Capítulo 14 de 21
Me desperté y el aire pesaba mil kilos. No abrí los ojos porque no había nada que ver; la luz que se filtraba por las cortinas no era luz, era una bofetada gris que me recordaba que el mundo seguía existiendo sin mí. Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el colchón me tragaba lentamente, como si mis huesos se hubieran convertido en hierro fundido y la gravedad tuviera una obsesión personal conmigo.
Intenté mover un brazo. Solo uno. Pero el esfuerzo me hizo sollozar. No fue un llanto de esos que liberan; fue un goteo amargo, frío, que me quemaba las sienes mientras se perdía en la almohada. Lloraba de puro cansancio, de una fatiga que no se cura durmiendo. Lloraba porque estar viva me dolía en los músculos, en la piel, en el mismísimo centro del alma.
-Levántate-me ordené, pero mi propia voz me sonó a ceniza.
Me quedé mirando una mancha de humedad en el techo durante horas. Vi cómo la sombra de los árboles se movía por la pared, marcando un tiempo que para mí se había detenido hace siglos. El hambre me mordía el estómago, pero la sola idea de masticar me daba náuseas. Tragar se sentía como intentar pasar piedras por la garganta. Todo en este cuarto olía a encierro, a ropa sucia y a una derrota que se me pegaba al cuerpo como una segunda piel.
Me miré las manos sobre la sábana. Parecían las manos de una extraña, de alguien que murió hace mucho y olvidaron enterrar. Toqué mi propio pecho buscando un latido, pero solo senti un hueco; un vacío sordo, negro y profundo que lo devoraba todo. No había tristeza, no había rabia. Solo había un silencio ensordecedor que me gritaba que yo ya no estaba alli. Soy un fantasma habitando un cuerpo que me queda grande.
Deseé con cada fibra de mi ser que el suelo cediera de una vez. Que el concreto se abriera y me dejara caer en una oscuridad donde no tuviera que fingir que respiro. Me tapé la cara con las manos, apretando los párpados hasta ver estrellas, intentando borrarme, intentando desaparecer en el fondo de este pantano de plomo donde la esperanza es un idioma que ya no sé hablar.
Estoy aqui, pero no estoy. Soy el eco de una persona que se cansó de ser. Me quedo inmóvil. Siento cómo la oscuridad de los rincones empieza a trepar por mis piernas, densa y fría, como un sudario de brea. No retiro las sábanas. No lucho. Dejo que esa sombra me cubra centímetro a centímetro, subiendo por mi vientre, asfixiando mi pecho, hasta que llega a mi barbilla con una caricia de olvido. No hay miedo, solo una entrega absoluta. Dejo que me borre, que me trague, que me convierta en una mancha más en el suelo de este cuarto que ya no me pertenece.
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