dijo, girándose para mirarlo mejor—. Pero también entiendo por qué muchos lo hacen. El mundo se siente... tan normal. Como si todo ya hubiese pasado.
Noah la miró en silencio.
—Lo normal no dura para siempre —murmuró, más para él que para ella.
Irina lo miró y decidió que no debía darle más vueltas a ese asunto.
—¿Y leíste cómo se entra al Shi Dai Kotei? —preguntó Noah.
Ella sonrió.
—Eso lo sé desde los cinco años, Noah. Necesitás conseguir las cinco insignias de los Palacios de Batalla, para acceder al Torneo de las Cinco Coronas. Y de todos los participantes, solo el campeón puede enfrentarse a los miembros del Shi Dai Kotei. —Soltó un largo suspiro—. Es un camino muy difícil.
A las seis de la tarde, con la entrevista de Vania apagada y la casa en silencio, Noah abrió su cuarto, tomó una mochila diferente a la del trabajo, metió adentro el termo, el paquete de yerba, y la botella de agua que había dejado en la mesada. Se cambió el pantalón, se puso una remera oscura, y salió al pasillo.
Irina levantó la vista desde el sillón donde ahora leía algo en el teléfono.
—Me voy a entrenar un rato a la playa.
Irina lo miró curiosa.
—¿Alguna vez pensaste —dijo, despacio, midiendo las palabras— en participar en las cinco coronas?
Noah se detuvo en el umbral del living.
—No —respondió finalmente con calma—. Tengo todo lo que necesito. El taller, la playa, vos, mamá. No me interesa.
Irina lo observó intentando ver más atrás de esa respuesta.
Noah sostuvo ese silencio, luego se dio vuelta y caminó hacia la puerta. La abrió, salió, la cerró detrás de sí, y luego volvió a jalar para verificar que el pestillo se había enganchado, la empujó para confirmar que no cedía, y recién entonces se fue.
Noah caminó por la orilla de la playa, con los pies en el límite de la arena húmeda y seca, donde la espuma de las olas llegaba, pero ya sin fuerza. El mar estaba tranquilo con la luz horizontal del atardecer que iba a llegar pintándolo de naranja desde el borde del horizonte.
Se detuvo donde la playa se ensanchaba levemente dejando un tramo sin rocas y con arena pareja.
El olor del mar era distinto en esa playa en particular. Había algo más, algo que tenía que ver con la profundidad de ese mar, con los fondos de piedra que estaban justo debajo de la línea donde rompían las olas.
Noah lo respiró como si le debiera algo.
Extendió la mano izquierda con la palma hacia arriba, un gesto cotidiano como quien saca las llaves para abrir, y la energía respondió. Un destello negro con partículas heladas que giraban en sentido antihorario, frías como el peor invierno de Valeria, y de esa oscuridad que se condensaba surgió su katana.
La tomó. La sostuvo. La miró durante un momento.
Luego empezó.
La Kata de apertura era lenta por elección, no porque fuera simple sino porque la velocidad era el destino y no el comienzo. Cada posición tenía que existir completamente antes de moverse a la siguiente.
Fue ganando velocidad de manera casi imperceptible, como una marea que sube sin anunciarlo, hasta que los movimientos tenían esa fluidez donde ya no se distinguía dónde terminaba uno y empezaba el siguiente. La katana dejaba trazos en el aire que tardaban un segundo en desvanecerse, pequeños cortes de sombra y partículas heladas que el viento deshacía antes de que alguien pudiera verlos bien.
Trabajó durante una hora.
El sol estaba en el punto donde ya había decidido irse, pero todavía no terminaba de hacerlo, tiñendo el agua de ese naranja que duraba varios minutos y luego dejaba paso al azul oscuro.
Estaba sentado en la arena con las piernas cruzadas, la katana clavada verticalmente frente a él, el mate en la mano izquierda, el termo apoyado al costado. Había preparado la yerba con el cuidado que se merecía, sin apuro, acomodando el polvo hacia el lado correcto, mojando con agua a la temperatura justa, esperando que absorbiera antes de la primera cebada.
Tomaba en silencio y miraba el horizonte.
¿Alguna vez pensaste en participar?
Sus ojos cayeron sobre la katana clavada en la arena, admirando ese tono negro de la hoja y el gradiente azul marino en la punta. La conocía de memoria. La había tenido en la mano desde los once años y todavía había días en que le encontraba algo que no había notado antes.
Sonrió, apenas, hacia el mar.
«Jamás cambiaría esto por lo que tienen ellos.»
Sacó el celular del bolsillo y lo desbloqueó. La pantalla mostraba su perfil de Wave. No había elegido foto de perfil con intención, era una imagen que Irina le había sacado sin avisar en la playa, donde salía mirando hacia un costado.
Ciento cuarenta y dos seguidores. Seis publicaciones en tres años. Cero portales registrados. Sin rango establecido.
Deslizó hacia el feed con el pulgar, viendo pasar noticias del coliseo de Valdoria, publicaciones de otros Cavallers mostrando cierres de portales con los filtros de Wave que hacían que hasta el peligro real se viera bien desde afuera, algún análisis de algún comentarista sobre alguna batalla.
