Capítulo 19 de 21
El goteo del grifo en la cocina. Ploc. Ploc. Ploc. Cada gota es un martillazo en la base de mi cráneo. Siento que mi piel es demasiado estrecha para mis músculos, que mis nervios están pelados y que cualquier sonido, cualquier luz, es un ataque personal diseñado para destruirme.
No soy yo. O quizá esta es la única parte de mí que queda viva: este odio puro, eléctrico y ciego que me sube por la garganta como bilis negra.
Mi madre entró en la habitación. Solo quería preguntarme si había comido. Su voz, suave y cargada de esa piedad que me da asco, fue la chispa que hizo estallar el barril de pólvora que llevo en el pecho.
-¡Cállate! ¡Cállate de una maldita vez! -le grité, y vi cómo su rostro se desmoronaba.
Pero no sentí pena. Senti un placer enfermo, una descarga de adrenalina que me hizo temblar las manos. Quería romper algo. Quería romperlo todo. Quería que el mundo entero sintiera un poco del caos que me está devorando por dentro. Agarré el vaso de agua de la mesa y lo estampé contra la pared. El cristal estalló en mil diamantes sucios, y por un segundo, el ruido del impacto acalló el ruido de mi cabeza.
Luego vino el silencio. Y con el silencio, el asco.
Empecé a llorar, pero era un llanto violento, con espasmos que me hacían doler las costillas. Lloraba porque me odio por odiarlos. Lloraba porque estoy atrapada en una jaula de rabia de la que no tengo la llave. He alejado a todos con mis gritos, con mis silencios cortantes, con mi mirada cargada de un veneno que ni yo misma entiendo. Soy un animal herido que muerde la mano que intenta curarlo.
Me miré las manos y vi que los nudillos me sangraban por haber golpeado la pared. El dolor físico era un alivio, una distracción de este incendio interno que no se apaga con nada. Siento que mi personalidad se ha evaporado y en su lugar solo ha quedado este monstruo de cables pelados y resentimiento.
-Perdón... -susurré a la habitación vacía, pero las palabras sonaron huecas, muertas.
Deseé con una furia desesperada que alguien me golpeara de vuelta. Que me castigaran por ser esta mancha de odio en la vida de los demás. Me hundí en el suelo, rodeada de los cristales rotos de mi propio autocontrol, sintiendo como la ira se transformaba lentamente en una tristeza pesada, un pozo de petróleo negro que me arrastraba de nuevo hacia el fondo. Soy una granada con el seguro roto, esperando el momento exacto para terminar de destruir lo poco que queda a mi alrededor.
Me levanto del suelo con los pulmones ardiendo. Mis manos tiemblan, pero no de miedo, sino de una furia eléctrica que me recorre la columna como un rayo sucio. Camino hacia el baño, pisando los cristales del vaso roto, y el dolor de los cortes en mis pies solo alimenta el incendio.
Me planto frente al espejo.
Ahí está. Esa cara. Esos ojos inyectados en sangre, cargados de un odio que no reconoce fronteras. Me asquea ver esa debilidad disfrazada de rabia. Me asquea la forma en que mi mandíbula se aprieta hasta que los dientes crujen. Esa cosa que me mira desde el cristal es la responsable de todo mi dolor. Es el monstruo que alejó a mi madre, el que rompió los vasos, el que no me deja respirar.
-Te odio-le ruge mi garganta, y el espejo parece vibrar con mi voz.
No lo pienso. No hay duda. Solo hay una necesidad salvaje de destruir la fuente de mi tormento. Echo la cabeza hacia atrás y, con toda la fuerza de mi desesperación, la lanzo contra el cristal.
¡CRACK!
El sonido es una explosión de música celestial. Siento el impacto seco, el crujido del vidrio hundiéndose en mi frente. Por un segundo, el mundo se vuelve blanco y el ruido de mi cabeza se apaga.
Cuando abro los ojos, mi reflejo ha muerto. Mi cara está partida en cien fragmentos afilados. Gotas de un rojo brillante empiezan a dibujar caminos sobre las grietas plateadas, mezclándose con mis lágrimas. Me quedo ahí, apoyada contra el marco, viendo cómo mi imagen se desmorona y cae al lavabo en astillas sangrientas.
He matado al reflejo, pero el monstruo sigue respirando dentro de mis costillas.
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