Capítulo 48 de 74
El rugido del mar chocando contra las rocas, cien metros más abajo, era lo único que competía con el silbido del viento y la lluvia torrencial. Alexander estaba de espaldas al abismo, con lodo hasta los tobillos y la respiración agitada. Frente a él, los tres Heraldos se movían en perfecta sincronía, como lobos rodeando a su presa. Sus armaduras oscuras no reflejaban la luz de los relámpagos; parecían hechas de pura noche.
El Heraldo del centro dio un paso al frente y levantó su mandoble. El aire a su alrededor se congeló instantáneamente, transformando las gotas de lluvia en afiladas agujas de granizo. Alexander no intento bloquearlo; sabía que la fuerza del impacto le rompería los brazos. Se arrojó hacia la derecha, derrapando en el fango. El filo del Heraldo se clavó profundamente en la roca del suelo, agrietándola con un crujido seco. Aprovechando el milisegundo en que el Heraldo intentaba liberar su arma, Alexander se impulsó hacia arriba y descargó un golpe con todas sus fuerzas directamente a la junta del cuello. Su arma impactó con un destello metálico, pero fue como golpear una pared de yunque. El Heraldo ni siquiera se inmuto. De hecho, un frio paralizante viajo desde el filo de la espada de Alexander hasta su mano, entumeciéndole los dedos.
-Maldición-masculló, soltando un quejido mientras retrocedía de un salto.
Antes de que pudiera recuperar la postura, los otros Heraldos atacaron al unísono. Uno buscó sus piernas con un barrido horizontal, mientras que el otro lanzó una estocada directa al corazón. Alexander bloqueo la estocada como pudo, desviando la punta de la hoja a milímetros de su pecho, pero el impacto lo mandó a volar hacia atrás. Su cuerpo rodó por el fango hasta detenerse justo al borde del acantilado. Unas cuantas piedras desprendieron. El dolor en sus costillas era insoportable, probablemente tenía algunas rotas.
Se puso de pie como pudo, y limpiándose la sangre de su vista. Los Heraldos volvieron a avanzar, lentos, implacables, sabiendo que ya no tenía a donde huir.
Alexander miró el colgante de Melody que aun colgaba de su mano izquierda, ahora cubierto de barro y sangre. Sonrió con amargura. Ganaste tiempo, Alexander, ahora sal de aquí.
El Heraldo líder levantó la espada para el golpe final. Alexander esperó el momento exacto. Cuando inicio el arco de descenso, en lugar de esquivar hacia los lados, Alexander se lanzó hacia adelante, barriéndose por el suelo entre su túnica de sombras. Alexander se puso de pie tambaleándose a espaldas de los otros dos. Con la adrenalina al mil, embistió con el hombro al Heraldo, empujándolo con el impulso que le quedaba hacia el abismo. El Heraldo intento aferrarse a Alexander, logrando rasgarle el hombro con sus garras, pero el peso de su armadura lo arrastró inevitablemente hacia el vació.
Los dos Heraldos restantes bloquearon su única vía de escape. El aire se volvió aún más frío, si es que era posible, y los Heraldos parecieron enfurecerse, sus ojos invisibles brillando con una chispa roja malévola. Alexander, herido, sangrando y sin fuerzas, levantó sus manos con llamas, temblando. Estaba acorralado, pero sus ojos seguían fijos en el enemigo.
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