Capítulo 1 de 7
El invierno había llegado. La nieve había cubierto gran parte del reino humano; los humanos mantenían antorchas encendidas, pues la nieve por fin revelaría sus destinos.
Se esperaba que este tiempo o día fuera de bendición, pues se anunciaba por los cuatro reinos —y en el reino de los humanos— que el reino supremo tendría heredero. Se esperaba un feérico masculino, pero era tiempo de solsticio y cualquier profecía podía cambiar.
Los humanos esperaban que, al amanecer del undécimo día del duodécimo mes, el sol diera la bienvenida al primer hijo del rey.
—Leonid... —se había quejado la mujer al sentir corrientes dolorosas en su espalda que recorrían su rígida barriga y bajaban a su entrepierna—. ¡Oh, por el bendito Oratual! Leonid, ¡algo sucede!
Se sentó como pudo en el mullido catre. Los Scrivens eran una joven pareja que se dedicaba a la venta de lana y pieles. Leonid y Sahara Scrivens vivían en lo alto de una colina, donde todos los días aquella colina era besada por el sol y la luna. Esa noche la nieve había hecho de las suyas, pues por mucho que Sahara atizara la débil chimenea, el frío del invierno se colaba por las ventanas y por las tablas de la casa.
—¿Sucede algo? —se había incorporado Leonid, que había escuchado los quejidos seguidos de su esposa.
—Ve por la sanadora. Es el momento; el bebé llegará pronto —dijo las últimas palabras con un leve grito al sentir de nuevo esa punzada.
El hombre, sin abrigo y con solo una camisa de dormir blanca de una sola prenda, se enfrentó a los vientos de la noche.
Fijó su vista hacia la luna, que estaba a punto de besar la colina: era luna llena, con un brillo tan intenso como suave. Los copos de nieve ahora caían con más rapidez y más grandes de lo habitual. Al llegar a la casa de la sanadora, comenzó a llamar a la puerta con una impaciencia tangible.
—¡Por el Dios Supremo, Leonid! —La anciana sanadora cubrió su rostro al ver la vestimenta del hombre que llamaba con rapidez a su puerta—. ¿Cómo te atreves a salir esta noche y así?
—Es Sahara —gritó—. Toma tus cosas y ven a verla; el bebé llegará antes de lo esperado.
Era imposible: a Sahara le faltaban como mucho una semana para el parto, pero no se quedaría a ver si era una falsa alarma, pues era normal tener contracciones falsas —le pasaba a todas las primerizas—. Después de tomar todo lo que necesitaba, y con el impaciente "¡Rápido!" del hombre en camisa de dormir —al que no debía ver más que su esposa—, la sanadora salió de su casa rumbo a la colina.
El frío era más denso; la luna alumbraba todo el pueblo: las casas, los animales y los sembradíos. La vista era más que perfecta desde la colina; aunque apenas iban por la mitad de esta, el pueblo se veía gratificante desde aquel lugar. Ahora entendía por qué Sahara y Leonid vivían allí: la vista era espectacular...
Los gritos de Sahara empezaron a escucharse más cerca y, aligerando el paso con preocupación, avanzaron. A la sanadora se le hacía extraño que la luna no se moviera de la cima de la colina; pasara lo que pasara, no avanzaba. Podría ser que el rey hada ya tuviera a su primogénito, o que el bebé humano por nacer fuera una hembra.
Pero el trabajo de parto en una feérica llegaba a ser más extenso: tenían que superar más de un obstáculo para que el primogénito fuera bendecido por las cuatro cortes, aun estando en el vientre. Si no pasaba esos obstáculos, el primogénito moría, como ya había ocurrido muchas veces. Para la madre humana era menos difícil, pues lo único que debía cuidarse era que el bebé estuviera bien colocado.
Pero la preocupación no era esa.
—¿En qué piensas, mujer? Tu rostro es puro miedo —dijo Leonid, trotando para llegar más rápido a la vivienda.
—La luna está anunciando que será una hembra —dijo casi en un susurro.
—¡Imposible! Dijiste que tenía barriga de varón, no de hembra. Tus pruebas indicaban que sería varón —replicó él, frenando el paso. No es que no quisiera una niña, pero si llegaba a serlo, la amaría igual. Solo que llevaban nueve meses pensando en un varón.
—Dile eso a Xeogin, que no ha apartado la vista de tu casa, incrédulo —respondió ella. La diosa Xeogin era la diosa de los feéricos, quien daba destino a sus hijos.
—Será un varón si llegamos a tiempo —afirmó el hombre, negándose a creerlo.
Al llegar a la casa, la joven esposa estaba metida en una tina grande al lado de la chimenea, mientras sacaba agua que hervía de una olla grande y la vertía en la tina. La piel de la joven futura madre estaba enrojecida y pequeñas nubes de vapor salían de su cuerpo.
