Capítulo 2 de 7
Dicen que Aloria nunca duerme. Si no son los pájaros cantando al amanecer, es el borboteo de los ríos entre las piedras o el silbido del viento entre los árboles durante la noche.
Según Efrull, un viejo amigo y brumillo de la comarca de Nerven, antes de que existieran las comarcas, todo esto era un solo bosque lleno de vida. Se dice que los primeros árboles eran tan altos que ocultaban el sol durante semanas y que, cuando llegaron los humanos y otras especies, los antiguos habitantes decidieron emigrar al bosque de Aster. Un lugar al que solo el rey de los feéricos tenía permitido entrar.
Nunca supe si Efrull contaba historias del pasado o inventaba nuevas cada vez que se sentaba junto al fuego durante la semana del Jubileo de Calabazas. Pero había algo que nadie podía negar: Aloria escondía secretos más antiguos que el viejo Efrull, quien con sus 204 años seguía siendo el brumillo más gruñón de la familia Brum.
Yo vivo a las afueras de Nerven. Mi choza conecta con la comarca de los brumillos, y si quieres saber quiénes son, ellos son descendientes de antiguos cruces entre humanos y un antiguo Fae —el primer elfo que Aloria conoció.—. Con el tiempo dejaron de ser solo una mezcla de especies y se convirtieron en un pueblo propio. Los brumillos son más pequeños y mucho más simpáticos que los elfos. En cambio, los elfos son seres que solo desean arrancarte un dedo si decides hablarles; se creen seres superiores, te he de decir. Oh bueno, eso me ha dicho mí padre.
Vivir cerca de una comarca de brumillos para mí era gloria y bendición de los dioses. Los brumillos eran conocidos por ser muy tradicionales y hogareños; cultivaban sus propias frutas y verduras. Además, desde la colina por la que cruzaba para llegar a la comarca Nerven, se visualizaban las chozas con los techos llenos de musgo y hongos brillantes. Sus chimeneas humeaban siempre, pues eran panaderos de primera categoría. La comarca Nerven era conocida por sus praderas, riachuelos, sus deliciosas calabazas horneadas y su miel adictiva.
Era imposible marcharme a misión sin pasar primero por allí.
No quiero viajar a Fostshire por comida y menos siendo quien soy. Una cazadora en ascenso. Si un Alto fae o un guardia feérico me veía sin marcas, estaría en problemas muy, pero muy serios. Llegando, visualizo a los pequeños hombrecitos de al menos un metro veinte que, al verme, unos hacen mohín de disgusto y otros de alegría.
—Mur, cazadora —me saludó. El más longevo de esta comarca era Efrull, ya te lo he dicho, con su gran barba grisácea y sus ropas de vestir de trabajo sucias por culpa del huerto extenso que tenía.
—Mur, Efrull —dije. Miré en su carreta de cosecha varias frutas y verduras. Tomé una pera y le di un mordisco. No entendía por qué Efrull prefería vender sus cosas en esta zona y no en el pequeño mercado de la comarca—. Vengo por despensa y ropas.
—Debes pagar eso primero —me dijo, dándome con una semilla de marañón. Sobé mi frente y le miré en un intento de enojo. Crecí, digamos, en esta comarca cuando mis padres perecieron. Efrull es lo más cercano a un familiar o abuelo, bueno en sí, toda la comarca. —No te duele. Tontos humanos, nada les duele. Aquí ropa para gigantes no hay.
Sí había, es más, era la única humana que les compraba ropa, pues era de pieles o como la que portaba de cuero.
—Leticia siempre hace algo para mí, ¿está ella en casa? —dije viendo hacia la siguiente choza que estaba a unas colinas abajo.
—Esa loca, ahí debe de estar —dijo, empezando a meter las verduras y las frutas que siempre llevo. El viejo Efrull ya me conocía.
—Agor, Efrull —dije despidiéndome mientras caminaba colina abajo—. Le diré a Leticia que la invitarás a bailar al Jubileo de Calabazas de este año.
—Frotaré hongos venenosos en tus verduras, humana tonta —amenazó—. Ven y toma, llévale a esa vieja terca las calabazas que coseché hoy.
—Qué gracioso, Efrull. A mí me das las calabazas más pequeñas y a tu amada las más grandes —dije bromeando. Algo loco de los brumillos es que cuando se sienten descubiertos, su rostro se convierte tan rojo como las teteras en el fogón.
Tuve que correr con dos calabazas en brazos al ver que el viejo Efrull iba a tirarme algunos tomates encima. Pero qué agresivo.
Leticia siempre estuvo enamorada del viejo gruñón de Efrull, y no entiendo por qué, si era el más gruñón de las comarcas juntas. Él siempre la detestó, según él, por su, como diría él… —chillona voz—. En serio, Leticia tenía un tono de voz muy, pero muy chillón. Era como escuchar un loro imitando una voz femenina: horrible, pero graciosa.
Todos en esta comarca amábamos a la chillona Leticia, pero amábamos más sus calabazas horneadas. Era la gloria de la comida.
La choza de Leticia era imposible de confundir. Mientras las demás chozas eran ordenadas y hogareñas, la de ella era un caos total; era tan ella que parecía que la casa había tomado su personalidad.
El techo estaba cubierto de musgo habitual, pero entre él crecían pequeñas y luminosas florecillas blancas y hongos de un tono casi rosado que brillaban suavemente. Enredaderas trepaban por las paredes de madera y rodeaban las redondas ventanitas. El zumbido y aleteo de las abejas llenaban el lugar, pues Leticia era una apicultora.
La puerta se abrió de golpe y una figura pequeña salió disparada hacia mí.
Oh, por Oratual… ella estaba loca.
—Mur, mi dulce pajarito… —dijo tomando mi camisa y bajando mi cuerpo hasta su estatura para poder abrazarme—. ¡Por todos los hongos del bosque! ¡Mírate! Estás más delgada, más alta y seguramente otra vez vienes con la misma ropa desde hace meses.
—Mur, Leticia —dije correspondiendo a su asfixiante abrazo. Al ver a su cerdo en la redonda entrada, pregunté—: ¿Aún no te lo has comido?
—¡Santos grillos! Es como mi hijo —exageró con un chillido—. No digas más y entra. Tengo cinco conjuntos que hice para ti. El último te encantará, es tan grueso que si te apuñalan no se rasgará mucho.
La conversación más normal que vamos a tener antes de mi partida.
—Dioses, estabas esperándome como lluvia de otoño… —dije encorvándome para poder pasar a la pequeña morada—. Las calabazas del viejo Efrull quedaron afuera, mujer.
Intenté salir de nuevo, pero me arrastró hacia la habitación donde cocía.
Ven, ella es terca como dice Efrull.
—Nadie las va a tomar. Vamos pajarito tienes que comer y probarte las prendas ya. —Bueno si son calabaza horneadas yo me apunto.
—Como tu digas leticia, ya luego le das besos al gruñón para que no se enoje si llega a verlas en el suelo. — Dije yendo mejor a la cocina, las prendas y los alfileres podían esperar. Mi hambre no.
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