Capítulo 10 de 21
La puerta de la cafetería estaba a solo dos metros. Dos metros de madera y vidrio que me separaban del resto de la especie humana. Puse la mano en el pomo y sentí que el metal me quemaba. No era calor; era el peso de las mil miradas que me esperaban al otro lado.
Entré. El sonido de las tazas chocando y el murmullo de las conversaciones se detuvieron en mi cabeza, reemplazados por un pitido agudo. De repente, el aire de la habitación se volvió escaso. Sentí que todos, absolutamente todos, habían dejado de vivir sus vidas para enfocarse en la mía.
-Buenos días... -intenté decir cuando llegué a la barra, pero mi voz se quebró. Sonó como un papel rasgado.
Sentí el calor subiendo por mi cuello, una mancha roja que me delataba, gritándole al mundo: "Mirenme, soy frágil, estoy fallando". Mis manos empezaron a temblar de una forma humillante mientras buscaba la cartera. Cada movimiento que hacía me parecía torpe, monstruoso. ¿Cómo se camina? ¿Qué hago con mis brazos? ¿Estoy respirando demasiado fuerte?
Empecé a llorar, pero era ese llanto seco que te quema detrás de los ojos porque tienes prohibido derrumbarte en público. Lloraba de pura rabia contra mí misma, contra esta piel que se siente transparente. Sentía que sus ojos no miraban mi ropa, sino mis inseguridades, mis secretos, mis miedos más profundos. Eran focos de un interrogatorio que no terminaba nunca..
Me di la vuelta para salir sin pedir nada, huyendo de esa presión insoportable. Al caminar, juré escuchar risas. No eran risas reales, eran los ecos de mi propia mente convenciéndome de que mi existencia era un chiste de mal gusto para los demás. El roce de alguien que pasaba a mi lado me hizo saltar; su contacto físico se sintió como una descarga eléctrica, una invasión.
Llegué a la calle y el espacio abierto fue peor. Sentía que los edificios eran ojos gigantes, que las ventanas eran pupilas observando mi fracaso. Me refugié en un callejón, hundiendo la cara en mis manos, sollozando con una fuerza que me doblaba el cuerpo.
Duele. Duele tanto querer ser parte del mundo y sentir que el mundo te rechaza por el simple hecho de verte. Deseé con todas mis fuerzas ser invisible, ser una mancha en la pared, aire, nada. Porque ser humano entre humanos es la tortura más refinada que existe. Soy un error expuesto en una vitrina, y el cristal se está rompiendo.
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