—¿Pretendes cocerte viva y de paso a mi hijo? —bramó el esposo, que corrió con la intención de sacarla de allí.
—Ni se te ocurra sacarme de aquí; lo único que siento es paz... —dijo la mujer, relajada y sin sentir contracciones.
—Sahara, déjame acercarme a ti para ver cuánto te has dilatado —pidió la sanadora.
Se arremangó la manga de su vestido, lavó sus manos con agua limpia y se acercó directamente a revisar a la joven, que asentía como si hubiera tomado algún calmante.
Estaba pasando lo mismo.
En el pueblo vecino, hacía tres años, había ocurrido lo mismo: la madre primeriza comenzó a sentir una sensación extraña en lugar de dolor, y era porque el destino estaba trazando su camino. Pero con gran pesar, aquella mujer no logró terminar el parto y el bebé murió al nacer.
—Leonid, ve al río y llena cinco cubetas de agua; déjalas enfriar sobre el hielo del río —ordenó, sabiendo lo que venía. El hombre no tardó en abrir un armario de herramientas, sacar cinco cubetas de metal y, usando un recipiente que conectaba con una pequeña pila de agua, comenzó a llenarlas. Con un palo largo y grueso, cargó cuatro cubetas sobre sus hombros.
La anciana sanadora se acercó a la mujer y soltó un siseo al sentir el agua demasiado caliente para su tolerancia.
—Sahara, debes salir un poco; mi piel no soporta esa temperatura.
Sahara se movió solo un poco y, en una postura completamente incómoda para ambas, la sanadora introdujo dos dedos en la entrepierna de Sahara para medir la dilatación.
—Aún no hay mucha, pero pronto empezarás a dilatar más —dijo, lavándose las manos después. Luego colocó una silla al lado de la chimenea para esperar la siguiente contracción.
Pasada una hora, las campanas de la iglesia sonaron y el pregonero gritó que eran las dos de la madrugada. Le preocupaba que la joven madre no anunciara otro cambio de estación.
—¡Me duele de nuevo! ¡Oh, diosa madre Ross! Siento que voy a morir... —comenzó a quejarse—. ¿Qué es ese olor? ¿Qué diablos hay aquí?
Gritaba mientras salía de la tina; su camisa goteaba y mojaba el suelo. La sanadora la tomó del brazo para evitar que cayera a causa de la ropa empapada. Como si fuera algo dañino, le quitó la prenda y tomó una manta mullida para cubrirla, aunque ella sentía un poco de frío.
La sanadora esparció lavanda por toda la habitación, sacó esencia de flores y la encendió. La colocó por toda la casa mientras escuchaba los gritos de dolor de la mujer. Poco después, como era de esperarse, Sahara recuperó esa actitud tranquila, como si estuviera bajo los efectos de algún calmante.
Con una sonrisa relajada, como si estuviera en un prado de flores, Sahara se preguntaba por qué actuaba así: era como si no soportara el olor de la lana ni el de la tierra húmeda donde habían estado los cerdos esa mañana. Se sentía extraña, pero el aroma de la esencia la mantenía en calma; aquellos olores hacían que las fuertes contracciones se sintieran más leves.
—¿Qué sucede? ¿Por qué hay tanto humo? ¿Ha habido un pequeño incendio? —se preguntó Leonid, que al ver desde el río «ya convertido en hielo» salir humo de su casa, corrió con temor hacia la cima, dejando las cubetas, cuyo agua también comenzaba a convertirse en hielo.
—Te dije que esperamos una hembra. El destino ya se está trazando y tu mujer está pasando por las contracciones de las estaciones —explicó ella—. Es lavanda y esencia de flores lo que la mantienen con vida. Prepárate para ayudarla; no sabemos qué pasará después de cada cambio.
—¿Qué significa eso? —preguntó ahora Sahara, que prestaba atención a la conversación entre la sanadora y su marido—. Tus pruebas indicaban que sería varón.
—Estás dando a luz el mismo día que el hijo del rey hada supremo —respondió ella, un poco cansada de repetirlo—. No puede ser un varón cuando las sanadoras del invierno ya anunciaron un primogénito masculino en su corte.
»—Es el destino trazando sus caminos —añadió la sanadora, quitándole la manta y agitando las manos para refrescarla, ya que sentía mucho calor; era como si estuviera en un día de verano—. Hace demasiado calor en esta habitación, tengo que salir.
Tomó una camisa ligera y fina y salió a la fría noche de invierno.
Se sentó sobre la hierba congelada, sintiendo con agrado las ráfagas de viento helado. Los copos de nieve se deshacían al tocar su piel, mientras que Leonid y la sanadora iban muy abrigados por el frío; la joven madre estaba sentada en el suelo como si fuera una noche cálida cualquiera.
