Capítulo 2 de 74
Siempre me limitaba a observar a los humanos; nunca crucé la delgada línea... hasta que la conocí.
Era una tarde cualquiera en la playa. Lo que más me gustaba eran los atardeceres; siempre que buscaba algo de luz o esa paz que tantas veces necesitaba, iba a contemplarlos. Era lo único que me tranquilizaba cuando estaba al límite.
El sol empezaba a ponerse y el cielo comenzó a pintarse de múltiples colores, con tonos anaranjados atrapados tras las nubes. El espectáculo estaba en su mejor momento cuando vi una figura parada casi a la mitad del mar. Me fui acercando para visualizarla mejor y, cuanto más me aproximaba, más boquiabierto me quedaba: su cabello largo medio recogido, su silueta brillando por las gotas de agua que reflejaban los últimos rayos de luz y su traje blanco.
Iba cada vez más cerca cuando di un mal paso y tropecé con una roca cubierta de algas. Caí de golpe al agua, tragando un sorbo salado y viendo cómo mi dignidad se iba directo al fondo.
Traté de ponerme de pie lo más rápido posible, intentando arreglar mi cabello empapado, cuando escuché una risa. No era una risa cualquiera: era como una melodía que llenaba de luz mi oscura alma. Levanté la mirada y fue entonces cuando encontré ese tono ámbar que no sabía que existía.
—Veo que la gravedad no es tu fuerte —dijo ella, mirándome con una sonrisa de lado—. ¿Quién eres?
—¿Quién eres tú? —le regresé la pregunta.
Ella me miró con una expresión de confusión, pero lo que no sabía era que yo era incapaz de apartar la mirada; estaba completamente hipnotizado.
—Yo pregunté primero —me dijo, manteniendo su sonrisa.
—Y yo pregunté de segundo —le respondí con el mismo gesto.
Regresó la mirada al atardecer y, con un suspiro, me dijo:
—Me llamo Melody. ¿Y tú?
—Yo soy Alexander —le contesté. (Joder, era hermosa, y aún más bajo los últimos rayos del sol).
Realmente no sabía qué estaba haciendo. Nunca hablaba con los humanos, siempre me limitaba a observar, pero ella era la excepción. Era como si hablarle, o tan siquiera mirarla, se hubiera convertido en una necesidad vital.
Las olas nos llegaban a las rodillas y los dos nos quedamos viendo lo último del atardecer en silencio. Cuando el sol terminó de ocultarse, ella empezó a caminar hacia la orilla y yo la seguí.
—¿A dónde vas? —le pregunté, esperando que no me creyera un acosador.
—A mi casa. Terminaron las vacaciones, así que hoy fue mi último día en la playa —dijo sin voltear a verme.
Al llegar a la orilla, se giró hacia mí. La miré y fue como si ya nos conociéramos, como si supiéramos todo del otro con solo esa mirada.
—¿Y tú por qué estás aquí? —me preguntó con curiosidad, sin apartar los ojos de mí.
—Pues también estoy de vacaciones y este fue mi último atardecer —le contesté algo resignado, porque realmente sí lo era.
—Espero verte otra vez —dijo con una sonrisa.
Kullim gitat lem (perfecta), pensé mientras la contemplaba alejarse hasta perderse de mi vista.
Me quedé en la playa hasta el anochecer, sintiendo la arena húmeda entre mis dedos y pensando en ella. Todavía no lograba entender por qué había cruzado la línea. Si mi padre se llegaba a enterar... No, nadie se iba a enterar. Primero tenía que descifrar qué tenía ella de especial.
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