Capítulo 60 de 74
Alexander dio un paso al frente. El suelo de piedra negra pareció crujir bajo sus botas, y por un instante, las sombras que bailaban en las paredes de la bóveda cósmica se estiraron, respondiendo a su agitación interna. El fuego azul que normalmente destellaba en sus ojos se encendió con una intensidad abrasadora, tiñendo el aire plateado de telar con un matiz frío y regio.
las Moiras lo observaron sin pestañar. No había temor en sus rostros cambiantes, solo una curiosidad milenaria, la misma con la que miran a los reyes caer y a las estrellas apagarse.
-No vengo aquí como un mortal ignorante que suplica por unos días más de sol-comenzó Alexander, y su voz no tembló; resonó con la autoridad de un príncipe del inframundo, un eco directo del mismísimo Hades-. Conozco las leyes del equilibrio. Sé que cada vida que nace debe extinguirse, y que el diseño original no se altere por capricho. Pero el destino no es una línea recta e inamovible; es un lienzo que ustedes mismas tejen y destejen según las fuerzas que chocan en el cosmos.
Láquesis inclinó la cabeza, deslizando un hilo carmesí entre sus dedos pálidos. -El hijo del dios de los muertos habla de cambiar el tejido. ¿Acaso crees que tu linaje te otorga el derecho de enmendar nuestras manos, Alexander?
-No mis manos, sino mi naturaleza-replico él, dando un paso más, colocándose como un escudo viviente ante Melody-. El inframundo es el final de todas las cosas, pero también es el lugar donde el tiempo se detiene. Mi fuego no solo destruye; congela el fluir de la decadencia. Si el hilo de Melody está destinado a cortarse en el mundo de los vivos, yo reclamo su existencia para este reino. Entrelacen su hilo con el mío. Hagan que su destino comparta la inmortalidad de mis sombras.
Átropo acaricio el borde afilado de sus tijeras de bronce, emitiendo un sonido metálico que erizo la piel de Melody.
-Unir una vida mortal a la eternidad del inframundo es un precio que desgarra el tejido mismo, joven príncipe. Para salvar un hilo, a menudo hay que cortar otros. ¿Estás dispuesto a pagar el tributo de sangre y caos que tu petición exige? ¿Estás dispuesto a que tu propio fuego consuma tu cordura si el telar rechaza la unión?
Alexander no dudó. El fuego azul se extendió por sus brazos, manifestando su poder en un despliegue de soberbia y devoción divina. -Si el telar lo rechaza, que así sea. Pero prefiero ver el universo desmoronarse bajo mis cenizas antes que permitir que corten su hilo. Mi voluntad es mi ley, e incluso las hilanderas del destino deben reconocer la fuerza de un dios que está dispuesto a quemarlo todo.
Un silencio sepulcral cayó sobre la estancia. El Gran Telar vibró con fuerza, como si la declaración de Alexander hubiera alterado el ritmo de sus engranajes milenarios. Las tres intercambiaron una mirada significativa, pero antes de que pudieran declarar su veredicto sobre el arrebato del príncipe, una mano suave pero firme se posó en el hombro de Alexander, disipando parte del frío helado de su poder.
Melody dio un paso al frente, saliendo de su sombra. Era hora de que la mortal hablara por sí misma.
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