Capítulo 3 de 16
Adelina se había asegurado que ningún espacio de su cara estuviera sin cubrir con la mascarilla que se había aplicado mientras Zita lavaba su cabello con sumo cuidado, usando la infusión que había comprado con el boticario el año pasado para que este fuera más suave y se viera más brillante. Después de todo, ese día se había retirado temprano para poder prepararse para el ajetreado día que se venía con su presentación a la sociedad la mañana siguiente. Claro está que estaba tan concentrada en eso que no paraba de preguntar a su doncella por si estaba listo todo para el día siguiente.
—¿Está ordenada mi vestimenta para la corte? —pregunta Adelina.
—Todos los paños están planchados, los zapatos lustrados y las joyas pulidas y limpias —le contestó tranquila la muchacha.
—¿Ya la cocina sabe que voy a desayunar y qué refrigerios empacar? —le vuelve a preguntar.
—Sí, señorita. Incluso pedí que recordaran también separar una porción de papilla para el joven amo para el desayuno y que se lo dieran a la nodriza —la tranquilizó la doncella.
Adelina solo tarareó, dando a entender que entendía; ya con esas respuestas estaba más tranquila. Hace dos años, su madre había logrado el sueño más anhelado de todos los sensatos de la casa: darle un hijo varón al vizconde, y por partida doble, pues fueron dos mellizos (los únicos que había engendrado el vizconde). Sobra decir que el vizconde estaba tan contento que le dio todo lo mejor de la mansión a estos niños y Adelina, antes de que alguno de esos dos insensatos les pusiera un nombre, los nombró como Adrián y Ariadna; ya había visto las listas de nombre de ambos padres y acabada de confirmar el mal gusto del vizconde con esas elecciones y la falta de objetividad de su madre referente a sus nombres.
—Señorita, el joven Bayron desea hablar con usted; me está preguntando si es posible que lo atienda —dice una doncella entrando a su recámara.
—Aún estoy presentable; hazlo pasar —le responde.
Adelina no tenía problemas con que Bayron la viera en esas circunstancias. Cuando ella estaba con su madrina y ellos comenzaron a estudiar por fuera, la correspondencia fue muy fluida, permitiendo a los tres hermanos estar al tanto de los demás. Claro está que Adelina los ayudaba en lo que podía y viceversa; además, gracias a ellos, Adelina estaba segura que la inteligencia de su padre solo alcanzó para ellos dos. Sus otros medios hermanos varones eran de mentalidad muy simple: los más destacables, y los otros, sinceramente, eran unos vividores. De los 10 hermanos varones ilegítimos, solo 4 se ganaban la vida o estudiaban para no depender de su padre.
—Gracias por recibirme, Señorita Adelina —saluda Bayron, haciendo una reverencia y dándole la espalda.
—No hay nada que agradecer; tú eres, junto a tu hermano, mis queridos hermanos, pero ¿qué te trae a mis habitaciones? —pregunta Adelina cuando lo recibe.
—Sinceramente, es más por la curiosidad de la situación —admite con algo de gracia—. ¿Cómo lograste que el vizconde mandara al campo a los demás? —preguntó sin disimulo.
Adelina sonrió al oír la pregunta. Actualmente, ni Bayron o Brandon vivían en la mansión y solo venían a hablar con el vizconde por cuestiones de trabajo o para informar sobre los otros dos hermanos que actualmente se habían ido al ejército, pues, a diferencia de los dos mayores, los otros dos reconocieron que las letras no eran lo suyo y prefirieron una carrera militar, y Adelina no iba a negar que al parecer sí tenían talento para la milicia. Pero, volviendo al tema, Adelina se sentía extremadamente orgullosa de haber logrado su deseo más anhelado: sacar a todos su medios hermanos de la casa.
—El vizconde podrá malcriar mucho a los demás, pero nunca va a perder su cara frente a la sociedad. Solo le recordé que, si alguien se entera de la existencia de ellos, es muy probable que las niñas y yo no nos pudiéramos casar adecuadamente, además de afectar el futuro de Adrián; así que mando al mayordomo a que los llevara a la fuerza a la casa de campo más alejada de Londres —le explicó tranquila mientras sentía como su doncella comenzaba a lavar su cabello con agua.