La sanadora iba contando las estaciones mentalmente: al llegar a la casa estaba en invierno, luego había pasado a la primavera por los olores a lavanda y flores, y en ese momento estaba en pleno verano. Volvieron a sonar las campanas y el pregonero gritó con su megáfono que eran las cuatro de la madrugada. Pronto entrará en la etapa final del parto, pensó la sanadora; era cuestión de momentos para que la mujer sintiera el frío del otoño y empezara a temblar.
—¡Oh, Dios mío! —gritó, intentando levantarse como podía del suelo, ya que su vientre le impedía moverse con facilidad.
Leonid logró ayudarla a incorporarse y la llevó en brazos como pudo hacia el interior de la vivienda. Rápidamente corrió la cama y la colocó cerca del calor de la chimenea, cubriéndola con varias mantas para que entrara en calor, ya que la mujer temblaba de frío.
—Esto es horrible... ya no se calma el dolor —se quejaba.
La sanadora revisó la dilatación: ya estaba lista. El amanecer comenzaba a asomarse; pronto serían las cinco de la mañana. La mujer empezaba a gritar con más intensidad, pidiendo algo que le aliviara, pero era imposible: el parto ya había comenzado, aunque algo extraño empezaba a ocurrir.
Sentía que se quemaba viva.
Comenzó a quitarse toda la ropa con desesperación, gritando que tenía fiebre y que ardía por dentro. Sentía que su vientre se hinchaba y le quemaba como fuego interior; gritaba que iba a morir. Leonid y la sanadora comenzaron a ponerle paños mojados con hielo para bajar la temperatura, pero ella gritaba aún más por el ardor y el dolor.
—¡El bebé no quiere cruzar! —gritó la sanadora—. Parece que hay una barrera que impide su salida. ¡Pueden morir ambos! Llévala hasta la tina.
Leonid sostuvo a su mujer, que gemía casi inconsciente por el dolor, mientras intentaba pujar con todas sus fuerzas. Ya dentro del agua, que calmaba el ardor interno, parecía mejorar.
—¡Mujer, estás calentando el agua con tu propio cuerpo! —bramó Leonid, desesperado.
Su esposa estaba débil y el bebé no quería salir. Sin pensar en nada más, corrió colina abajo hacia el río helado, vació las cubetas y comenzó a romper la capa de hielo que cubría el agua. Cuando obtuvo trozos grandes y sólidos, los colocó dentro de los recipientes y volvió a subir cargándolos. Al llegar a la casa, arrojó los trozos de hielo a la tina, lo que alivió de inmediato el ardor de Sahara, que empezó a pujar con más fuerza. La sanadora, entumecida por el frío del agua, le indicaba cuándo hacerlo, apartando pequeños restos de hielo y hierbas que habían quedado al romper la capa helada del río.
Aquello no era un cambio de estación normal; no entendía qué pasaba, pues nunca había visto algo así. Hacía tres años el proceso había sido más breve. Cuando la temperatura de la mujer se estabilizó, Sahara pujó hasta sentir que su hijo salía de su cuerpo. La sanadora lo recibió y lo envolvió en una manta fina: era una niña hermosa.
Leonid, que en ese momento entraba cargando más hielo, vio que la sanadora tenía al bebé en brazos. Soltó las cubetas al suelo y corrió hacia ellas. En ese instante, las campanas comenzaron a sonar anunciando el amanecer.
—Es una niña. El destino ya ha sido trazado. Oculta a vuestra hija por un tiempo, no sea que el mal os persiga. ¡Enhorabuena, felicidades!
Se la entregó a Leonid, que con lágrimas en los ojos besó la frente pequeña y frágil de su hija, su luz. No le importaba nada más que su familia y la protegería con su vida. Entraron a la casa; la sanadora hizo lo que correspondía con la bebé: cortó el cordón umbilical y atendió a Sahara, que estaba exhausta en la cama. Leonid la había sacado de la tina, llena ya de líquidos del parto. La sanadora le dio unos puntos, ya que el peso de la niña había causado una pequeña lesión.
—Mi trabajo ha terminado. El nacimiento de vuestra hija permanecerá en secreto, no os preocupéis —dijo la sanadora, leal a su deber. Al mismo tiempo, en la gran corte oscura de invierno, se anunciaba el nacimiento del príncipe heredero feérico. —Partiré hacia el reino de invierno en tres días para cumplir con mi deber y volveré luego.
Salió de la casa dejando atrás la alegría de los nuevos padres. Por suerte, nadie en el pueblo preguntó por ellos, y mantuvieron el nacimiento de su primogénita en secreto hasta que cumplió sus primeros años.
Nunca se reveló que la hija de los Scrivens había nacido el undécimo día del duodécimo mes, porque su existencia fue borrada al mismo tiempo que desapareció su pueblo.
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