Capítulo 71 de 74
Tras salir de la casa de su ex mejor amiga, Melody sentía esa tranquilidad que no sabía que podía experimentar. Tras resolver el problema de su maldición, el poder ver a su madre otra vez y dejar las cosas claras con Luisa, y ahora el saber que su eternidad la tiene Alexander; camina hacia ahora que es su nuevo destino, "el inframundo".
La luz del sol de la tarde se filtraba con una calidez dorada a través de la ventana de la cocina. El aroma a café recién hecho llenaba el espacio, un contraste reconfortante y mundano que Melody saboreaba con una lentitud casi devota.
Frente a ella, su madre sonreía mientras servía dos tazas de porcelana. Ya no había lágrimas de desesperación, ni fotos de búsqueda sobre la mesa, ni esa mirada de angustia que la había envejecido antes de tiempo. Había paz, una paz cotidiana, real.
-¿Te quedarás a cenar hoy?-pregunta su hermano del otro lado de la cocina, con su taza en sus manos.
Melody sonrió y con sus ojos con heterocromía responde, -por supuesto-con una voz tan firme.
La conversación fluyo sin prisa, llena de esos pequeños detalles ordinarios que Melody pensó que perdería para siempre. Hablaron del clima, de los vecinos, de la vida misma. Pero cuando el sol comenzó a ocultarse tras el horizonte, tiñendo el cielo de tonos purpuras y anaranjados, Melody supo que era hora. Se despidió de su madre y su hermano, diciendo "nos vemos pronto".
Caminó por las calles de la ciudad mientras las farolas comenzaban a encenderse. Para el mundo, ella era solo una joven más que caminaba bajo la brisa fresca del crepúsculo. Nadie notaba el sutil magnetismo que hacía que las sombras del pavimento parecieran estirarse hacia sus pies como saludándola.
Se adentro en el callejón donde la penumbra era más densa. Allí, donde la luz de los faroles ya no llegaba, Melody se detuvo, inspiró hondo, dejando que el aire cálido de la superficie saliera de sus pulmones, y dio un paso firme hacia adelante.
La transición fue un suspiro de sombras.
La brisa de la ciudad se transformó al instante de un torrente de aire gélico y solemne. El olor a asfalto y lluvia fue remplazado por el aroma a fuego y azufre. Al abrir los ojos, Melody ya no estaba bajo el cielo mortal, estaba de pie sobre las baldosas de obsidiana del palacio del inframundo.
A pocos pasos de ella, recostado contra una de las colosales columnas de roca negra, Alexander la esperaba. Al verla llegar, la tensión que siempre habitaba en sus facciones se disolvió en una sonrisa suave y cargada de una devoción infinita. Sus ojos bicolores brillaron con ese contraste magnético que a ella aun le aceleraba el corazón.
-Llegas a tiempo-dijo Alexander, su voz baja y profunda resonando en la inmensidad del salón.
-Nunca te dejaría esperando demasiado-respondió Melody, acercándose a él.
Alexander extendió la mano y ella la tomó, entrelazando sus dedos. El frio de su piel ya no la asustaba; ahora era parte de ella. Juntos caminaron hacia el gran balcón del palacio, el punto más alto que dominaba todo el abismo.
Desde allí, el reino de las sombras se extendía infinito. Los fuegos azules ardían en las profundidades, los demonios patrullaban los riscos en absoluto orden, y el río de las almas fluía con un murmullo magistral y pacífico. El reino entero parecía respirar en sintonía con ellos.
Alexander la rodeó con sus brazos por la espalda, apoyando la barbilla en su hombro mientras contemplaban la inmensidad de su imperio.
-¿Extrañas el sol?-susurro él cerca de su oído.
Melody giró levemente la cabeza para mirarlo. En la penumbra del inframundo, su heterocromía se reveló en todo su esplendor: el ojo ámbar, que guardaba el recuerdo de su humanidad y el amor por los suyos en la superficie; y el ojo matiz grisáceo, profundo como el abismo mismo, que reclamaba su soberanía eterna sobre la muerte.
-Tengo el sol cuando lo quiero, con una sonrisa serena y llena de poder-. Pero mi eternidad está aquí, contigo.
Se inclino para besarlo, uniendo sus mundos en un pacto que ya ningún demonio, mortal o destino prescrito podría romper jamás. Habían desafiado las reglas, habían reescrito el tablero. Y ahora, el inframundo y la tierra se arrodillaban ante la libertad de su reina.
FIN.
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