—Entonces, esta será la última vez que hablemos en persona, señorita, por el bien de la reputación del vizconde. Si necesita que investiguemos algo, no dude en enviar a vuestra dama de compañía para informarnos —se despide, dando otra reverencia y saliendo de la estancia.
Adelina no lo detuvo. A pesar de todo aprecio que tuvieran, ambos conocían bien los limites de los roles que les habían tocado en la vida. Sus dos medios hermanos mayores estudiaban y fueron adoptados (de forma muy ventajosa) por el abogado personal del vizconde, lo cual era bueno para ellos; por otro lado, ella debía velar por sus hermanas menores y por su hermano, pues, aunque ya estaban seguras que nada malo iba pasar, no podía arriesgarse a las maquinaciones de las mujeres del vizconde.
Si su madre supiera lo que había hecho el vizconde en secreto unos meses antes del nacimiento de Adrián y Ariadna, es muy probable que se olvidara de la sensatez y lo matara; la propia Adelina estuvo tentada a envenenarlo cuando se enteró. Resulta que el vizconde naturalmente no se estaba volviendo joven (55 años era una señal de que prontamente se le antojara irse a vivir al panteón familiar) y, al ver que su madre no daba un heredero, procedió a realizar lo que Adelina consideraba la jugada más astutamente sucia de todas: sobornar para que los hijos varones que había tenido con sus amantes se legitimarán en las líneas laterales para que, al momento de morir, ellos pudieran heredar. Todo esto se destapó gracias a que, cuando Bayron volvió a Londres para el receso de sus estudios, el viudo abogado de la familia le permitió ver como realizo ese fraudulento proceso como parte de su aprendizaje.
Cuando se enteró de todo esto, su madre llevaba apenas unos meses embarazada. No dijo nada; primero tenían que esperar el resultado del embarazo. Si hubiera nacido solo Ariadna, sinceramente Adelina hubiera pensado en envenenar a todos los hijos ilegítimos de su padre con tal de estar segura ella y sus hermanas; gracias al cielo, al fin nació un niño por el cual estaban tranquilas. Ahora sus 20 mil libras de dote estaban aseguradas, y también las dotes de sus hermanas, que si bien ahora son de una suma inferior a la suya, más adelante perfectamente las iba a aumentar cuando pudiera poner las manos en las cuentas de la mansión o de su matrimonio.
—Señorita, tengo una duda —la llama Zita—. ¿Por qué nunca le puso las cosas tan difíciles a sus medio hermanos, pero sí a sus medias hermanas? —le pregunta la doncella, comenzando a quitarle la mascarilla antes de enjuagar su cabello por segunda vez.
—Los hombres estudian y se van. En total, tengo diez medios hermanos varones y solo cuatro de ellos saben que el vizconde en cualquier momento morirá y los dejara sin nada, sobretodo ahora que el joven amo nació. Solo se le perdona esa falencia a los que no han pasado de los 10 años —le explicó porque le es indiferente los muchachos, incluso sabiendo el plan de su padre para ''legitimarlos''—. Por otro lado, solo tengo cuatro medias hermanas que nunca sean conformado viviendo en las sombras. Son ambiciosas y vanidosas, pero no tienen verdadera astucia, solo unos cuantos trucos baratos. Esa no es una combinación muy sensata, sobretodo con Delia, que es la más cercana a mi edad; el vizconde nunca les ha negado nada, así que debo actuar antes de que pase un escandalo, sobretodo porque no se que tanto la edad le este nublando el juicio al vizconde —le señala.
Una verdad universal es que ella siempre había tenido roces son sus medias hermanas debido al favoritismo del vizconde, sobretodo por que ellas la consideraban un estorbo para obtener un trato más digno por parte del vizconde. El cielo sabe que Adelina fue en algún momento muy brusca con ellas para que nunca más se le acercaran a ella y sus hermanas; pero, en su defensa, cuando era solo ella podía toleran las malas jugadas, pero con sus hermanas nunca, sobretodo cuando comenzó a vivir más de nueve meses fuera del seno familiar, por lo cual tenía asegurar que nadie intimidara a su hermanas.
—Eso dañaría todos sus planes —admite Zita después de un rato.
