Capítulo 47 de 74
(Este capítulo se centrará en el punto de vista de Melody y Megara, la claustrofobia de esconderse y la huida en silencio.)
El eco de los pasos de Alexander perdiéndose en el túnel del norte dejó un silencio sepulcral en la cripta.
-No te muevas, ni un milímetro-susurró Megara. Su voz ya no era fría, sino tensa. -Si rompes el velo, la luz de alma los traerá directo a tu cuello.
La niebla oscura y gélida del inframundo terminó de cubrir a Melody. La sensación era extraña: no podía sentir sus propias manos ni el latido de su corazón; era como si se hubiera convertido en una estatua de piedra incorporada. De repente, el techo de la cripta vibró. Justo arriba, en la superficie del cementerio, se escuchó un estruendo metálico y el crujido de lápidas rompiéndose. Los Heraldos habían encontrado el rastro falso de Alexander. Melody quiso gritar, quiso correr tras él, pero la mirada de advertencia de Megara la congeló.
El frío antinatural de los Heraldos se coló por las grietas, haciendo que la escarcha cubriera los muros. Estaban tan cerca de Melody podía oler el olor de azufre y metal oxidado.
Pasaron minutos, pero para Melody era una eternidad, hasta que los ruidos comenzaron a alejarse hacia el norte, persiguiendo el engaño de Alexander.
-Es hora-dijo Megara, rompiendo el hechizo a medias para permitir que Melody se moviera, aunque la bruma seguía ocultando su rastro-. Muévete rápido y sin hacer ruido. Si pisas una sola rama rota allá afuera, estamos muertas.
Megara empujó una losa oculta detrás del altar, revelando un pasadizo subterráneo que descendía hacia el sur, hacia la oscuridad absoluta, con el corazón en la garganta y el miedo de no volver a ver a Alexander, Melody se adentró en la boca del lobo, guiada únicamente por la silueta implacable de Megara.
(Este capítulo será acción y la desesperada carrera de Alexander contra los Heraldos.)
Alexander corría como si el mismo diablo le pisara los talones, y en cierto modo, así era. La lluvia helada de la tormenta le golpeaba el rostro en cuanto emergió del túnel del norte, pero eso no lo detuvo. En su mano izquierda apretaba el colgante que tenía la esencia de Melody, frotándolo contra su propia ropa para dejar la esencia de ella impregnada en las rocas y las ramas de camino que ascendía hacia los acantilados. A sus espaldas, la noche se rasgó.
Tres siluetas colosales, envueltas en armaduras oscuras que parecían absorber la poca luz de la luna. Los Heraldos, no corrían; se desplazaban con una velocidad antinatural, flotando casi sobre el fango.
-¡Aquí estoy, malditos!-gritó Alexander, dándose la vuelta un segundo para lanzarles unas bolas de llamas rojas, llamando por completo su atención-. ¡Vengan por mí!
El Heraldo Vespero emitió un chillido agudo, un sonido que vibró directamente en los huesos de Alexander y que confirmó que habían mordido el anzuelo. Los tres seres aceleraron el paso, fijando sus ojos sin cuencas en él.
La persecución se convirtió en un infierno de fango, giros cerrados y saltos al vacío. Alexander sentía los pulmones en llamas. Una de las espadas de los Heraldos pasó tan cerca de su espalda que el aire helado del filo le cortó la chaqueta. Sabía que no podía vencerlos a los tres en un ataque directo, su único objetivo era ganar tiempo, llevarlos hasta el borde del acantilado donde el mar rugía con fuerza abajo, y ahí...improvisar un milagro.
Alexander llegó a la cima del acantilado. El camino se había terminado. Detrás de él, las tres sombras oscuras se desplegaron en semicírculo, acorralándolo contra el abismo. Alexander sonrió de lado, y escupiendo sangre, y levantó su mano con llamas listas para lanzar. Había ganado el tiempo suficiente para Melody, ahora le tocaba sobrevivir.
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