Capítulo 52 de 74
Las sombras entre los árboles de hojas plateadas no se estiraron hacia ellas con la violencia salvaje de los Heraldos, sino con una parsimonia elegante y casi fantasmal.
Melody dio un paso atrás, buscando instintivamente la empuñadura de la daga de Megara, pero Megara la detuvo poniéndole una mano en el hombro. Megara no estaba en guardia; su expresión se había transformado en una máscara de respeto, teñida de cautela.
De la densa niebla del territorio neutral emergió una figura alta, vestida con túnicas de color gris ceniza que parecían flotar a su alrededor como humo. Su rostro era de una palidez irreal, aristocrático y severo, con unos ojos completamente negros que reflejaban la luz de la luna como dos lagos. En su mano derecha sostenía un bastón de madera blanca rematado con el sello de un cuervo de dos cabezas tallada en ónice.
-Hacia décadas que nadie cruzaba esta sección del Aqueronte sin invitación, Megara-habló el hombre. Su voz no era estridente, pero tenía la resonancia profunda de una campana de broce resonando en un templo vacío.
-Las circunstancias nos han obligado, Caspian-respondió Megara, dando un paso al frente y bajando la cabeza levemente en señal de saludo.
-Los Heraldos han cruzado las líneas del frente. Buscaban a la chica. No teníamos otra opción que reclamar el asilo del Tratado de las Cenizas.
Caspian desvió sus ojos negros hacia Melody. Sintió una oleada de frio recorrerle la espina dorsal, no por malicia, sino por la abrumadora sensación de estar siendo juzgada hasta el fondo de su ser.
El emisario la observó durante unos segundos que parecieron eternos, sopesando la bruma oscura que aún se disipaba de sus ropas.
-Una humana envuelta en la Bruma del inframundo, perseguida por la guardia de élite del rey...-Caspian golpeó el suelo una vez con su bastón, y un eco sordo vibró bajo los pies de Melody-.
-Las leyes del territorio neutral son sagradas, Megara. El Tratado protege a todo aquel que pise esta orilla libre de sangre enemiga. Están a salvo de las espadas de los Heraldos aquí.
Melody dejó salir el aire que no sabía que estaba conteniendo, pero el alivio duró poco. Dio un paso hacia el emisario, olvidando el protocolo por la desesperación.
-¿Y qué pasa con los que se quedaron atrás?-preguntó Melody, con la voz temblorosa pero firme-. Alexander...él nos ganó tiempo en los acantilados del norte. Estaba herido. Si él cruza el río, ¿También recibirá asilo?
Caspian miró de reojo hacia la otra orilla del río, donde la niebla seguía pesada y silenciosa. Una mueca de sutil desdén, o quizás de lástima, cruzó sus facciones pálidas.
-El Tratado protege a los vivos y a los muertos que cruzan por su propio pie, joven dama. Pero los Heraldos no dejan prisioneros, y sus hojas están impregnadas con la Escarcha del Olvido. Si vuestro guerrero fue alcanzado por sus armas, su cuerpo se congelará desde dentro y su alma se desvanecerá antes de que pueda tocar el agua de este río.
Melody sintió que el mundo se le venía abajo. Miró fijamente la oscura superficie del Aqueronte, negándose a aceptar las palabras del emisario.
-Él es fuerte-insistió ella, apretando los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas-. Él va a volver.
-Vengan-ordenó Caspian, dándose la vuelta sin conmoverse por el dolor de Melody-. El santuario del bosque las espera. Les daremos refugio y alimento, pero no enviaremos rastreadores al otro lado. No romperemos la neutralidad por un moribundo.
Megara tomó a Melody del brazo para obligarla a caminar, pero Melody se resistió un último segundo, clavando la mirada en los árboles del otro lado del río, suplicando en silencio que una silueta herida rompiera la oscuridad de la noche.
Aún no hay comentarios
Inicia la conversación sobre esta publicación.