—Hemos pasado los últimos siete años planeando meticulosamente este día. No importa que pase, debo casarme por muy tarde el año entrante o... —decía, dejando suspendida la última frase.
<<O todos mis miedos pueden estar ganando y nos comerán vivos en esta familia>> sonó en su cabeza. Lo último que quería es sobrepensar en todas las posibilidades que no estaban a discusión general; Adelina no iba a permitir que su presentación ante la reina el día de mañana se viera empañada por una mala noche de sueño. Debía dormir perfectamente para tener la mejor imagen ante la reina.
—Lo entiendo, señorita —la tranquilizó la doncella. Ella sabía perfectamente que habían cosas que no se debían decir o siquiera insinuar.
—Termina de lavar el cabello y lo secamos —le ordena—. Cuando me case y me establezca, aun no será muy tarde para que te cases si tienes a alguien en mente, por ejemplo, mi hermano —le insinúa, recordando el noviazgo que ella mantenía con Brandon.
—El señor Brandon y yo solo colaboramos para que la señorita logre sus objetivos; ambos reconocemos que sin su ayuda es probable que no tuviéramos donde caernos muertos —confesó algo apenada, aun recordando la bochornosa escena cuando los descubrieron.
—¿Aun nada que pide tu mano el desubicado ese? Bueno, aun esta centrado en sus estudios en Elton —pregunta algo burlona, y la cara de aburrimiento de la doncella respondió la pregunta—. Bien sabes que, debido a nuestras condiciones de nobles, mi madrina y yo vivimos una vida muy restringida y que a ustedes, nuestras doncellas, no las queremos encerrar en esta prisión. Si de verdad llega el momento que quieras irte con Brandon, no te voy a retener; vivan teniendo la dignidad que se les negó sus primeros años de vida —le relata tranquilamente Adelina al ver que Zita no reaccionaba.
Con los años, tanto la marquesa como Adelina llegaron a la conclusión silenciosa que mejor viven hasta cierto punto las mujeres de la clase media; así que tranquilamente llegaron a la resolución de que sus doncellas podían casarse tranquilamente si lo deseaban. Ya la doncella que acompaño originalmente a la marquesa se había casado, y actualmente la servía una* Cullis que el barón había contratado, pero que, al enterarse su sobrina, rápidamente le arrebato y se la quedo. Por parte de Adelina, además de Zita, dio trabajo a un par de hermanas huérfanas y estas aprendían el oficio por parte de Zita y el ama de llaves.
Esas dos hermanas originalmente las estaba entrenando para sus dos hermanas menores, pero, teniendo en cuenta la edad de cada una, era más probable que se convirtieran en las doncellas que remplazarían a Zita en el futuro que siguieran a Aline en su debut dentro de cinco años. Por su parte, se supone que podría esperar para debutar a mediados del verano, cuando tuviera 17 o cuando fuera a cumplir 18 en mayo del año próximo, pero su madrina y ella no iban a esperar más; además, eso le daba una escusa a la marquesa para realizar algún evento social y Selene no había realizado ninguna fiesta en la mansión de Londres desde que la última de sus cuñadas debuto hace casi tres años.
Lo bueno de que el marqués tuviera dos hermanas menores bajo su manto cuando se casó con su mujer fue que le permitió a esta aprender de la marquesa viuda cómo gestionar mejor la sociedad al ser madre de una debutante. Si bien sabía cómo ser una debutante exitosa, también admitió que parte de su éxito se debió a la chaperona encargada de cuidarla. Por ello, consideró enriquecedora la experiencia con sus cuñadas que, para fortuna de Adelina, eran mayores y ya estaban muy bien casadas. Además, Adelina tenía la ventaja de mantener una correspondencia fluida con ellas gracias a los siete años que pasó bajo el cuidado de los marqueses.
—Señorita, usted bien sabe que el haber sido redimida por su madrina y ser su doncella desde hace siete años ha es la mayor bendición de esta huerfanita; no solamente me salve de una muy mala vida en los burdeles, si no que usted es una muy buena ama y por eso se que usted va tener éxito en todo lo que se proponga; no se preocupe por mí, más bien permítame terminar de arreglarla para que pueda dormir —le contestó muy conmovida la muchacha.
