Capítulo 3 de 74
Me desperté temprano, lo cual era un verdadero milagro; siempre me levantaba con el tiempo justo para ir a la universidad y llegar barriéndome a la primera clase. Por eso, no tenía idea de por qué hoy había sido la excepción.
Bajé a desayunar. Mi hermano mayor y mi mamá se asombraron al verme, ya que habitualmente andaba corriendo de un lado a otro. Me senté a la mesa y empecé a comer.
—¿Te sucede algo, hija? —me preguntó mi mamá, algo preocupada.
—Creo que la tiraron de la cama por fea —intervino mi hermano.
—Y tú eres un perdedor —le respondí, haciéndole una seña para que me dejara comer tranquila.
—Como sea, ya que tengo tiempo, me iré caminando —le dije a mi mamá, dándole un abrazo antes de salir.
Me puse los audífonos y reproduje Heavydirtysoul. Es una de mis canciones favoritas y siempre me pone de buen humor, lo cual era raro considerando que era lunes y yo realmente odiaba los lunes. En el camino contemplé el cielo: estaba hermoso, con un clima bastante templado.
Me quedé pensando y, por alguna extraña razón, él se me vino a la mente. Recordé su figura alta, su buen cuerpo, su cabello castaño claro medio recogido y sus ojos, tan únicos como dos mundos diferentes.
Llegué a la entrada del campus y, como de costumbre, fui a los casilleros. En la universidad los alquilaban para estar más cómodos; como ese día solo tenía dos clases, me quedaba toda la tarde libre. Pensaba ir a mi cafetería favorita a tomar un café frío y quedarme leyendo; era mi pasatiempo preferido. Estaba perdida en mis pensamientos cuando Luisa llegó por detrás, haciéndome dar un saltito del susto.
—¿Qué haces en el campus tan temprano, nerd? —dijo Luisa.
—Me levanté temprano sin ninguna razón —le contesté mientras guardaba mi sudadera.
Luisa era mi mejor amiga. Había estado conmigo desde la secundaria y siempre habíamos sido solo nosotras dos contra el mundo. Era totalmente diferente a mí, casi mi opuesto: más divertida, le gustaban las fiestas y, sobre todo, los chicos guapos. En cambio, yo era más callada, reservada; me gustaba leer, contemplar los atardeceres, la buena música y, por supuesto, los chicos, aunque hasta el momento no había encontrado a ninguno que me llamara la atención. Aunque...
Llegamos al salón, nos sentamos como de costumbre y saludé a un par de compañeros.
—¿Ya te enteraste de la novedad? —me preguntó Luisa con un bombón a medio comer en la mano.
—Sabes que siempre soy la última en enterarme de todo —le contesté con una mueca.
—Bueno, bueno, te cuento. Dicen los rumores que hay un chico nuevo de intercambio y que está como un bombón —me dijo con una sonrisa pícara.
—Ya veo. Por lo visto vas de cacería hoy, ¿verdad? Provecho entonces; no te espero para ir a la cafetería —le dije con una sonrisa de lado.
Antes de que pudiera contestarme, la licenciada entró al salón y todos tomamos asiento.
—Buenos días, chicos. Hoy tenemos a un alumno nuevo de intercambio, espero que puedan ayudarlo a ponerse al corriente con los cuestionarios. Pasa adelante —indicó la profesora.
Se escucharon los pasos y vi que todos prestaban atención. Asumí que sería otro chico millonario hijo de papis, lo cual me daba bastante pereza y no me interesaba en lo absoluto, así que saqué mis materiales. Fue entonces cuando escuché esa voz ronca, extrañamente familiar:
—Buenos días. Me llamo Alexander.
Levanté la mirada de golpe, en completo shock. No podía creerlo: era él, el chico de la playa.
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