Y entonces un titular detuvo el pulgar.
GRAY BLAZE: CAMINO AL KOTEI DE KAVLAR.
Debajo, la miniatura de un artículo con la imagen de un hombre en ropa de combate, de perfil, mirando hacia algo fuera del encuadre. El artículo tenía cuarenta minutos de publicado y ya tenía ochenta mil interacciones.
Noah frunció el ceño.
Gray Blaze. El nombre no le decía nada, y Noah tenía la costumbre de mantenerse suficientemente informado sobre el panorama de los Cavallers de alto nivel para que algo así le llamara la atención.
Lo abrió.
El artículo era corto, más una noticia de último momento que un análisis: un aspirante sin historial mediático relevante había ganado el Torneo de las Cinco Coronas de Kavlar y ahora tenía el derecho a desafiar a los miembros del Shi Dai Kotei de esa nación. El nombre que aparecía en los registros oficiales del torneo era Gray Blaze.
Al final del artículo había un enlace a los clips del torneo.
Noah abrió el primero.
La calidad del video era buena, con múltiples ángulos y repeticiones en cámara lenta de los momentos clave.
Y en el centro de la arena, enfrentando al último rival, estaba Gray.
La figura era alta, con el cabello marrón oscuro peinado hacia atrás. Los ojos que eran casi negros a la distancia de la cámara, y el ángulo del perfil que la cámara mostraba tenía una geometría de mandíbula y pómulo que Noah conocía, que su memoria conocía.
Su pulgar se detuvo sobre la pantalla.
«Imposible.»
Volvió a mirar. El ángulo cambió a un plano medio frontal cuando el combate se acercó a su conclusión, y la cara quedó visible durante segundos que se hicieron eternos antes de que la cámara volviera al plano general.
Noah notó que tenía los dedos apretados alrededor del celular con más fuerza de la que necesitaba. Soltó un poco y buscó la entrevista en el feed. Estaba dos títulos más abajo, con el thumbnail del mismo hombre sentado frente a una mesa con micrófonos.
La abrió.
—¿Cómo describirías tu estilo de combate?
La figura en la pantalla tomó un segundo antes de responder. Su mirada adquirió seriedad.
—Eficiente.
—¿Solo eso?
—Un movimiento de más es un movimiento que se puede usar en contra. No veo sentido en dar un espectáculo cuando tengo que ganar.
La periodista siguió.
—Ganaste sin que nadie en el torneo supiera quién eras hace seis meses. ¿Dónde estuviste todo este tiempo?
Una pausa de dos segundos.
—Preparándome.
—¿Para este torneo?
Sus ojos miraron hacia la cámara y entonces sus labios se curvaron en lo que parecía ser una sonrisa.
—Para lo que viene.
La periodista pareció querer seguir esa línea, pero Gray continuó sin esperar la siguiente pregunta.
—El mundo está en el punto en que se está olvidando de lo importante que es el concepto del aura. Hay trabajo que hacer.
Y entonces, su mirada busco la cámara principal, dejando de lado a la periodista.
—El reloj ya ha comenzado a correr.
Lo dijo mirando hacia la cámara. No a la periodista
La entrevista terminó.
La pantalla volvió al feed, pero la mirada de Noah estaba en algún punto inexistente, entre la arena frente a sus pies y el lugar donde la espuma de la última ola había llegado. Su mano derecha había ido sola hacia su cabello y lo había empujado hacia atrás con los dedos, tirando levemente hacia la nuca.
Su katana seguía clavada en la arena frente a él, ajena a todo, brillando con el último resto de luz del sol que ya casi no existía.
La pregunta de Irina llegó de nuevo, más nítida esta vez que cuando la había recordado minutos antes.
¿Alguna vez pensaste en participar en el Torneo de las Cinco Coronas?
Noah miró la katana.
Porque lo que acababa de ver en esa entrevista había respondido por ella, y lo que había respondido era que Jake, con trece años más encima y un apellido diferente, seguía siendo el mismo de esa noche en la playa: alguien que creía que el mundo necesitaba ser guiado y que él era el indicado para hacerlo.
Y esta vez tenía el poder para intentarlo.
La imagen del cuerpo de Drake siendo arrastrado sobre la arena.
El pie sobre su mano.
Rendite. No quiero volver a verte.
Noah inclinó la cabeza hasta que la barbilla casi tocó el pecho. Soltó el aire lentamente por la nariz.
Y después sonrió, sin creérselo del todo, elevando su vista al cielo.
—Mierda —murmuró entre risas.
El mar respondió con el único idioma que conocía: el mismo de siempre, el mismo de hace trece años, indiferente y presente.
Cinco insignias. Cinco Palacios. El Torneo. El Shi Dai Kotei. Y después, al otro lado de todo eso, Jake mirándolo con los mismos ojos marrón oscuro que tenía a los dieciséis años cuando desapareció sobre el lomo de una mantícora.
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Llegaste al final del primer capítulo, y eso ya es un montón para mí. Gracias. Me gustaría saber qué te pareció esta primera toma del mundo y de los personajes que estuvieron, ¿qué fue lo que más te llamó la atención?
Nos vemos en el siguiente capítulo.
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