Las palabras de Zita eran lindas, pero Adelina sabía que si eso fuera posible el vizconde no fuera un sinverguenza y falto moral en su matrimonio; pero, como no tenía ganas de pensar demasiado, no la contradijo.
oOo
Adelina estaba sentada, perfectamente derecha, frente a su peinadora, esperando a que Zita y Melisa la arreglaran. Ya había desayunado una sopa ligera, pues no podía hacer una escena al llegar, como lo sería desmayarse, pero tampoco debía comer algo muy pesado para poder usar en su máximo esplendor el corsé. No era tan avara como algunas muchachas que se lo ajustaban hasta el parecer antinatural o enfermizo; Adelina se las había arreglado para que tener una cintura pequeña a base de ejercicio y una alimentación muy controlada.
—El baño de agua fría está listo, señorita —le avisa Melisa—. ¿Está segura de someterse a el? El agua está tan fría que dejó nuestras manos rojas —le preguntó preocupada la doncella.
—Es el mejor método para que mi piel se vea tersa y radiante; no debemos tener falencias, no ahora —le avisa mientras caminaba a la habitación de al lado—. Cuando no esté, saca mi tablero de ajedrez y déjalo listo; no lo vuelvas a guardar —ordenó antes sumergirse.
Las dos doncellas tragaron en seco al ver la fuerza de voluntad de su señorita; Adelina se había sumergido casi toda, dejando solo ver el moño alto que sujetaba su cabello, evitando que se mojara, mientras que su cara también estaba sumergida en la tina. La sacaba un poco cuando se quedaba sin aire, pero rápidamente la devolvía a sumergir.
Todo el proceso tuvo que durar alrededor de diez minutos antes de que Adelina pensara que era suficiente. Salida del baño, las doncellas rápidamente la envolvieron en las toallas para evitar que alguna corriente de aire le provocará un resfriado más tarde; lo último que todos querían era que Adelina pescara la tuberculosis. Cuando estuvo totalmente seca, procedieron a ponerle los paños menores y el corset, luego el armazón de la falda, para luego ponerle las últimas prendas y el vestido blanco.
Melisa procedió a peinarla mientras Zita la maquillada. Por lo general, el maquillaje era algo que las hacía parecer lo más pálidas posible, pero ella no usaba los productos del mercado, gracias a la sirvienta de su tía, que era tan habilidosa, siendo capaz de crear maquillaje incluso con arroz y flores; algo bueno porque, según sus palabras y varios años de observación, el maquillaje que usaban por lo general enfermaba a la mujer que lo usaba. Cuando se dieron cuenta que no mentía, la muchacha rápidamente botaron todos los cosméticos que tenían y los reemplazaron por los artesanales. Incluso Adelina está dispuesta a apostar que la mejoría de la salud de la vizcondesa, permitiendo que al fin diera a luz un hijo varón, fue el cambio de los productos. Pero eso era tema de conversación para otro día.
—Señorita, usted se ve hermosa —admiran las doncellas cuando la ven totalmente arreglada.
Mentiras no eran: Adelina era una hermosa jovencita de cabellos negros, ojos azules zafiro, de piel blanca por naturaleza y labios rojizos. Esa combinación, más su baja estatura, pero con su cuerpo bien formado, le daba una apariencia menuda; lo único que generaba un cambio en la armonía de esta menudez era su mirada, era firmemente traicionera. Su madrina siempre decía que, debido a que Adelina perfeccionó el arte de mentir desde tan temprano, su mirada había cambiado tanto que no se podía fiar de lo que expresa a través de ella, como el espejo del agua que nunca sabes que tan profunda y traicionera es. Sobra decir que Adelina adoro esa descripción.
—Esperemos que esta apariencia nos ayude —fue lo único que atinó en soltar Adelina antes de salir de la recámara.
Adelina no era tonta: había muchachas más bonitas o magnéticas que ella; tuvieron más años de preparación que ella, además, actualmente, aunque tenía la piel blanca como el estándar, lastimosamente no era rubia, alta y con un cuerpo más ligero. Pero no podía negar que siempre había hombres que preferían cosas fuera de la norma en lo referente a la apariencia; de resto, su dote y contactos eran suficientes para recomendarla.
