Capítulo 9 de 21
Nunca entendí por qué la gente asocia el rojo con el amor. Para mí, el rojo es el color de la traición. Es el recordatorio de que somos bolsas de líquido bajo una presión constante, esperando un pinchazo para vaciarnos.
Estaba en la cocina. Un descuido estúpido con el cuchillo de pan. Ni siquiera sentí el dolor al principio, sentí el frío. Ese frío metálico que recorre el brazo cuando algo que debería estar dentro, decide salir. Bajé la mirada. La herida era pequeña, apenas un tajo en el dedo índice, pero entonces apareció. Una gota espesa, brillante, con un olor a hierro que me llenó la boca de un sabor amargo. Me quedé paralizada. Mi corazón empezó a latir con una fuerza que me hacía vibrar las sienes, pero cada latido era un enemigo: cada pulsación empujaba más de "mi" hacia el exterior.
-No... entra de nuevo-susurré, apretando el dedo con la otra mano. Pero el rojo no obedece. Se filtró entre mis dedos, cálido y pegajoso.
Empecé a temblar tanto que mis rodillas chocaron contra el suelo. El mundo se volvió borroso, las luces de la cocina empezaron a girar en un torbellino blanco. Mis oídos se llenaron de un pitido agudo, y sentíque la presión arterial me abandonaba, dejándome hueca.
Lloré de pura náusea. No era el dolor del corte, era el horror de ver mi propia esencia manchando el azulejo blanco. Ver esa mancha expandirse me hacía sentir que me estaba desinflando, que mi vida se media en mililitros derramados. Cada gota que caía al suelo era un trozo de mi conciencia que se apagaba.
Me desplomé de costado, con la mejilla contra el piso frío. El charco rojo estaba a pocos centímetros de mis ojos. Podía ver mi reflejo en mi propia sangre. Me vi pálida, con los labios grises, desapareciendo. El olor a metal se volvió insoportable, como si estuviera lamiendo una moneda vieja.
Siento que mi cuerpo es una vasija rota. Un recipiente que ya no puede retener nada. La oscuridad me va envolviendo, y lo último que veo es ese río escarlata alejándose de mí, llevándose consigo todo lo que alguna vez fui.
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