Capítulo 68 de 74
El pacto estaba sellado, con la promesa de Melody grabada en el aire denso del salón, Dorian sintió que un peso milenario se desprendía de sus hombros. No hubo más palabras. Se puso de pie, dedico una última mirada cargada de un respeto reacio pero genuino a la pareja, y se desvaneció en una neblina oscura, directo hacia las profundidades del reino de las almas.
Dorian descendió hasta los valles de la ceniza, el lugar donde los espíritus esperaban el olvido. Allí, suspendida en un letargo gris, se encontraba la "esencia" de Elián. El motor de todas sus ambiciones y el único lazo que lo mantenía en la inmensidad de la muerte.
Se arrodilló sobre la tierra fría, extendiendo sus manos temblorosas. Con el permiso implícito de la corona del inframundo, la magia de Dorian ya no era un acto de rebelión; era un derecho concedido.
-Elián...-susurro Dorian, y su voz, por primera vez, se quebró por la emoción-. Vuelve, ya no hay peligro, tenemos un hogar.
Las sombras comenzaron a arremolinarse alrededor del alma suspendida. Hilos de oscuridad empezaron a tejer de nuevo la silueta de Elián, insuflando el aliento de la inmortalidad del inframundo en su ser. La palidez espectral dio paso a una energía vibrante.
Elián abrió los ojos de golpe, tomando una bocanada de aire denso del abismo. Estaba confundido, desorientado, pero lo primero que vio fue el rostro de su hermano. Dorian no pudo contenerse más; rompiendo toda su fachada de estratega frio, se inclinó y envolvió a su hermano en un abrazo desesperado, apretándolo como si temiera que se desvaneciera otra vez.
- ¿Dorian...? -pregunto Elián, con la voz débil, correspondiendo el abrazo con torpeza-. ¿Qué paso? ¿Alexander nos destruyó? ¿Qué fue de la mortal?
Dorian se separó lentamente, limpiándose un rastro de humedad en los ojos, y por primera vez en siglos, una sonrisa limpia y sincera apareció en su rostro.
-No, Elián, estamos a salvo, ayudándolo a ponerse en pie-. La mortal...Melody...ya no es una mortal. Es algo mucho más grande. Y nos ha dado lo que siempre buscamos. Respeto. Un territorio propio, un lugar donde nadie volverá a cazarnos. El juego terminó, hermano. Hemos ganado la paz.
Elián miró a su hermano, procesando la magnitud de los que eso significaba. Miró hacia el horizonte del inframundo, donde el palacio de obsidiana se erguía imponente, sabiendo que, a partir de hoy sus vidas cambiarían para siempre bajo el nuevo orden.
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