Capítulo 16 de 21
No recuerdo qué día es. El tiempo ha dejado de ser una linea para convertirse en un charco de agua estancada y podrida.
Llevo cinco noches -o quizá son seis, ya no sé distinguir la realidad del delirio-sin que mi cerebro se apague. El cansancio ha dejado de ser una sensación para convertirse en un objeto físico que vive dentro de mi cráneo. Siento que mis ojos están llenos de arena caliente y que mis párpados son dos láminas de metal oxidado que me cortan las pupilas cada vez que intento parpadear. Pero no puedo cerrarlos. Si lo hago, el silencio de la habitación se vuelve un rugido que me perfora los oídos.
Me senté en la orilla de la cama y el mundo se inclinó cuarenta y cinco grados. Las paredes empezaron a sudar una sombra espesa, una oscuridad que parece tener dedos y que me busca desde los rincones.
-Duérmete... por favor, solo un minuto-me supliqué en un susurro que me rasgó la garganta.
Empecé a llorar, pero mis ojos estaban tan secos, tan calcinados por la vigilia, que las lágrimas me escocían como si fueran gotas de ácido sulfúrico. Eran lágrimas pesadas, lentas, que se quedaban atrapadas en mis pestañas, quemándome la piel. Lloraba de pura desesperación, de sentir que mi cordura se estaba deshilachando como una cuerda vieja a punto de romperse. Cada tic-tac del reloj en la cocina era un martillazo que alguien asestaba directamente en mi sien izquierda. Clac. Clac. Clac. Un conteo regresivo hacia un abismo del que no hay retorno.
Me mire las manos bajo la luz amarillenta de la lámpara y vi cómo mi piel vibraba. No era un temblor, era estática pura, como la de un televisor viejo sin señal. Siento que ya no soy de carne y hueso; soy puro nervio expuesto, una corriente eléctrica que me está incinerando por dentro. Si alguien me tocara ahora, creo que me desmoronaría en un montón de ceniza gris.
Cerré los ojos con una fuerza que me hizo ver explosiones de colores violentos, caras distorsionadas que me gritaban cosas que no podía entender. El insomnio. es un desierto sin fin donde no hay una sola sombra para esconderse del sol abrasador de tu propia conciencia. Estás atrapada contigo misma, y tú eres tu peor verdugo.
Me desplomé de espaldas, sintiendo que el colchón era una placa de concreto frío. Mi corazón late en mis oídos, en mi garganta, en las puntas de mis dedos. Es un motor roto que gira a mil revoluciones sin ir a ninguna parte, consumiendo el poco combustible que me queda.
Soy una pieza de cristal que ha caído mil veces y que ahora, finalmente, está rota en pedazos tan pequeños que nadie podrá volver a armarme.
Deseé con una violencia muda que alguien viniera y me apagara. Que me arrancaran los ojos o me cortaran los cables del cerebro, lo que fuera con tal de dejar de sentir este zumbido eléctrico en mi cabeza. Me abracé a la almohada, pero la tela se sentía como lija contra mi cara, y lloré por el descanso que el universo me ha prohibido, sintiendo que la noche es un monstruo que nunca se va a cansar de mirarme.
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