Capítulo 5 de 5
Un segundo estás de pie, sintiendo la brisa. Al siguiente, el mundo sólido se rompe.
El golpe contra el agua te arranca el aire de los pulmones con una violencia que no esperabas. No es agua lo que sientes; es una losa de hielo líquido que te golpea el pecho, robándote el aliento, dejándote vacío. El sonido del mundo-el viento, las aves, tu propia respiración- muere en un instante. Ahora solo hay un zumbido grave, una vibración sorda que parece venir de las entrañas de la tierra. Abres los ojos. El ardor de la sal es lo de menos. Lo que te paraliza el corazón es lo que ves. O mejor dicho, lo que no ves.
Arriba, la superficie es una lámina de plata que se aleja más y más. Intentas alcanzarla, estiras los dedos hasta que te duelen los tendones, pero tus pies pesan como si estuvieran hechos de plomo. Debajo de ti... el vacío. Un azul tan oscuro que parece sólido, un abismo infinito que te observa con una boca hambrienta y negra. No hay suelo. No hay rocas. Solo kilómetros de nada líquida que te jala hacia abajo con una fuerza invisible y constante.
Intentas llorar de pura desesperación, pero el mar no te lo permite. Sientes el calor punzante naciendo en tus ojos, ese ardor que precede al llanto, pero tus lágrimas no llegan a ninguna parte. Se desprenden como pequeñas burbujas de sal caliente que el océano devora antes de que logren salir de tus párpados. Es un dolor encerrado; estás llorando hacia adentro. Nadie puede verte. Tu sufrimiento se diluye en la inmensidad amarga del océano, volviéndose invisible, volviéndose nada. Estás desapareciendo en vida.
El pecho te arde. Es un fuego abrasador que te quema por dentro, suplicando por una gota de oxígeno. Tu cerebro te grita que respires, pero sabes que si lo haces, la muerte entrará en ti. Aguantas hasta que tus pulmones tiemblan, hasta que el instinto vence a la razón. Abres la boca en un espasmo de agonía y el agua salada te invade la garganta.
No es simplemente ahogarse. Es como si te llenaran el cuerpo de cemento frío. Sientes el líquido pesado bajando por tu tráquea, ocupando el lugar donde debería estar tu vida. La presión en tus oídos es un grito silencioso que te hace querer arrancarte la cabeza.
Miras hacia abajo una última vez. Esa oscuridad absoluta te está abrazando. Te das cuenta de que al mar no le importas. No te odia, no te busca; simplemente te acepta como una mota de polvo que regresa al fondo. Eres tan pequeño, tan dolorosamente insignificante en esta masa azul que no tiene fin.
Tus brazos dejan de luchar. Ya no tienes fuerzas para odiar el agua. Tus últimas burbujas de aire escapan de tus labios como pequeños fantasmas que suben a un mundo al que ya no perteneces. Te hundes, con los ojos abiertos, viendo cómo la luz de arriba se apaga, mientras tu dolor se funde con el abismo que acaba de devorarte.
Fin de la lectura
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