Capítulo 63 de 74
El primer error de Melody fue intentar respirar de la misma forma en que lo hacía cuando su corazón aun dependía del tiempo. El aire del inframundo, antes pesado y gélido, ahora entraba en sus pulmones con una ligereza antinatural. No había dolor en el pecho, ni la opresión del miedo. El silencio que la rodeaba ya no se sentía como un vacío hostil, sino como una reverencia.
Alzó la vista, y descubrió que el mundo ya no se dividía en luces y sombras.
Ahora veía los hilos. Líneas invisibles para los mortales cruzaban la estancia del telar, vibrando con una energía sorda, pero el lazo más brillante de todos nacía directamente de su pecho y se enraizaba en el hombre que la sostenía, Alexander. Atreves de ese lazo físico, Melody no solo sintió el calor de su brazo apoyando el suyo, sino el eco de sus pensamientos: el alivio, el pánico residual y una devoción tan profunda que la hizo estremecerse.
Ya no necesitaba mirarlo a los ojos para saber que habitaba en su alma; el vínculo vibraba entre ambos como una cuerda de arpa perfectamente tensada.
- ¿Melody? -La voz de Alexander sonó extraña, despojada de la distancia habitual, como si resonara directamente dentro de su propia cabeza-. Háblame, por favor.
Ella parpadeo despacio, adaptándose a la nueva y abrumadora nitidez de su entorno. El rostro de Alexander, marcado de tensión y cansancio, se revelaba ante ella. Cada facción, cada sombra bajo sus ojos, parecía grabada con fuego en su nueva memoria inmortal.
-Estoy aquí- respondió ella. Su propia voz la sobresalto: ya no tenía el temblor que delataba la fragilidad humana; poseía un eco melódico, firme y lejano, como el murmullo del agua sobre las piedras del Leteo.
A unos pasos de ellos, las Moiras observaron en un silencio sepulcral. El Gran Telar del destino había dejado de girar. Las tres ancianas compartieron una mirada indescifrable, una mezcla de resignación y sombría expectación. Sabían que el nudo que acababan de atar en el tapiz del universo traería consecuencias.
Melody enderezó la espalda, soltándose lentamente del agarre de Alexander. El suelo de piedra del santuario, antes frio como el hielo, ahora se sentía extrañamente familiar, como si el propio inframundo la reconociera como suya y le diera la bienvenida. Una chispa de poder, antes ajena, comenzó a correr por sus venas, estabilizando su pulso inexistente.
Miró hacia la salida de la estancia, donde la oscuridad del reino de Hades se extendía como un océano de incertidumbre. La trasformación estaba completa. El precio se había pagado. Pero el verdadero desafío apenas comenzaba, y la tormenta que se avecinaba en el horizonte del inframundo ya no la encontraría como una víctima, sino como parte de ella.
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