Capítulo 5 de 74
Me quedé helada al ver al chico nuevo: era él, era Alexander.
No sabía dónde meterme de los nervios, que me estaban matando mientras lo veía caminar hacia mi lugar hasta quedar parado frente a mí.
—Hola —me dijo con esa voz ronca que, sin poder evitarlo, me puso la piel de gallina.
—Hola... ¿Qué haces aquí? —le pregunté, entre nerviosa y sorprendida.
—Vengo a estudiar, como tú —me contestó con la mirada fija en mí.
Su respuesta hizo que me perdiera en sus ojos y, al mismo tiempo, me sintiera bastante absurda. "Pues claro, ¿qué más va a hacer en una universidad si no es estudiar?", pensé.
Empezó la clase e intenté poner toda mi atención en la profesora, pero tener a Alexander sentado al lado no ayudaba en absoluto. Solo recordar su voz me transportaba de vuelta al atardecer en que nos conocimos. No sabía cómo lidiar con el nivel de intensidad de su mirada; sentía que me moría de los puros nervios.
El timbre sonó y solté un suspiro de alivio. Empecé a guardar mis cosas. En el campus nos daban una hora para desayunar y los lunes siempre servían omelet con queso y tamalitos, mi desayuno favorito, así que debía darme prisa. De repente, me acordé de mi perdición y volteé a verlo; me sorprendió descubrir que me estaba mirando fijamente.
—Es hora de desayunar. ¿Quieres ir conmigo? —le pregunté, intentando a toda costa dominar mi sistema nervioso.
Él aceptó, pero mi entusiasmo se desvaneció un poco cuando Luisa anunció que iría con nosotros. Por un segundo pensé en dejarlos solos; al fin y al cabo, Luisa era más popular y bonita que yo. Me puse de mal humor al ver cómo empezaba a insinuársele, aunque no era la primera vez que la veía en plan "de cacería".
Solté un suspiro al escuchar su comentario de que con ella se le quitaría lo serio. Me acerqué a él y murmuré:
—Disculpa a mi amiga, es algo... precoz.
Luisa me dio un codazo leve en el hombro.
—Entonces vamos —les dije, levantándome del asiento.
Alexander imitó mi gesto de inmediato, pero Luisa se apresuró a ponerse a su lado, dejándome a mí un paso atrás.
Llegamos a la cafetería. El lugar estaba medio vacío, así que aproveché para ponerme en la fila y conseguir un buen desayuno.
—¿Qué te gusta comer? —me preguntó Alexander, colocándose justo a mi lado. El gesto me puso nerviosa, pero me alegró; no iba a acobardarme ahora.
—Me encantan los desayunos de los lunes, son muy buenos —le dije, señalando el mostrador—. ¿Y a ti qué te gusta?
—No tengo una comida favorita —contestó, pensativo, observando con curiosidad lo que había en mi bandeja.
Caminamos hacia la mesa donde nos esperaba Luisa con otra chica y nos sentamos uno frente al otro.
—¿No me trajiste mi bandeja? —reclamó Luisa en cuanto nos vio.
La miré con ganas de fulminarla. Estaba a punto de contestarle cuando Alexander se me adelantó:
—¿Por qué no vas a traerla tú? ¿Eres tan inútil que no puedes cargar tu propia comida? —le dijo con un tono tan serio y molesto que me dio un ataque de risa disimulado. Era la primera vez que veía a alguien hablarle así a Luisa, y mucho menos un chico.
Luisa se levantó indignada y fue a la barra por su plato. Aproveché el momento para disculparme de nuevo.
—Lo siento... Luisa es un poco...
—Estúpida —completó él, interrumpiéndome.
Solté una risita y asentí con la cabeza.
—Es popular y hermosa, todos los chicos están a sus pies... Supongo que ahora tú eres su nuevo objetivo.
—Ella no me interesa —me dijo con total seriedad, manteniendo sus ojos clavados en los míos—. La que me interesa eres tú.
Me quedé helada, con un pedazo de tamalito a medio masticar, incapaz de creérmelo. Pero su mirada no mentía: era esa misma intensidad profunda, esa mirada capaz de perderme entre dos mundos completamente diferentes.
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