Capítulo 18 de 21
El teléfono vibró sobre la mesa de noche. Bzzz. Bzzz. Un sonido que en otra vida me hubiera dado alegría, pero que ahora suena como una alarma de bombardeo. Es un mensaje de ellos. Mis amigos. Gente que dice conocerme, pero que en realidad solo conoce el cadáver de la persona que solía ser.
"¿Vienes a la cena? Te extrañamos".
Miré la pantalla hasta que se apagó. No sentí nada. Ni culpa, ni tristeza, ni ganas de ir. Solo un vacío árido, una llanura de ceniza donde antes solía haber afecto. Es como si alguien hubiera drenado todo el color de mis recuerdos y ahora solo quedaran sombras grises moviéndose en un teatro abandonado.
-No puedo... susurré a la habitación vacía, y mi propia voz me dio asco. Empecé a llorar, pero era un llanto seco, un crujido del alma. Lloraba porque me daba cuenta de que ya no sé cómo ser humana con otros humanos. Me siento como un astronauta que ha derivado demasiado lejos de la estación y cuya radio solo emite estática. Veo sus fotos en las redes sociales, sus risas, sus problemas mundanos, y me parecen extraterrestres. ¿Cómo pueden preocuparse por un examen o por una cita cuando el universo entero se está apagando dentro de mi?
Me levanté y caminé hacia la ventana. Abajo, la ciudad bullía. Luces, coches, gente caminando de la mano. Parecían actores en una obra de la que me expulsaron sin darme el guion. Me apoyé contra el vidrio frío y deseé que fuera una pared de concreto de tres metros de espesor. Estar cerca de la gente me duele; su vitalidad me quema como el ácido porque me recuerda lo que he perdido: la capacidad de sentir.
Ya no me gusta la música que amaba. El chocolate me sabe a cartón. Mis libros favoritos son solo manchas negras sobre papel blanco. He perdido el interés por todo lo que me hacía ser "yo". Soy un traje vacío colgado en un armario oscuro. La campana de vacío ha bajado sobre mí y ha succionado todo el oxígeno emocional.
Siento que si abriera la puerta y saliera a la calle, nadie me vería.
Atravesarían mi cuerpo como si fuera humo. Me he aislado tanto que las paredes de mi departamento han empezado a absorber mi piel.
Deseé con una fuerza desesperada que el mundo simplemente se olvidara de mi nombre. Que borraran mi número, que quemaran mis fotos, que me dejaran ser este silencio absoluto que habita en mis huesos. Me ovillé en el suelo, lejos de la ventana, donde la luz de la vida no pudiera tocarme, sintiendo cómo el polvo de la soledad se asentaba sobre mis hombros como una capa de nieve que nunca se va a derretir.
Soy una isla que se está hundiendo en un océano de nada.
Aún no hay comentarios
Inicia la conversación sobre esta publicación.