Capítulo 8 de 21
El sonido del cierre de la escotilla fue el último clavo en mi ataúd. Click. Un sonido seco, definitivo. A partir de ese momento, mi vida ya no me pertenecía; le pertenecía a la física, a las turbinas y a la fe ciega en un sistema que yo no controlaba.
Me senté en el 14A. El cinturón de seguridad me apretaba la cintura, pero no me daba seguridad; me hacía sentir como un animal amarrado a una silla eléctrica. Mis manos, blancas de tanto apretar los apoyabrazos, empezaron a temblar. Una gota de sudor frío me recorrió la nuca.
-Estamos listos para el despegue-dijo una voz mecánica desde los altavoces. Sentí el rugido de los motores en la boca del estómago. El avión empezó a correr, ganando una velocidad antinatural, y de repente... el tirón. Esa sensación de vacío en las entrañas cuando las ruedas dejan de tocar la tierra. En ese instante, mi cordura se rompió.
Miré por la ventanilla y el horror me nubló la vista. La tierra se alejaba, volviéndose pequeña, insignificante. Estábamos a diez mil metros de altura. Diez mil metros de caída libre esperándome. Miré el ala del avión y juré que vibraba demasiado. ¿Qué mantenía esa estructura pegada al fuselaje? ¿Unos tornillos? ¿Pegamento? ¿Un milagro?
Lloré en silencio, con la cara pegada al plástico frío de la ventana. Lloraba porque me sentía una intrusa en el cielo. El ser humano no está hecho para esto. Estamos desafiando a la gravedad, y la gravedad es una fuerza paciente que siempre cobra sus deudas.
Cada pequeña turbulencia era un latigazo en mi sistema nervioso. El avión se sacudía, un leve descenso de un metro que para mí era el inicio del fin. Cerré los ojos e imaginé el metal rasgándose, el viento helado entrando a presión, los gritos de la gente siendo silenciados por el rugido del vacío. Me imaginé a mi misma cayendo, viendo las nubes pasar a toda velocidad mientras esperaba el impacto final contra un suelo que nunca llegaba.
-Todo está bien-me susurró la azafata con una sonrisa de plástico. Quise gritarle que nada estaba bien. Que estábamos atrapados en una caja de aluminio a ochocientos kilómetros por hora, suspendidos sobre un abismo que no tiene piedad. Quise abrir la puerta y saltar solo para terminar con la agonía de la espera. La anticipación del desastre es peor que el desastre mismo.
Me tapé los oídos, intentando no escuchar el crujido del fuselaje. Cada sonido era una advertencia. El aire en la cabina se sentía escaso, reciclado, con olor a miedo. Estaba atrapada en lo más alto del mundo, sin alas, sin salida, rezando a un vacío que no escucha.
Soy un pájaro de hierro con el alma rota, esperando que el cielo decida, finalmente, dejarme caer.
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