Capítulo 17 de 21
Estoy de pie frente a la puerta abierta del refrigerador. El zumbido del motor es lo único que llena el silencio de la cocina, pero en mi cabeza, ese sonido es un grito ensordecedor. Solo tengo que elegir algo para cenar.
Una manzana o un trozo de pan. Dos opciones. Un universo de imposibilidad.
Miro la manzana roja. Miro el pan. Siento que mis ojos no pueden enfocar, como si hubiera una lámina de plástico grueso entre el mundo y yo. Mis pensamientos son peces asustados que huyen cada vez que intento atrapar uno. ¿Qué se supone que debo hacer primero? ¿Tengo hambre? ¿Cómo se usa un cuchillo? Las preguntas más simples se han convertido en ecuaciones irresolubles que me queman las neuronas.
-Solo... elige algo -me susurré, y mi voz sonó como si viniera de otra habitación, de otro cuerpo.
Empecé a llorar. Fue un llanto de pura humillación, una vergüenza que me apretaba la garganta hasta hacerme toser. Lloraba porque no podía decidir si quería cerrar la puerta o dejarla abierta. Lloraba porque el mundo se ha vuelto demasiado rápido, demasiado nítido, y yo me he quedado atrapada en una niebla de cristal que me separa de la vida. Cada pequeña elección es un campo de minas; cada paso es un abismo.
Me quedé inmóvil, con la mano suspendida en el aire, temblando. El tiempo empezó a derretirse como cera caliente. Siento que la gente fuera de estas paredes vive a una velocidad cegadora, sombras que saben quiénes son y qué quieren. Yo, en cambio, soy un error en el código, una máquina que gira en vacío, quemándose por dentro sin avanzar un solo milímetro. Me miré los pies. ¿Por qué estoy en la cocina? ¿Qué estaba buscando? La respuesta se desvaneció antes de que pudiera darle un nombre. Es un vértigo mental, una caída libre hacia el olvido cada vez que intento pensar. Siento que mi identidad se está borrando, que los cables de mi cabeza se han soltado y ahora solo hay chispas inútiles que no iluminan nada. Deseé con una desesperación muda que alguien viniera y tomara las riendas de mis pulmones. Que me dijeran cuándo parpadear, cuándo caminar, cuándo dejar de existir. Me dejé caer al suelo, apoyando la espalda contra el frío del refrigerador, sintiendo el aire helado golpearme la nuca. El frío era lo único real, lo único que mi mente no podía cuestionar. Soy un rompecabezas al que le han robado las piezas centrales. Un mapa en blanco donde todas las rutas llevan al mismo punto: el vacío.
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