Capítulo 7 de 21
Siempre pensé que el miedo a los espacios cerrados era algo que se podía evitar. Bastaba con no subir a un ascensor, con no entrar en un sótano. Qué estúpida fui. No entendía que el espacio es una ilusión y que las paredes pueden crecer dentro de tu propia mente.
Todo empezó en mi habitación. Un lugar que conocía de memoria. Pero esa noche, el aire se sintió... denso. Miré el techo y, por un segundo, juré que las molduras estaban unos centímetros más cerca de mi frente. Pestañeé, tratando de sacudirme la idea, pero el ángulo de la pared derecha parecía haber rotado. Un grado. Solo uno. Pero lo suficiente para que el cuarto dejara de ser un refugio y se convirtiera en una prensa.
Me senté en la cama y el primer sollozo me quemó la garganta. Intenté ponerme de pie, pero sentí que si estiraba los brazos, mis dedos tocarían el frío concreto de ambos lados. El techo seguía bajando. No era un derrumbe ruidoso; era un movimiento silencioso, constante, inevitable. Como si la habitación estuviera exhalando y, en cada espiración, se hiciera más pequeña.
-Respira... solo respira -me ordené a mí misma, pero mi propia voz sonó ahogada, como si el aire ya no tuviera espacio para vibrar.
Me tiré al suelo, pensando que ahí abajo tendría más tiempo. El frío del piso me golpeó la cara, pero al mirar hacia arriba, la losa de cemento ya estaba a la distancia de mi mano. Extendí los dedos y toqué el techo. Estaba ahí. Liso. Pesado. Impasible.
Empecé a hiperventilar. El oxígeno se estaba agotando porque el volumen de la habitación ya no era suficiente para mis pulmones. Lloré con una desesperación que me hacía temblar las entrañas, porque no había dónde huir. Si salía al pasillo, el pasillo sería un túnel estrecho. Si salía a la calle, el cielo se sentiria como una cúpula de cristal a punto de aplastarme.. El espacio se redujo tanto que mis rodillas quedaron pegadas a mi pecho. Mis propios huesos empezaron a estorbarme. Sentía la presión del techo en mi espalda y el suelo en mis rodillas. Estaba doblada sobre mí misma, convirtiéndome en un ovillo de carne asustada.
Lo más aterrador no era morir aplastada. Era la conciencia de que mi cuerpo ocupaba demasiado lugar. Deseé ser una sombra, ser nada, desaparecer para no sentir cómo el mundo me apretaba las costillas hasta hacerme crujir. Cerré los ojos mientras sentía el roce del concreto en mis orejas. El silencio era absoluto, excepto por el sonido de mi corazón, que golpeaba con violencia contra una caja torácica que ya no tenía espacio para expandirse. Soy un prisionero de la geometría. Soy el relleno de una caja que se cierra para siempre.
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