Capítulo 53 de 74
El bosque del norte era un laberinto de árboles negros que crujían bajo el azote de la tormenta, pero Alexander apenas podía escuchar el viento. El único sonido que retumbaba en su cabeza era el latido lento y pesado de su propio corazón, que cada vez exigía más esfuerzo para bombear. Se apoyaba pesadamente en el tronco de un pino. Cada respiración le quemaba el pecho, no por el calor del esfuerzo, sino por todo lo contrario. El aire entraba en sus pulmones como si tragara cristales de hielo.
Se llevó la mano temblorosa al hombro izquierdo, donde el Heraldo lo había alcanzado con sus garras antes de caer al vacío. La herida no sangraba de forma normal; los bordes de la piel desgarrada se habían vuelto de un color violeta pálido, casi gris, y una fina capa de escarcha cristalina comenzaba a extenderse alrededor del corte, trepando por su cuello y extendiéndose hacia su pecho.
-Maldición-logró articular, pero sus labios estaban tan rígidos que la palabra sonó como un siseo ahogado.
Dando un tropiezo, Alexander cayó de rodillas sobre el lodo helado. El frio de la tierra ni siquiera lo inmutó; el verdadero invierno estaba ocurriendo dentro del él. La profecía de las armas de los Heraldos se estaba cumpliendo: la Escarcha del Olvido estaba marchitando su energía vital. Con cada minuto que pasaba, sentía menos los dedos de las manos, el dolor de sus costillas fracturadas empezaba a anestesiarse bajo un manto de entumecimiento peligroso, y sus párpados pesaban toneladas. Una parte de su mente, una voz seductora y cálida, le rogaba que se tumbara en el fango y cerrara los ojos. Solo un momento. Solo un descanso.
-No...sí me duermo, no despierto-gruñó para sí mismo.
Apretó los dientes con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre en la boca. Sus piernas se sentían como columnas de plomo, pero las obligo a moverse. Metió la mano derecha en el bolsillo de su chaqueta y sacó el colgante de Melody. Al contacto con el metal, que aún conservaba un rastro casi imperceptible de la calidez de Melody, la escarcha que subía por su brazo pareció frenarse un milímetro, como si la energía del amuleto peleara contra el veneno del inframundo.
Alexander fijó la vista al frente, a través de la densa cortina de lluvia. A lo lejos, entre la oscuridad de los árboles, creyó divisar un destello diferente: el reflejo lánguido y oscuro de las aguas del río Aqueronte. La frontera. El territorio neutral. Estaba cerca, pero sus sentidos empezaban a fallar. El bosque a su alrededor comenzó a perder el color, tornándose de un gris monocromático, y una niebla mental nublaba sus pensamientos, haciéndole olvidar por momentos por qué estaba corriendo, o a quién estaba intentando salva.
La Escarcha del Olvido no solo congelaba el cuerpo; borraba el alma.
-Melody...-susurró el nombre aferrándose a ese único recuerdo con garras y dientes-. Melody...tengo que llegar.
Con el cuerpo tiritando de forma violenta y la vista oscureciéndose por los bordes, Alexander dio tres pasos más antes de que sus piernas cedieran por completo. Cayó bruscamente contra la arena gris de la orilla del río, a escasos metros del agua.
La orilla neutral estaba justo enfrente. Estaba tan cerca, y a la vez tan desesperadamente lejos. Extendió la mano que sostenía el colgante hacia el agua, antes de que el frio total paralizara su brazo.
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