Capítulo 51 de 74
El aire húmedo y asfixiante del túnel comenzó a aligerarse a medida que el pasadizo se ensanchaba, transformándose en una caverna natural. Al fondo, una tenue claridad grisácea, que no parecía del todo la luz del sol, indicaba el final del camino subterráneo.
Melody emergió de la grieta en la roca detrás de Megara, parpadeando ante la repentina claridad. Sus piernas temblaban por el esfuerzo y el cansancio acumulado, pero la vista que se abría ante ella la obligo a detenerse.
Frente a ellas se extendía un paisaje sacado de un sueño antiguo y melancólico. Una densa niebla flotaba a ras del suelo, ocultando las raíces de unos árboles retorcidos de hojas plateadas. Dividiendo el terreno, un río de aguas negras y tan mansas que parecían de cristal fluía en silencio. Al otro lado de la orilla, las tierras se veían más estables, protegidas por una barrera invisible que hacía que el aire vibrara sutilmente, como el calor sobre el asfalto en verano.
-El río Aqueronte-anunció Megara con un hilo de voz, bajando por fin la daga rúnica-. O al menos, un brazo muerto de él que conecta con el mundo de arriba. La otra orilla es el territorio neutral. Una vez que nuestros pies pisen esa tierra, las leyes de la alta corte del inframundo nos protegerán. Ni siquiera los Heraldos se atreverán a cruzar sin una declaración de guerra formal.
Melody no esperó. Se apresuró hacia la orilla, sus zapatos hundiéndose en la arena gris del río. El agua estaba helada, pero el frío ya no la asustaba; solo quería dejar atrás la pesadilla. Justo en el límite del agua, una pequeña balsa de madera carcomida, atada a un poste de piedra, las esperaba. Subieron a la embarcación en silencio. Megara tomó un largo remo de madera oscura y, con un solo impulso fluido, la balsa comenzó a deslizarse sobre el agua cristalina.
Melody miró hacia atrás, hacia la boca de la caverna de la que acababan de salir, medio esperando ver la silueta de Alexander corriendo hacia ellas. Pero la entrada permanecía desierta, envuelta en la bruma.
Un nudo opresivo se formó en su pecho.
-Él va a llegar-dijo Melody, más para convencerse a sí misma que a Megara-. Dijo que nos veríamos en el punto acordado.
Megara no respondió de inmediato. Empujó el remo una vez más antes de clavar sus ojos oscuros en Melody.
-El joven Alexander es fuerte, Melody. Pero se enfrentó a tres Heraldos él solo. Aunque haya sobrevivido a la caza, las heridas que causan sus armas no son ordinarias; congelan la sangre y marchitan el alma. Si no llega pronto...
No hizo falta que terminara la frase. La balsa encalló suavemente en la arena de la orilla opuesta. Al cruzar la lineal invisible del territorio neutral, Melody sintió como si un peso invisible se desprendiera de sus hombros. La opresión de la bruma oscura desapareció, y por primera vez en horas, pudo respirar sin sentir el olor a azufre. Habían escapado, estaban a salvo. Sin embargo, la seguridad se sentía completamente vacía.
Melody bajó de la balsa y se adentró unos metros en el bosque de árboles plateados, buscando desesperadamente con la mirada cualquier señal de movimiento entre los arbustos. Se abrazo a sí misma por el frío y el temblor de sus manos, negándose a partir los ojos del camino por el que se suponía que Alexander debía aparecer.
-No me dejes sola en esto, Alexander...-susurró al viento, dejando que una lágrima solitaria corriera por su mejilla-. Por favor.
A lo lejos, entre los árboles de la orilla por la que acaban de llegar, las sombras parecieron agitarse.
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