Cuando bajó a la estancia principal, contra todo pronóstico, se encontraba el vizconde con todas sus galas; es más, era la hora de la mañana donde por lo general aún no se había despertado. Lo último que esperaba era verlo hoy despierto a primera hora de la mañana, pero, teniendo en cuenta que estaba la reputación del vizconde en juego, no dudaba de la farsa que se iba a gestar el día de hoy. Por otro lado, también se sorprendió al ver a la vizcondesa a su lado, con todos sus hermanos bien formados y presentables para despedirla, pues, a diferencia, ellos estaban allí para poder despedirla antes de su presencia en la corte.
—Buenos días, Madam; buenos días, Sir —saluda formalmente a sus padres, haciendo una perfecta reverencia.
—La marquesa no escatimó gasto alguno en tu educación y puedo asegurar que no se perdió la inversión de los dos hicimos en ti —habla el vizconde muy complacido al verla.
Adelina seguía sonriendo y su mirada mostraba docilidad, pero en su interior quería la cabeza del vizconde. Para él, ella no era más que una inversión a largo plazo y pensaba que todo el mundo era como él en ese pensamiento —Adelina no va negar que varios piensan así, pero sinceramente, si lo dice el vizconde, es causa de muerte—. Por el lado de su madrina, tal era el afecto entre ambas después de varios años de compañía, que a escondidas de todos, de vez en cuando, la dejaba jugar con las muñecas más bonitas que tenían y la propia marquesa jugaba con ella; qué bonito era estar con alguien que entendía hasta cierto punto tus propias carencias.
Las dos hijas de su madrina, Serena y Lilian, apenas tenían dos y tres años, por lo cual de vez en cuando se llevaba a Annastacia a jugar y con todas ellas pasaban desaparecidas las carencias de las marquesa y de ella. Por otro lado, ya se inventariar una escusa para quitarle a su madre la custodia de sus hermanos menores; ya más de una vez se había llevado a Annastacia y Aline e iba a hacer lo mismo con los más pequeños. Puede que su madre fuera buena mujer, pero era muy débil, y con el vizconde cerca, Adelina sabía que era muy probable que Adrián se volviera un inútil en el mejor de los casos; en el peor, se volvería un hedonista sinvergüenza como el vizconde, y eso Adelina no lo iba a consentir ni estando muerta.
La vizcondesa no le dirigió palabras durante la mitad del camino; ya el vizconde se había ido en el otro carruaje, pues las galas de Adelina ocupaban un buen espacio dentro de la carroza, mientras que Adelina estaba sola con su madre. La relación entre ellas se había vuelto muy tensa debido a que Adelina no soportaba ver la docilidad con la cual su madre aceptaba todos los desplantes de su padre, mientras que la propia vizcondesa no era capaz de enfrentar a su hija por el carácter tan fuerte de esta misma.
—Sé que no he sido la madre que esperabas —comenzó a hablar la vizcondesa, algo apenada— y que el distanciamiento que tenemos es en gran parte mi culpa. Tú naciste con un carácter que no tolera nada, que no soporta las injusticias y que no puedes soportar que tus hermanos estén en desventaja. Si necesitas algo de mi, no dudaré en dártelo —le prometió a la muchacha.
—Ya que estamos en ese asunto, sería mejor que cuando puedas me des la custodia de todos los demás —le contestó—. Aline debe salir a sociedad en los próximos seis años y apenas tiene un conocido superficial para su edad; eso es por la negligencia del vizconde y por vuestra falta de carácter, mientras que es más beneficioso para los menores no crecer cerca del vizconde. Lo último que queremos en que aprendan esos malos hábitos —le señala sin remordimiento.
La vizcondesa era algo sensible y no pudo evitar gimotear, pero sabía que Adelina tenía razón. Aline se había criado a su lado, puesto que se ponía nerviosa cuando se quedaba sola, evitando así que Adelina se la llevara tan seguido como a Annastacia, pero tenían que pensar en el futuro. Mientras que los más jóvenes no tenían que vivir la angustia que pasaron los últimos diecisiete años, para eso Adelina se las arregló incluso para lograr lo que ella intento durante varios años al lograr desaparecer a las amantes e hijos bastardos de su marido con solo un movimiento. Lentamente, y sabiendo que era por el bien de sus demás hijos, asintió lentamente a la orden de su hija mayor.
