Capítulo 20 de 21
Hay un zumbido en mis oídos que no me deja pensar. Es un ruido blanco, sucio, que
me llena el cráneo de agujas incandescentes. No estoy triste; estoy desesperada. Estoy furiosa con cada latido de mi corazón, porque cada pulsación me recuerda que sigo atrapada en este cuerpo que me da asco, en esta mente que es un nido de alacranes. Estoy sentada en el suelo del baño, con la espalda golpeando la puerta. Mis manos tiemblan tanto que el metal choca contra el azulejo con un tintineo frenético. Clinc. Clinc. Clinc. -Cállate... por favor, cállate ya -le suplico a la voz que vive en mi nuca. Pero la voz no se calla. Me dice que no valgo nada. Me recuerda el vacío de mi pecho. Me dice que la única forma de apagar el incendio es con sangre. Empiezo a llorar, pero no son lágrimas de película; son espasmos violentos que me hacen vomitar aire. Me duele el esternón de tanto apretar los pulmones. Me odio tanto que el aire que respiro me sabe a veneno.
Miro mi antebrazo. Ahí están las venas, latiendo con una arrogancia que me insulta.
¿Cómo se atreven a seguir moviendo vida por mis venas cuando yo ya estoy muerta por dentro?
Acerqué el filo. No hubo duda. No hubo "pensarlo dos veces". Solo hubo una necesidad salvaje, casi erótica, de sentir el corte.
Apreté.
Sentí el desgarro de la dermis, ese crack silencioso de la fibra cediendo ante el metal. Y de repente... el silencio. El zumbido en mi cabeza se detuvo. El incendio en mi pecho se apagó. El dolor físico, ese relámpago rojo que me cruzó el brazo, fue el primer abrazo honesto que he recibido en años.
Vi cómo la herida se abría, como unos labios rojos que finalmente decían la verdad. El líquido cálido empezó a brotar, espesándose en mi piel, bajando por mi codo y goteando en el suelo blanco. Ploc. Ploc. El ritmo de mi propia destrucción. -Gracias...-susurré, viendo cómo el rojo devoraba el blanco del baño. Pero entonces, el apagón empezó. No fue una luz que se apaga, fue una sombra que nace desde mis propios ojos. Sentí un frío glacial subiendo por mis piernas, un hielo que no venía de afuera, sino de la falta de mi propia vida. Mis dedos perdieron la fuerza y el metal cayó al suelo con un eco final.
Mi visión empezó a cerrarse, un túnel de sombras que se estrechaba más y más. Sentí que mi alma, cansada de gritar en una habitación vacía, simplemente se sentaba en el suelo y cerraba los ojos. El mundo alrededor se volvió una masa borrosa de sonidos distantes: un coche pasando lejos, el goteo del grifo, mi propia respiración volviéndose un silbido débil.
Me deslicé por la madera de la puerta, sintiendo la humedad pegajosa bajo mi cuerpo. Mi mejilla tocó el azulejo y vi, por última vez, cómo mi sangre formaba raíces negras en las juntas del suelo. Unas raíces que crecían, que se retorcían como dedos. hambrientos, envolviendo mis piernas, subiendo por mi cintura, arrastrándome hacia la paz de la tierra negra.
No es una muerte bonita. Es un hundimiento. Es dejar de ser para que el dolor deje de existir. Siento que el suelo me traga, que la oscuridad me reclama como a un hijo perdido, y lo último que siento es el peso de esas raíces negras asfixiando el último latido de mi pecho..
Por fin... el silencio es absoluto.
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