Capítulo 50 de 74
El estruendo de la tierra colapsando a lo lejos, en dirección a los acantilados del norte, se filtró por las rendijas de piedra del techo como un trueno ahogado.
Dentro del túnel subterráneo, Melody se detuvo en seco, con el corazón golpeándole las costillas de una forma tan violenta que temió que el ruido delatara su posición. La oscuridad allí abajo era casi absoluta, rota únicamente por el tenue destello azulado que emanaba de las runas de la daga de Megara.
-Alexander...-susurró Melody, dando medio giro sobre sus pasos, impulsando por un deseo desesperado de regresar a la superficie. Una mano fría y firme como el mármol se cerró sobre su muñeca, frenándola en el acto.
-Si vuelves, su sacrificio no habrá servido de nada-siseó Megara. Su voz era un susurro cortante, apenas un hilo de aire, pero cargado de autoridad. -Alexander tomó su decisión. Conoce el terreno y sabe cómo moverse. Tu única tarea ahora es sobrevivir, camina.
Melody tragó saliva, sintiendo un nudo amargo en la garganta. Miró hacia la oscuridad del camino y luego hacia la profundidad del túnel que se abría ante ellas. Las lágrimas amenazaban con nublarle la vista, pero se las tragó con furia. Alexander le había pedido que confiara, y eso era lo que iba a hacer.
Asintió con la cabeza, aunque Megara apenas pudo verlo en la penumbra, y reanudó la marcha. El pasadizo era estrecho, húmedo y olía a tierra vieja y olvido. Era uno de los antiguos caminos ocultos que Megara usaba para moverse entre el mundo de los vivos y los umbrales del inframundo sin llamar la atención de los ojos indiscretos. A cada paso que daba, el aire se volvía más denso y pesado, como si la propia gravedad de la tierra intentara aplastarlas.
-Controla tu respiración-instruyó Megara, sin detenerse, con los ojos fijos en la oscuridad del frente-. La bruma con la que te envolví oculta la luz de tu alma, pero si entras en pánico, tu energía fluctuará. Los Heraldos tienen sabuesos invisibles que se alimentan del miedo. Si huelen tu terror, encontrarán la entrada del túnel.
Melody cerró los ojos un instante mientras caminaba, forzándose a inspirar y expirar lentamente, intentando visualizar la imagen de Alexander sonriéndole para ahuyentar el pánico.
De repente, Megara se detuvo de golpe, extendiendo un brazo para bloquear a Melody. El silencio que siguió fue absoluto, sepulcral. Entonces, lo escucharon. Arriba, justo sobre el techo de piedra del pasadizo, se oyó un arrastre pesado. Algo largo, frío y metálico se deslizaba lentamente sobre la superficie de la tierra, como la cadena de un ancla siendo arrastrada por el lodo. El frío antinatural que Melody ya había sentido en la cripta volvió a descender, congelando las gotas de sudor en su frente. Uno de los Heraldos o algo peor estaba caminando justo por encima de ellas, buscando sobrevivientes o rastros del escape.
Melody se llevó las dos manos a la boca, conteniendo el aliento. Vio cómo las runas de la daga de Megara se apagaban por completo para no emitir luz. En la oscuridad total, Melody sintió la presencia de Megara a su lado, inmóvil, como una estatua de hielo. La criatura de la superficie se detuvo justo encima de donde ellas estaban. Se escuchó un husmeo profundo, un sonido sibilante y hueco que pareció vibrar en las paredes del túnel. Fueron los treinta segundos más largos de Melody. Apenas se atrevía a parpadear, temiendo que el más mínimo movimiento rompiera el velo que Megara había tejido. Finalmente, el arrastre metálico continuo, alejándose lentamente hacia el este, apartándose de su ruta.
Megara dejó salir un suspiro casi imperceptible y la luz de su daga volvió a brillar tenuemente.
-Nos hemos librado por centímetros-murmuró, girándose hacia Melody con una expresión aliviada-. El camino hacia el territorio neutral está a menos de una kilómetro. Si logramos cruzar el río de la vieja frontera antes del amanecer, las leyes del inframundo prohibirán que los Heraldos nos sigan, muévete.
En absoluto silencio, Melody apretó los puños y siguió a Megara a través de las sombras, rezando internamente para que Alexander estuviera haciendo lo mismo en algún lugar de la superficie.
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