Capítulo 59 de 74
Al cruzar el umbral de luz plateada, el resplandor ciego se disipó para revelar una visión que desafiaba cualquier lógica mortal. No se encontraban en una cueva ordinaria, sino en una vasta bóveda de proporciones colosales donde las paredes parecían estar hechas de pura noche estrellada.
En el centro de aquel vacío suspendido, flotaba el Gran Telar: una estructura titánica de madera negra y raíces milenarias que vibraba con cada pulsación del universo. Millones de hilos incandescentes-dorados, plateados, de un rojo carmesí y otros completamente oscuros-se entrelazaban en un movimiento perpetuo y rítmico, produciendo un sonido similar al latido de un corazón antiguo.
Allí, inmersas en su labor eterna, se encontraban las tres Moiras. Su presencia llenaba el espacio con una presión tan abrumadora que Melody sintió que el aire se volvía pesado en sus pulmones. No tenían la aparecía de simples ancianas decrépitas; sus figuras cambiaban sutilmente ante los ojos, oscilando entre la juventud radiante, la madurez severa y la vejez más profunda y sabia.
Cloto, la hilandera, sostenía la rueca de la que nacían las almas, sus dedos moviéndose con una gracia hipnótica mientras extraía un hilo brillante y dorado del vacío. Láquesis, la que media la longitud de la existencia, deslizaba sus manos sobre las líneas del destino con una frialdad matemática. Y al final, sosteniendo las terribles tijeras de bronce, Átropo observaba el tejido listo para cortar el flujo de la vida con una indiferencia absoluta.
Cuando Alexander y Melody dieron un paso hacia el frente, el rítmico traqueteo del telar no se detuvo, pero las tres alzaron la mirada al mismo tiempo. Sus ojos, pozos sin fondo de sabiduría cósmica, se fijaron en la pareja.
-El hijo de Hades, el príncipe que comanda el fuego azul helado, y la mortal cuyo tiempo se desvanece-habló Cloto, su voz resonando como el eco de múltiples campanas lejanas.
-Habéis osado entrar al lugar donde el principio y el fin se configuran-continuó Láquesis, midiendo con la mirada el espacio invisible que separaba a Alexander de Melody-. Buscáis desafiar el diseño original, entrelazar lo que ya ha sido decretado que debe separarse.
Átropo alzó levemente las tijeras, y el sonido del metal rozándose hizo que el pulso de Melody se acelerara. -Un hijo del inframundo y una criatura de arcilla efímera. Decidnos, viajeros del destino, ¿qué os hace pensar que vuestra voluntad es más fuerte que el hilo que sostiene el orden de los mundos?
Alexander dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre las Moiras y Melody. Sus ojos brillaron con esa intensidad de fuego azul característico de su linaje mientras se preparaba para responder a las tres dueñas del tiempo.
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