Capítulo 62 de 74
El hilo plateado que se había desprendido de la rueca de Cloto flotó en el aire suspendido, brillando con una intensidad que eclipsó por un instante el resto del Gran Telar. Las tres Moiras observaron el filamento con una solemnidad absoluta. Ya no había burla ni frialdad en sus rostros cambiantes, solo la aceptación de una fuerza que incluso ellas debían registrar.
-La arcilla ha hablado con la firmeza de la piedra, y el fuego ha reclamado su derecho-declaró Láquesis, extendiendo sus manos pálidas. Con un movimiento ceremonial, tomó el frágil y menguante hilo dorado de la vida mortal de Melody y lo acercó al denso y oscuro hilo de Alexander, aquel que exhalaba volutas de humo frío-. Si este es vuestro deseo, que el nudo se sella. Pero recordad: lo que el Telar une en las profundidades del Hades, ni el Olimpo ni la muerte podrán separarlo.
Átropo, en lugar de usar tijeras para cortar, utilizó la punta roma de las mismas para guiar los dos filamentos. El hilo de la luz plateada que flotaba entre ambos comenzó a girar sobre sí mismo, enroscándose alrededor del oro y de la sombra, actuando como un puente.
-Alexander-susurró Melody.
El príncipe la miró, y antes de que pudiera responder, un espasmo recorrió el cuerpo de ella. El telar emitió un zumbido ensordecedor y la conexión se activó. Alexander reaccionó de inmediato, sujetando a Melody por la cintura mientras ella colapsaba hacia adelante. En el punto exacto donde sus manos seguían entrelazadas, una chispa de fuego azul cobro vida, pero esta vez no se quedó en la piel del príncipe. El fuego comenzó a trepar por las venas de Melody, visible a través de su piel como líneas de luz fría y brillante.
La transformación había comenzado. Para que la inmortalidad del inframundo la aceptara, la fragilidad de su naturaleza mortal debía ser purgada. Melody ahogó un grito; no era un dolor de quemadura física, sino la sensación de que el invierno mismo se estaba instalando en el centro de su alma, congelando el fluir del tiempo en su sangre. Su respiración comenzó a liberar pequeños hilos de vapor, y los latidos de su corazón, antes acelerados por el miedo, empezaron a ralentizarse, espaciándose más y más, adaptándose al ritmo eterno y pausado de los inmortales.
Alexander la sostenía con fuerza, transmitiéndole su propio poder para anclarla, con los ojos fijos en los de ella. Fue entonces cuando ocurrió el cambio más profundo. EL ámbar original de los ojos de Melody tembló; uno de ellos se aclaró violentamente, adoptando un matiz grisáceo y helado, mientras que el otro conservó un brillo dorado. Una heterocromía que sellaba su dualidad.
Poco a poco, el dolor dio paso a una calma absoluta, una paz sepulcral y poderosa. El frio ya no la lastimaba; ahora formaba parte de ella. Cuando volvió a respirar, el aire del inframundo ya no se sintió pesado en sus pulmones, sino natural, como si siempre hubiera pertenecido a ese reino de sombras.
Láquesis soltó los hilos. En el Gran Telar, el hilo de Melody ya no avanzaba hacia un final abrupto; ahora corría paralelo al de Alexander, enredado fuertemente en un nudo eterno de luz plateada y fuego azul.
-Está hecho-dijo Cloto, reanudando el rítmico traqueteo de la rueca-. Ya no eres una invitada en los dominios de la muerte, Melody. Eres parte de su estructura.
Melody se incorporó lentamente, apoyándose en el brazo de Alexander. Miro sus propias manos, que ahora lucían una palidez regia y misteriosa, luego miró al príncipe. El vínculo entre ambos ahora se sentía como un lazo físico, una vibración constante que conectaba sus almas. Ya no era la mortal desahuciada; era una criatura del inframundo, lista para reclamar su lugar en la tormenta que se avecinaba.
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