Capítulo 3 de 5
Cierras los ojos, pero la oscuridad no es un refugio; es una emboscada. Estás ahí, tendido, atrapado bajo el peso de tus propias sábanas, que de pronto se sienten como sudarios húmedos, pesados, pegándose a tu piel con la frialdad de quien ya no espera despertar. Sientes cómo el techo de la habitación desciende milímetro a milímetro, una prensa de concreto absoluto que se inclina sobre ti como una lápida de mármol frío, grabada con cada una de tus inseguridades.
No puedes moverte. No es solo parálisis; es una sentencia. Tienes cadenas en los pies, eslabones invisibles pero tan reales que puedes oír el metal rozando el suelo de tu conciencia. Son pesadas, forjadas con los "debiste ser" y los "no eres suficiente", y sientes cómo tus tobillos se hunden en un vacío infinito, como si el suelo se estuviera tragando tu existencia. Cada vez que intentas un movimiento, por pequeño que sea, cada vez que tus dedos buscan una salida, la palabra "perfección" se cierra como un grillete al rojo vivo alrededor de tu garganta, quemándote la piel, siseando contra tu carne, recordándote que cualquier error es una caída mortal.
De pronto, la primera gota cae del techo invisible. No es agua, no hay pureza en ella. Es pintura negra, espesa como la brea, viscosa y fría como el miedo que se siente justo antes de un impacto. Cae justo en tu garganta, sellando tus cuerdas vocales, y luego otra cae en tus ojos, fundiéndose con tus párpados para que ni siquiera puedas ver el final de tu propio martirio.
No es una mancha superficial; es una invasión. Sientes cómo el líquido denso avanza por tu pecho, filtrándose por tus poros como un parásito hambriento. Se mete debajo de tu piel, recorriendo tu sistema nervioso, llenando tus venas con una tinta tóxica que reemplaza tu sangre, volviéndola espesa, lenta, amarga. Tú ya no eres el artista; eres el lienzo sacrificado. Y la pintura no está intentando crear una obra sobre ti; está borrándote. Estás desapareciendo bajo una marea de negrura que no te deja respirar, un olvido voluntario que tú mismo alimentas con tu silencio.
Las lágrimas brotan de pura desesperación, pero no logran limpiar nada. Se mezclan con la pintura en el lagrimal, volviéndose negras también, surcando tu rostro como cicatrices de carbón, quemando tus mejillas mientras intentas desesperadamente tragar un poco de aire. Pero el oxígeno se ha vuelto un privilegio que ya no posees. Tu caja torácica sube y baja en una lucha violenta, casi animal, contra la ansiedad que te aplasta las costillas hasta que el cartílago parece a punto de ceder. Te exiges ser perfecto, te gritas por dentro que no seas tonto, que aguantes, que mantengas la imagen impecable que el mundo demanda, mientras sientes cómo la pintura negra llega finalmente a tus pulmones, llenando los alvéolos, volviéndolos pesados, inútiles, convirtiendo tu respiración en un chapoteo sordo.
Estás solo. La pintura ha creado un muro infranqueable, aislándote del resto del mundo. Estás en un océano de sombra donde el tiempo no existe, donde solo habitas tú y el eco distorsionado de quien alguna vez te lastimó. Es una sombra que ahora ha cobrado vida propia, una entidad que se alimenta de tu parálisis, que se relame con tu incapacidad de pedir ayuda. Sientes el frío de los que se rinden, el frío de saber que, si dejas de luchar, la negrura será lo único que quede de ti.
Y justo cuando el negro lo cubre todo, cuando el silencio es tan absoluto que puedes escuchar cómo se apaga el brillo de tus ojos, cuando ya no queda ni un milímetro de blanco en la hoja de tu alma... brota una presión insoportable desde el centro de tu esternón. Un dolor punzante, agudo, que rasga la seda de la oscuridad.
Un tallo de espinas, afiladas como bisturíes, atraviesa la capa de pintura desde tu interior. Es un parto de sangre y voluntad. Es el lirio de araña carmesí . Sus pétalos se abren paso con una violencia hermosa a través de la tinta densa que te inunda, forzándote a recordar a través del dolor que sigues ahí. Que incluso siendo consumido, incluso cuando la brea intenta convertirte en nada, el color rojo de tu vida —esa furia, ese amor, esa resistencia— se niega a volverse gris. El lirio florece en tu pecho, bebiendo de la oscuridad para hacerse más brillante, recordándote que para renacer, primero hay que sobrevivir al intento de ser borrado.
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