Capítulo 4 de 7
Ya casi en las entradas de Musgo Verde escuché el desgarrador grito de mi buen amigo Bremil. Lo peor que le puede pasar a un ser viviente es que lo embosquen desprevenido, y no es como si te avisaran o algo así. Siendo yo una cazadora, debí haber percibido antes el fatídico olor que ahora tenía peligrosamente cerca.
—¡Whoah! —le grité al caballo mientras saltaba al suelo, viendo a mi pequeño amigo brincar de un lado a otro con sus enormes botas, atacando al infectado. Vi que Bremil corría hacia mí y no pude esperar para preguntarle—. ¿Te ha hecho daño?
—¡Corre, Cazadora! —gritó, pasando como un torbellino a mi lado. Saqué mi arco y flechas, dispuesta a luchar, pero el inmenso monstruo, desfigurado por la magia corrompida, me asestó un golpe en el lado derecho de la cabeza y me mandó al suelo de un solo golpe.
Oh por los dioses eso me dolió.
Me alcé ágilmente quitándome la túnica la que desgarré para improvisar una tira de tela. Tomé mi daga mientras me incorporaba bien del suelo y gruñía mostrando los dientes de frente como una bestia salvaje al deforme humano infectado. Até la tira a la empuñadura de la daga para asegurar el agarre y me abalancé sobre él con la daga en mano.
La criatura respondió con un chillido estruendoso y se lanzó hacia mí al mismo tiempo. Me deslicé por debajo de su enorme cuerpo, pasando entre sus piernas. El hedor a carne putrefacta me revolvió el estómago mientras esquivaba por un suspiro el roce de sus garras. Antes de que pudiera girarse, me impulsé sobre su espalda y hundí la daga entre sus costillas una y otra vez, buscando un punto débil donde su cuerpo aún pudiera tener algo de humano.
La bestia lanzó un alarido desgarrador que podría jurar que se escuchó por toda Aloria. Se retorcía con movimientos torpes, pero al mismo tiempo violentos, intentando desprenderse de mí mientras yo me aferraba con todas mis fuerzas. Sentía cómo sus músculos se contraían bajo mi cuerpo, —Por Shakti, ese maldito olor va a matarme —, sacudiéndome con una fuerza monstruosa sus manos putrefactas terminaron sujetándome por el torso y, antes de que pudiera reaccionar, me arrancó de encima y me arrojó contra el suelo con ira.
El impacto me dejó sin aire.
Un dolor agudo recorrió mi espalda al chocar contra la tierra. Apenas logré levantar la mirada cuando la bestia volvió a abalanzarse sobre mí. Intenté rodar, pero una brutal patada me alcanzo de lleno y me lanzó a varios metros. El aire se me escapó de nuevo de mis pulmones en un jadeo ahogado observe que había quedado lejos del infectado, pero también cerca de mi arco y mis flechas.
Visualicé al infectado correr a mi dirección e ignorando el dolor que recorría cada músculo de mi cuerpo, me levanté tomé el arco, coloqué una flecha y apunté hacia él. Solté el aire lenta y dolorosamente antes de disparar. Luego lancé una segunda flecha y ambas se clavaron en su frente.
La criatura, impulsada por una fuerza inhumana, siguió avanzando hacia mí torpemente como si las flechas clavadas no existieran.
¿Acaso no sentía dolor? ¿Y si no moría? No podía seguir en combate y huir estaba lejos de ser una opción, estaba dejando toda mi energía en la lucha.
Me incliné para tomar el resto de la túnica que había rasgado y envolví dos piedras del tamaño de mi puño, convirtiéndolas en armas improvisadas. A mi parecer, el infectado ya debía de estar muerto.
Genial, o muere el infectado o moriré yo.
La criatura se detuvo a escasos metros de mí y, antes de volver a lanzarse sobre mí, habló con palabras torpes y entrecortadas.
—Tu magia… me llama —gruñó con una voz quebrada—. Necesito vaciarte.
