Capítulo 69 de 74
Las paredes de la vieja iglesia de piedra devoraban el sonido. El lugar estaba sumido en una penumbra pesada, rota únicamente por los pocos rayos de sol que lograban filtrarse a través de los vitrales rotos. En el altar descuidado, allí donde meses atrás y años antes se habían sellado promesas oscuras y pactos con el demonio que maldijeron su linaje, la madre de Melody estaba de rodillas.
Habían pasado meses desde que se llevaron a su hija. Meses de una búsqueda implacable que la policía ya había abandonado, meses de mirar fotos y de sentir que la casa se volvía un mausoleo. Desesperada, rota por la culpa de los secretos del pasado, había regresado al único lugar donde todo comenzó, buscando un milagro o, al menos, un castigo que aliviara su alma. Tenía una taza de té entre sus manos temblorosas, ya fría, que había llevado consigo mecánicamente, como aferrándose a un fragmento de su rutina diaria para no volverse loca.
Lloraba en silencio, con la frente apoyada en la madera fría del banco.
-Por favor...-susurro al vacío-. Devuélvanmela. Quíntenme la vida a mí, pero a ella no.
Un viento repentino sopló en el interior del templo, haciendo oscilar las pocas cadenas del altar. Pero no era el viento helado que traía el terror de los demonios; era un aire espeso, solemne, que olía a fuego frio y a eternidad.
-Tu petición ya fue escuchada mamá.
La madre se congeló. Esa voz. No era una alucinación. Se puso en pie de un salto, dejando caer la taza, que se hizo añicos contra el suelo de piedra. En medio del pasillo central, donde las sombras parecían abrirle paso de manera reverente, estaba Melody.
La madre ahogo un grito, cubriéndose la boca con las manos. Al principio el miedo y la incredulidad la paralizaron. La Melody que recordaba era una chica asustada, vulnerable. La mujer que tenía enfrente irradiaba una belleza majestuosa, una firmeza y una madurez que no correspondía a los meses que habían estado separadas. Su presencia llenaba la iglesia abandonada, anulando por completo la energía oscura que solía habitar en esas ruinas.
- ¿Melody...? ¿Eres tú? ¿Es un sueño? -la voz de la madre flaqueó, dando un paso vacilante hacia delante.
-Soy yo, mamá, sonrió y en esa sonrisa, toda la distancia desapareció para mostrar a la hija de siempre.
La madre no esperó más. Corrió hacia ella y la envolvió en un abrazo desesperado, asfixiante, llorando sobre su hombro con la fuerza de quien recupera la vida misma. Al tocarla, notó que la piel de Melody estaba un poco más fría de lo normal, y que un latido sutil pero inmenso vibraba en su pecho, pero era real. Estaba viva.
-Pensé que te había perdido...pensé que ese maldito pacto te había arrastrado para siempre al abismo-sollozó la madre, acariciándole el rostro, examinándola con desesperación-. ¿Como escapaste? Tenemos que huir, esconderte...
Melody le tomó las manos con suavidad, deteniendo su pánico. La miró a los ojos con una calma absoluta.
-Nadie me está persiguiendo, mamá. El peligro terminó. Ya nadie puede usarme como moneda de cambio, ni a ti ni a mí. Las deudas de ese pacto quedaron saldadas hoy.
La madre la miró, confundida, notando los ojos de su hija, que ahora eran de dos colores. -Pero... ¿cómo? No puedes quedarte aquí, los demonios...
-Yo controlo a las sombras ahora-la interrumpió Melody con un tono dulce pero firme-. He tocado el inframundo, mamá. He reclamado un lugar allí, pero mi corazón sigue atado a este mundo. A ti.
Melody miró hacia los vitrales, donde la luz del día parecía brillar con más fuerza.
-No vengo a despedirme. Vengo a decirte que estoy a salvo. El giro de mi destino me permite caminar entre la vida y la muerte. Estaré en el inframundo cuando mi deber lo exija, pero volveré aquí, a casa, contigo y mi hermano. Podremos cenar juntos, hablar...nunca más volverás a pasar un día con la incertidumbre de sí sigo viva.
La madre, aun procesando el milagro y la increíble transformación de su hija, volvió a abrazarla, esta vez sintiendo una paz que no había tenido en años. En el mismo lugar donde su familia una vez se encadenó a la oscuridad, Melody acababa de romper los eslabones, convirtiéndose en el puente entre dos mundos.
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