—¿Sabes lo que realmente me incomoda de usted, madame? —le preguntó con algo de ironía Adelina, y la vizcondesa negó con la cabeza—. No es capaz de luchar. Le estoy diciendo que le voy a arrebatar a sus hijos y lo acepto como si yo fuera el amo y usted el siervo; si aunque sea tuviera algo de voluntad de luchar, no hubiéramos terminado en esta situación. Es esa decidía lo que nos diferencia a las dos y que espero que ninguna de mis hermanas posea, pero no se preocupe, también la entiendo a usted. En algún momento todos se cansan de luchar; no se preocupe, al vizconde no le ha de quedar mucho tiempo de vida y, cuando él se vaya a vivir en el panteón, se los devolveré —le confesó Adelina a su madre con algo de burla.
—Adelina, ¿cómo puedes desear la muerte del vizconde? —la reprende algo abochornada por lo dicho—. Sé que ha sido una persona deplorable, pero no puedes desear su muerte —le expresa con verdadera sinceridad.
Este era el momento exacto en el cual Adelina pensó que era mejor decirle a la vizcondesa sobre las sucias jugadas del vizconde. Pero, pensando que aún estaban en un lugar público y que la vizcondesa puede olvidar que ella va a ser presentada, era mejor no decirle nada por el momento, más que una pequeña insinuación; ya más tarde le diría todo lo que sabía.
Pasado un rato, al fin pudo salir del carruaje y, para su gracia, se pudo formar con las demás debutantes antes de que llegara su madrina. Cuando Selene la encontró, se veía alegre y campante, hablando con las madres de las debutantes; había madres tan osadas que debutaron las dos hijas al mismo tiempo debido a la edad, otras tenían apenas los dieciséis cumplidos, que eran las muchachas con permiso especial, y el resto oscilaban los 17 y 18 años, como lo hacía Adelina. Por su parte, Adelina agradeció que entre cada hermana hubiera cinco años de diferencia, por lo cual ella no tenía la presión de tener hermanas que necesitaban salir con urgencia al igual que ella; perfectamente sus hermanas menores podrían tomarse su tiempo. A diferencia de ella, ellas iban a disfrutar el proceso.
—Mi adorada Adde será una mujercita cuando cruces esa puerta —elogia feliz Selene—. Vas a ser más exitosa que yo, te lo aseguro —le prometió cuando terminaba de organizarla.
Fue entonces que ella cerró los ojos e inhaló aire; para cuando los abrió, la gran puerta del salón se abrió ante ella, mostrando a la reina en su trono mientras acariciaba a su cachorro. Su nombre y el de su madrina fue anunciado cuando pasó por la puerta; su paso era firme y ligero, era tanto que ni siquiera su falda se doblaba y seguía recta, como si estuviera solamente firme en su lugar. Cuando llegó al sitio correspondiente, hizo la reverencia y el beso de mano correctamente ante la reina; al levantarse, vio cierta aprobación de la reina y las damás de compañía de esta.
—Bien hecho —le susurró su madrina cuando Adelina volvió a su lado.
Una jugada bien hecha: este solo era el primer movimiento. Ahora todas las personas en esta sala y fuera de ella eran parte de su juego, siendo rivales o piezas en su juego; nada iba a evitar que cazara al mejor prospecto y lo llevará al altar antes de que terminara este año.
Pasada la tarde, varias jóvenes se habían agrupado en el pasillo de salida de palacio, a la espera de que sus carruajes pasarán por ellas. Afortunadamente, varias de las hijas de los conocidos del marqués se habían presentado ese año y ella pudo adherirse fácil al grupo que formaba durante la espera. Eran jóvenes muy diferentes a ella; algunas eran extremadamente risueñas, como si toda su vida fuera una novela romántica de Jane Austen, aunque otras eran más rígidas y frígida que ella. Eso sí, todas eran respetables y útiles para alianzas matrimoniales y sociales.
—Díganos, señorita Adelina, ¿cómo sería su matrimonio ideal? —pregunta una de ellas; ese era el tema importante.
