Capítulo 54 de 74
El santuario del bosque de los árboles plateados era un lugar de paz artificial, pero para Melody se sentía como una jaula de oro. Caspian las había guiado hasta una estructura de piedra blanca donde el fuego de una chimenea crepitaba sin emitir humo. Megara descansaba en un rincón, recuperando sus fuerzas, mientras el emisario vigilaba la entrada, imperturbable como una gárgola. Melody se sentó cerca del fuego, intentando calentarse las manos, pero el frio no estaba en su piel; estaba en su pecho. De repente, una punzada aguda y helada le atravesó el corazón. No fue un dolor físico, sino una sensación de vacío repentina, como si un hilo invisible que la ataba al mundo se hubiera tensado hasta estar a punto de romperse.
Él está muriendo, pensó. No necesitaba que nadie se lo dijera; lo sabía con la certeza absoluta de quien comparte el alma con otra persona.
-Melody, siéntate-ordenó la voz pausada de Caspian desde la entrada-. La noche es peligrosa y tu agitación perturba el equilibrio del santuario.
Melody no escuchó absolutamente nada.
-Está en el río-susurró ella.
-Te he dicho que...-comenzó Caspian, pero no pudo terminar.
Antes de que el emisario o Megara pudieran reaccionar, Melody echó a correr.
Salió de la estructura de piedra como una exhalación, internándose de nuevo en el bosque de hojas plateadas. Detrás de ella se escuchó el golpe seco del bastón de Caspian en el suelo y el grito de advertencia de Megara, pero Melody no miró atrás. Sus zapatos golpeaban las raíces, las ramas le rasgaban la ropa, pero la punzada de su pecho se hacía más intensa, guiándola como una brújula en mitad de la noche.
Llegó a la orilla del río Aqueronte sin aliento. La niebla flotaba densa sobre el agua negra, pero su mirada se clavó de inmediato en la orilla opuesta, en el territorio enemigo.
A través de la bruma, lo vio.
Una silueta yacía colapsada sobre la arena gris del otro lado. Era Alexander. No se movía. Su brazo derecho estaba extendido hacia el agua, y en su mano, un destello plateado apenas brillaba: el colgante. Una capa de escarcha blanca y brillante cubría ya gran parte de su cuerpo. devorando su calor.
-¡Alexander!-gritó Melody. Su voz rompió el silencio del río, cargada de una angustia desgarradora.
No hubo respuesta.
Sin pensarlo dos veces, Melody avanzo hacia el agua helada. Sabía que cruzar al otro lado significaba renunciar a la protección del Tratado, significaba ponerse a merced de los Heraldos si regresaban, pero no le importó. Si Alexander moría allí, el santuario no valía nada.
- ¡Melody, detente! ¡Si cruzas la frontera, perderás el asilo! -la voz de Megara resonó a sus espaldas, saliendo de entre los árboles junto a Caspian. Melody ya tenía el agua helada por las rodillas.
- ¡No me importa! -bramó, con las lágrimas corriendo por sus mejillas-. ¡No lo voy a dejar solo!
Paso a paso, luchando contra la corriente mansa pero densa del río Melody cruzó la línea divisoria. Llegó a la otra orilla tropezando y cayó de rodillas al lado de Alexander. Al tocarlo, se le encogió el corazón: su piel se sentía como el mármol congelado y sus pestañas estaban cubiertas de nieve. La Escarcha del Olvido casi había terminado su trabajo; sus ojos estaban entreabiertos, pero opacos, perdidos en la oscuridad.
-Alexander, mírame, por favor, mírame-rogó Melody, tomando su rostro entre sus manos.
El contraste de su calor humano pareció hacer reaccionar el amuleto, que emitió un destello dorado más brillante. Alexander dejó escapar un suspiro débil, un hilo de aire blanco, y por un instante, el brillo de sus ojos se enfocó en ella. Sus labios rígidos intentaron formar su nombre, pero no pudo.
Melody se inclinó y lo abrazó con todas sus fuerzas, pegando su pecho al de él, trasmitiéndole cada gramo de su propia vida, su propia energía y su calor, decidida a derretir el hielo que pretendía arrebatárselo.
Desde la orilla segura, Caspian observaba la escena con una mezcla de asombro y severidad, mientras Megara preparaba la balsa, sabiendo que el tiempo para salvar a Alexander se reducía a segundos.
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