Llevó ambas manos a su cabeza y comenzó a golpearse con violencia, como si intentara silenciar algo dentro de su propia mente.
Me quedé inmóvil por un instante, con las piedras envueltas alzadas en posición de ataque. Yo no tenía magia de que rayos habla.
Espérate...
—¿Todavía puedes hablar? —susurré, atónita.
La criatura ladeó lentamente la cabeza y una sonrisa torcida apareció en su rostro deformado, aquella horrible expresión hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
Entonces corrió hacia mí.
Ya no parecía un hombre gigante infectado por magia corrompida, parecía un depredador siguiendo el rastro de su presa.
Y yo era esa presa.
Salté hacia él al mismo tiempo que le propinaba una patada, derribándolo. Aproveché el impulso para quedar sobre su cuerpo y comencé a golpear su cráneo una y otra vez con las piedras envueltas. Cada impacto hacía temblar mis brazos, pero no me detuve. La adrenalina era lo único que mantenía mi cuerpo en movimiento.
En un intento desesperado por defenderse, sus putrefactas uñas desgarraron mi corsé. Sentí la tela romperse de golpe y el ardor de varios arañazos recorrer mi abdomen. El corsé cedió bajo sus garras, dejándome únicamente con la camisa de algodón, ahora manchada con su sangre y rasgada en varios puntos.
Solté las piedras y busqué mi daga, aún enterrada entre sus costillas. Mis dedos resbalaron por la sangre antes de encontrar la empuñadura. Tiré de ella con todas mis fuerzas hasta arrancarla de la carne la criatura chilla estremeciéndose y sin darle oportunidad de levantarse, hundí la daga una última vez junto a las flechas que atravesaban su frente, asegurándome de que la bestia infernal no volviera a levantarse.
Al verla tendida e inmóvil en el suelo, supe en ese momento que la infernal bestia estaba muerta.
Caí de rodillas, el silencio que había era ensordecedor. La adrenalina comenzó a abandonarme un temblor frio comenzó a apoderarse de mi cuerpo, la respiración empezaba a arderme. El esfuerzo excesivo comenzaba a toma factura.
—Maldita sea... —me reí de mi propia desgracia. Mire mis manos ensangrentadas con tierra y pequeños cortes que ni siquiera había sentido en el combate.
Intenté ponerme de pie, pero mis piernas cedieron de inmediato. Volví a intentarlo apoyando una mano en el suelo para no caer otra vez. Después de tanto tiempo movida por la adrenalina, ahora el simple hecho de mantenerme erguida resultaba difícil, y terminé desplomándome de nuevo, cansada, agitada y soportando el hedor putrefacto del infectado. Eso me hizo preguntarme: ¿qué demonios hacía un infectado en Nerven? Por lo general merodean en el cementerio de los perturbados, cerca de la aldea abandonada de los faunos. Dicen que ellos la dejaron por los continuos ataques de los infectados, y que muchos faunos murieron perturbados o infectados porque mi padre adoptivo no hizo nada para ayudarlos, de ahí el origen del nombre del cementerio.
—Oh, por Oratual, Lyon va a matarme —vociferó el brumillo, traidor.
—Sigo viva, animal —dije riendo dolorosamente—. Para tu mala suerte.
—Sinceramente espero que esa cosa no esté viva —declaró, mirando al infectado, y solté una carcajada al ver su método de defensa, o, mejor dicho, su arma.
—Oh, por el dios supremo, dime que no pensabas defenderme con un rastrillo. — Acuse.
—Humana malagradecida, debí dejarte tirada y no regresar —dijo, ofendido. Pero eso era exactamente lo que había hecho. —Anda, Iré a traer el caballo para que vayas donde Lyon; mandó una carta solicitando tu presencia.
Y en ese momento mi sonrisa desapareció por completo. Asentí y esperé un rato más antes de intentar levantarme del suelo y emprender el viaje hacia el palacio.
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