Capítulo 6 de 21
Empezó como un picor insignificante en el dorso de mi mano. Una mancha pequeña, un grupo de puntos rojizos que juré que eran una simple reacción alérgica. Pero el rascado no trajo alivio, solo una revelación que me detuvo el corazón.
Me llevé la mano bajo la luz de la lámpara y el aire se quedó atascado en mi garganta.
No eran manchas. Eran poros. Pero no los poros normales de la piel, sino orificios perfectos, circulares, que se hundían hacia lo profundo de mi carne. Un pequeño racimo de agujeros negros, apretados unos contra otros, formando un patrón geométrico que mi cerebro rechazó con una náusea violenta. Sentí un escalofrío que me recorrió la columna, una repulsión tan primitiva que me hizo sollozar. Intenté tapar el hueco con el pulgar, pero al presionar, senti la textura... el vacío dentro de mí. Al quitar el dedo, los agujeros se habían. multiplicado. Ahora cubrían mi muñeca. Eran cavidades oscuras, diminutas celdas que parecían respirar al unisono.
-No, no, no... suplicaba en un susurro, mientras las lágrimas empezaban a nublarme la vista.
Me miré en el espejo del baño y el pánico se convirtió en una agonía absoluta. En mi mejilla, cerca de la mandibula, la piel se estaba agrietando en ese mismo patrón. Decenas de agujeros pequeños, profundos, tan juntos que la piel entre ellos parecía una red delgada a punto de romperse. Era como si mi cuerpo se estuviera convirtiendo en un panal, en una esponja de carne muerta. La sensación de asco es tan fuerte que me hace temblar las piernas. Siento que algo vive dentro de esos túneles. No es un bicho, es la idea de la vacuidad. La idea de que mi integridad física se está desmoronando en mil cavidades. Acerqué unas pinzas, con la intención suicida de hurgar, de ver qué había al fondo de esos círculos negros, pero mi mano temblaba tanto que las dejé caer. Lloré frente al espejo, viendo cómo mi rostro dejaba de ser mío para convertirse en un mapa de vacíos. Cada vez que parpadeaba, un nuevo racimo aparecía en mi hombro, en mi pecho. Es una invasión silenciosa. Siento que si toco esa zona, mi dedo se hundirá sin resistencia, atravesando la red de poros hasta tocar el hueso.
Soy un nido. Soy una estructura fallida.
Me desplomé en la ducha, dejando que el agua corriera sobre mi, pero el contacto del agua entrando en los agujeros me hizo gritar. Podía sentir el líquido Ilenando cada una de esas minúsculas y profundas cavidades, pesando dentro de mi piel. No hay dónde esconderse cuando el horror es tu propia anatomía. Cerré los ojos con fuerza, deseando que al abrirlos mi piel fuera lisa de nuevo, pero el picor persiste. Un picor interno, profundo, que me dice que los agujeros no se van a detener hasta que no quede nada sólido de mí. Soy una carcasa perforada, un recuerdo de lo que alguna vez fue un ser humano completo.
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