Capítulo 49 de 74
El dolor en el hombro de Alexander era un fuego líquido que amenazaba con hacerle perder el conocimiento. Frente a él, los dos Heraldos alzaron sus armas al unísono. La lluvia torrencial le azotaba el rostro, nublándole la vista, pero Alexander no se limpió la sangre de los ojos, clavó la mirada en los Heraldos y dio un paso atrás. Sus talones quedaron suspendidos en el vacío.
Un trozo de tierra resbalaba por la tormenta se desprendió bajo sus botas. Estaba en el límite absoluto.
Los Heraldos intercambiaron una mirada invisible. Viendo que su presa no tenía a donde huir, y decidieron terminar el trabajo en un solo golpe. Las dos masas colosales de metal oscuro arremetieron al mismo tiempo, concentrando todo el peso de sus armaduras en una estocada doble directa al pecho de Alexander.
El suelo de lodo y roca bajo ellos crujió, cediendo ante la tremenda presión de su avance. Alexander esperó, contó los latidos de su propio corazón, que retumbaban en sus oídos por encima del viento. Tres metros, dos metros, uno. Justo en el milisegundo en que los filos helados iban a atravesarle el pecho, Alexander no intentó bloquear ni esquivar hacia los lados. Se dejó caer hacia atrás, directamente al vacío.
Pero no fue una caída ciega. Mientras su cuerpo se precipitaba al abismo, Alexander estiró el brazo derecho con un grito de agonía y clavó su daga con todas sus fuerzas en la profunda grieta de la roca que el Heraldo había abierto al inicio del combate. El acero se atascó en la piedra con una sacudida brutal que casi le desprende el hombro herido, dejándolo colgado en el aire, suspendido sobre el rugiente mar negro. Arriba, las espadas de los Heraldos cortaron el aire donde Alexander había estado un segundo antes y se impactaron con violencia contra el suelo. Fue el golpe de gracia para el terreno. El impacto de las armas, sumado al peso masivo de las armaduras y al agua sobresalía de la base, rompió el equilibrio de la montaña. Con un rugido atronador que eclipsó al de los truenos, una sección del acantilado se desmoronó por completo. Alexander vio pasar a centímetros de su rostro las siluetas oscuras de los Heraldos. Las criaturas agitaron los brazos de forma grotesca, intentando aferrarse a la nada, pero el peso de su propio metal los arrastró indudablemente hacia abajo, siendo tragados por la oscuridad y las olas rocosas del fondo.
El silencio volvió al acantilado, roto solo por la tormenta. Alexander quedó colgando de una sola mano. El dolor en sus costillas toras y en el hombro desgarrado era tan intenso que la vista se le teñía de negro por momentos. Sabía que, si se soltaba moriría. Pensó en Melody, en su mirada de terror en la cripta, en la promesa que le había hecho de volver a verse. -No...hoy no-gruño entre dientes, expulsando una bocanada de aire y sangre. Apoyándose de sus botas en la pared de la roca, comenzó a impulsarse hacia arriba. Cada centímetro ganado era una tortura. Los músculos le ardían y los dedos de la mano que sostenía la daga empezaban a perder sensibilidad por el frío. Con un último esfuerzo logró lanzar un brazo sobre el borde y arrastró el resto de su cuerpo hacia la superficie. Se quedó tendido boca abajo sobre el fango, respirando agitadamente mientras la lluvia le limpiaba la espalda. Había ganado, estaba vivo y ya no perseguían a Melody.
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