Capítulo 61 de 74
El toque de Melody sobre el hombro de Alexander fue como un bálsamo sobre una hoguera. El fuego azul helado que envolvía los brazos del príncipe se apaciguó, retrocediendo a regañadientes ante la calidez de la mortal. Alexander la miró de reojo, sorprendido por su audacia, pero ella no vacilo. Dio un paso firme hacia adelante, saliendo por completo de la sombra protectora del dios para plantarse frente al titánico Telar.
Las Moiras clavaron sus ojos cambiantes en ella. Cloto detuvo por un segundo la rueca, y el repentino cambio de ritmo en el latido del universo hizo que a Melody se le diera un vuelvo el corazón.
-La criatura efímera da un paso al frente-siseó Átropo, entornando los ojos mientras sostenía las tijeras a solo unos centímetros del hilo dorado que representaba la vida de Melody-. Tu protector está dispuesto a desafiar los cielos por ti, mortal. Pero las leyes del telar no se doblegan ante el romanticismo de los jóvenes. Dinos, ¿por qué deberíamos escuchar a una existencia que para nosotras dura apenas un parpadeo?
Melody respiró hondo. El peso de la atmosfera era aplastante, y sentía la tentación de arrodillarse ante la divinidad de las tres ancianas, pero apretó los puños y mantuvo la cabeza alta.
-Es verdad que mi vida es un parpadeo para ustedes, con una voz que empezó con un hilo de temblor pero que cobró una fuerza inquebrantable a cada palabra-. Soy de arcilla, soy efímera y sé que mi tiempo está contado. Pero precisamente porque mi vida es corta, cada uno de mis segundos tiene un valor que un inmortal jamás podría comprender. Para mí, el tiempo no es un recurso infinito; es una elección.
Láquesis alzó una ceja, evaluando la longitud del hilo de la joven con sus dedos pálidos. - ¿Y qué pretendes elegir, Melody? ¿Huir de tu final a costa de alterar el orden cósmico?
-No estoy huyendo-replico ella, mirando fijamente a las tres-. Si hubiera querido huir, me habría quedado en el mundo de los vivos a esperar mi hora. Vine al inframundo por mi propia voluntad. Alexander habla de quemar el telar y desafiar el universo para protegerme, pero yo no busco ser solo una carga o un cabo suelto que él deba salvar. Mi propósito no es que me regalen la inmortalidad; mi propósito es elegir dónde y con quién entrelazo el tiempo que me queda.
Las tres Moiras permanecieron inmóviles, escuchando con una atención casi reverente. Ningún mortal solía hablarles con tanta madurez sobre la aceptación y la elección del destino.
-Si unen mi hilo al de Alexander-continuó Melody, señalando el resplandor plateado que flotaba entre ambos-, no lo hagan por lástima ni por miedo a su fuego. Háganlo porque una mortal ha decidido, conscientemente, entregar su propia existencia al inframundo. Prefiero que mi hilo se vuelva oscuro y eterno al lado de sus sombras, a vivir cien años en la superficie sabiendo que mi alma pertenece a este lugar. Mi vida es mía, y elijo que se teja junto a la de él.
Átropo bajó lentamente las tijeras, permitiendo que el metal descansara sobre su regazo. Un murmullo colectivo, como el viento rozando las hojas de un bosque, escapó de los labios de las tres hilanderas. El Gran Telar emitió un zumbido profundo, y por primera vez desde que habían entrado, un hilo de luz plateada comenzó a desprenderse de la rueca de Cloto, flotando suavemente en dirección a las manos de Alexander y Melody.
El destino estaba respondiendo.
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