Capítulo 55 de 74
Megara impulsó la balsa con furia ciega a través del río, desafiando la corriente hasta encallar en la orilla prohibida. Con la ayuda de Melody, que se negaba a soltar la mano de Alexander, lograron arrastrar el cuerpo inerte de Alex hacia la madera carcomida y cruzar de vuelta antes de que los Heraldos pudieran detectar el parpadeo de magia.
Cuando depositaron a Alexander sobre la arena del territorio neutral, la situación era desesperada. La escarcha violeta ya había trepado por todo su cuello, llegando a la mandíbula, y sus labios estaban completamente azulados. Su respiración era tan tenue que apenas lograba mover su pecho.
Caspian los esperaba de pie, con los brazos cruzados dentro de sus túnicas grises. Su mirada de obsidiana se clavó en Alexander y luego en Melody, que temblaba de frio y de miedo, aferrada al amuleto dorado.
-Ha cruzado la frontera, pero ya no pertenece al mundo de los vivos, ni tampoco al de los muertos-sentenció Caspian, con su voz de bronce-. Está atrapado en el limbo de la escarcha. Su alma se está borrando. Llévenlo al santuario para que muera en paz.
-¡No!-Melody se interpuso entre el emisario y Alexander, con los ojos llenos de lágrimas y con enojo-. Usted vio lo que hizo. Se enfrentó a esos monstruoso solo para protegernos. Cruzó ese maldito bosque sin fuerzas solo para volver conmigo. ¡Usted es el guardián de este lugar, tiene que hacer algo!
Caspian guardó silencio. Por un momento, el viento pareció detenerse. El emisario observó las manos de Melody, que aún emanaba un tenue brillo dorado por la conexión con el colgante. En el inframundo, donde el egoísmo y el poder lo dictaban todo, un acto de sacrificio tan puro y desinteresado por ambas partes era algo casi mitológico. El Tratado prohibía tomar partido, pero no prohibía la piedad.
Un suspiro imperceptible escapó de los labios pálidos de Caspian.
-La ley es estricta, pero el Tratado de las Cenizas honra a los espíritus inquebrantables-dijo el emisario, dando un paso al frente-. Apártate, humana. Si interfieres ahora, el frio te consumirá a ti también. Caspian levantó su bastón de madera blanca y clavó la punta de ónice con fuerza en la arena, justo al lado de la cabeza de Alexander.
-Ignis Animae, exsurge-susurró el emisario.
De la base del bastón no broto fuego común, sino una llamarada de color azul pálido, densa como el humo, que comenzó a envolver el cuerpo de Alexander.
Melody contuvo el aliento, temiendo que lo quemara, pero Megara le puso una mano en el hombro para tranquilizarla. No era fuego destructor; ese calor espiritual.
Caspian extendió su mano libre sobre el pecho de Alexander. Las venas del emisario comenzaron a brillar con una luz oscura mientras absorbía, a través de su propio cuerpo, el veneno de los Heraldos. El rostro del guardián se contrajo en una mueca de dolo; una fina capa de escarcha apareció por un segundo en sus propias manos antes de disiparse en el aire.
La escarcha violeta en el cuerpo de Alexander comenzó a retroceder, derritiéndose en un vapor denso y negro que olía a azufre y olvido. El color natural regresó lentamente a sus mejillas y, con un espasmo violento, Alexander abrió los ojos de golpe, inhalando una gran bocanada de aire limpio, como un ahogado que sale a la superficie.
Caspian retiró su bastón, luciendo visiblemente más cansado, aunque mantuvo su postura imperturbable.
-El veneno ha sido extraído-declaró Caspian, acomodándose las túnicas-. Pero sus costillas y sus músculos heridos necesitaran tiempo para sanar a la manera mortal. Llévenlo adentro. Los Heraldos no vendrán por hoy.
Melody se desplomó al lado de Alexander, rompiendo a llorar de puro alivio.
Alexander, aún aturdido y con la vista borrosa, estiró la mano débilmente hasta encontrar la de ella.
-Te dije...que volvería-susurró con una sonrisa cansada.
Melody sonrió entre lágrimas, apretando su mano contra su mejilla. Estaban vivos, estaban juntos.
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