Capítulo 4 de 5
No desperté con un grito. Desperté con un el peso del mundo aplastándome las costillas.
Eran las 3:14 de la mañana. El silencio de mi habitación no era paz; era una sustancia espesa que se me metía a la nariz y me impedía respirar. Me quedé inmóvil, con las sábanas empapadas en sudor frío que se sentía como aceite sobre mi piel. Intenté tragar saliva, pero mi garganta se cerró. El miedo no tenía nombre. No eran arañas, no eran las alturas, no era la oscuridad. Era todo. Era la aterradora conciencia de estar vivo.
Miré mis manos sobre la colcha. En la penumbra, no parecían mías. Eran máquinas de carne, un sistema humillante de tendones y huesos que en cualquier segundo podían fallar. ¿Y si el tendón se cortaba? ¿Y si mi corazón, ese músculo cansado que golpeaba contra mis costillas como un animal enjaulado, decidía que ya ha tenido suficiente?
Uno... dos... tres... Contaba los latidos, rogándole al siguiente que apareciera. Me senté en el borde de la cama y estallé en llanto. Pero era un llanto silencioso, de esos que te queman la garganta porque tienes miedo del que el sonido de tu propio sollozo agriete las paredes. Me sentía tan malditamente frágil. Miré fijamente el vaso de agua en mi mesa de noche y quise beber, pero el terror me paralizó: ¿y si el vidrio estallaba en mi mano? ¿y si el agua encontraba el camino equivocado hacia mis pulmones y si moría allí mismo, solo, mientras el mundo seguía girando sin notar mi ausencia?
-Por favor- susurré, y mi propia voz me asustó. Sonaba a cristal roto. Me levanté y caminé hacia el espejo del baño, arrastrando los pies porque los sentía que el suelo de madera era una cáscara de huevo apunto de quebrarse. Al verme, no me reconocí. Vi a un extraño atrapado en mi cuerpo que odiaba por ser tan vulnerable. Toqué mi cuello, sintiendo el pulso errático de mi carótida. Somos solo una capa de piel de distancia de la nada. Un milímetro de carne nos separa de dejar de existir.
Me desplomé en el suelo del baño, abrazando mis rodillas. El frío de los azulejos me recordaba a una morgue. Lloré porque extrañaba la ignorancia. Extrañaba esos días en los que podía caminar por la calle sin pensar en la gravedad, en los virus, en los cables eléctricos sobre mi cabeza o en el simple hecho de que el oxígeno que respiro también me esta oxidando por dentro.
El universo es demasiado grande, demasiado hostil, y yo soy apenas un parpadeo de conciencia asustada.
Me quedé allí, ovillando en el rincón, esperando que el sol saliera, aunque sabia que la luz solo me mostraría más cosas a las que temer. No hay refugio cuando el peligro es la realidad misma. No hay escapatoria cuando el enemigo es el hecho de que estás respirando.
"Cerré los ojos con fuerza, deseando no ser nada, porque ser algo duele demasiado."
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