—Me temo, mi querida señorita Rossie, que soy muy sensata y con un marido sensato y responsable me conformó —le contestó a una de sus viejas conocidas.
—Mi querida señorita Adelina nunca ha tenido ni un hueso romántico, señorita Rossie; eso lo sabemos todas desde jóvenes. Aunque tiene razón: más que algún sentimiento vano, es la estabilidad y respeto que el prospecto nos pueda ofrecer, y viceversa, lo que asegura una buena unión —le contesta otra de sus amigas.
—Señorita Marie, usted y la señorita Adelina siempre en las mismas. Aunque en algo tienen razón, en algo y lo reconozco: un matrimonio debe ser beneficioso para todos o sería problemático para la reputación —admitió la señorita Rossie.
—Pero ¿quién no sueña al menos con un marido guapo? —señaló una señorita de mayor rango que ella.
—Bueno, con que esté limpio yo me conformo; los hombres respetables por lo general nos doblan la edad o ya están casados, mientras que a los contemporáneos solo les interesan otras cosas menos el matrimonio. Por eso, seremos afortunadas si por lo menos son una década mayores a todas nosotras; hay que aspirar siempre a lo mejor que podamos obtener, pero sin perder la sensatez —señala Adelina a sus acompañantes.
—Mi querida Adelina, para usted es más fácil decirlo. La marquesa en su tiempo fue muy popular y no dudamos que le haya enseñado todos sus trucos; además, de entre nosotros fue a la que la reina miró con mejores ojos, incluso sus damás de compañía mostraron la satisfacción de la reina por usted —le señaló la señorita Marie.
—Temo contradecirla, mi querida Marie: fue lady Sarah quien tuvo mejor recepción de la reina que yo; tuvo el honor de ser besada en la frente por su majestad —la contradice, señalando a la muchacha de mayor rango del grupo presente.
La muchacha mencionada alzó la barbilla con orgullo y superioridad; naturalmente tenía para hacerlo, era hija de un duque y recientemente este tenía buena fama en el parlamento. Por lo tanto, la reina no iba a ignorar el linaje tan distinguido de su familia, además de su porte noble. Aunque ella misma, en su interior, tenía que admitir probablemente era más por compromiso; al lado de Adelina, sus movimientos eran definitivamente mediocres, y no sabía que acabada de caer en una trampa de Adelina.
Nadie entendía mejor que entre más atención recibes, más probable es que te conviertas en el enemigo de todos. Ahora todas la dejaron de ver cómo una amenaza para sus propios planes. Adelina no era tonta; ahora la que portaba los celos de todo el grupo era la más mediocre, porque tenía que admitirlo: Lady Sarah es una mujer mediocre al lado de otras de su posición. Qué vergüenza, casi le recordaba a su hermana Aline, y a ella se le perdonaba por ser una niña de once años. Ahora Adelina sabía que no tenía que preocuparse; existían mujeres más negligentes que su madre.
—Bueno, no deberíamos preocuparnos de esas cosas; al final del día, no importa cuánto dispongamos nosotras si el hombre no propone —las tranquilizó Adelina. Aún era muy temprano para comenzar a manipular a todos.
—¿La veremos a usted mañana en la noche en el baile de los duques? —pregunta lady Sarah a Adelina.
—Naturalmente, la marquesa me ha informado y vamos a asistir al primer baile de la temporada —le asegura, fingiendo no ver la insinuación.
Ella sabía lo que estaban insinuando: su padre solo era respetable por su título y actualmente ni siquiera era parte de alguna dependencia; solo quedaban las tierras y la historia. Adelina siempre lo supo: el vizconde no servía sino de florero. Si no fuera por la dote de su madre y que el contador, el abogado y el mayordomo le tenían mucho aprecio a los anteriores vizcondes, por haber sido ellos quienes pagaron sus estudios cuando se necesitó, es muy probable que se hubiera perdido la fortuna hace varios años. Por eso se alegro cuando Bayron y Brandon fueron adoptados por el abogado; no solo los legitimó, sino que sabía que el patrimonio de Adrián seguía estando en buenas manos hasta que esté fuera un hombre responsable, si el vizconde le hacía el favor de morir después de que se casará.
—Entonces espero encontrarnos —sonrió falsamente.
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