Capítulo 12 de 21
La risa no era humana. Era un sonido seco, como si alguien frotara dos globos inflados en una habitación vacía.
Me desperté con ese sonido vibrando en la base de mi cráneo. La luz de la luna se filtraba por la persiana, dibujando rayas blancas sobre la alfombra. Al principio no lo vi. Pero entonces, en el rincón más oscuro de mi cuarto, donde la sombra del armario se funde con la pared, algo se movió.
Un zapato gigante, de un amarillo chillón que parecía brillar con luz propia en la penumbra, asomó desde la oscuridad.
El aire se congeló en mis pulmones. Intenté gritar, pero mi garganta se convirtió en un desierto. No era solo un payaso; era una distorsión de la anatomía. Sus extremidades eran demasiado largas, como si sus huesos hubieran sido estirados a la fuerza para encajar en ese traje de satén lleno de lunares desteñidos.
Se deslizó hacia la luz. Su rostro no era piel, era una costra de maquillaje blanco, tan gruesa que se resquebrajaba con cada movimiento. Y la boca... esa sonrisa roja, pintada más allá de las comisuras reales, ascendía hasta casi tocar sus ojos. Unos ojos que no parpadeaban. Unos ojos que eran dos pozos de malicia pura clavados en los míos.
-Solo es una broma... -susurró una voz que parecía salir de una caja de música oxidada.
Empecé a llorar. Las lágrimas me nublaban la vista, pero no quería cerrar los ojos. Tenía miedo de que, si dejaba de mirarlo un segundo, esa cosa acortara la distancia y me tocara con sus guantes blancos manchados de algo oscuro. Lloraba de una forma silenciosa, ritmica, sintiendo cómo mi corazón golpeaba mis costillas como si quisiera escapar de mi pecho antes de que el horror me alcanzara.
El payaso soltó un globo. Un globo rojo sangre que flotó lentamente hacia el techo, rozando mi lámpara. El sonido de sus pies pesados sobre la madera era un flap, flap constante. Se acercó a los pies de mi cama. Podía olerlo: olía a algodón de azúcar quemado y a humedad, a algo que lleva demasiado tiempo encerrado en un baúl olvidado.
Inclinó la cabeza hacia un lado, con un crujido de cuello que me hizo estremecer. Su sonrisa pintada permanecía inmutable, pero su mandibula real cayó por debajo del maquillaje, revelando una hilera de dientes amarillentos y afilados que no tenían nada que ver con la comedia.
-¿Quieres un globo? -preguntó, y su mano enguantada se extendió hacia mi cara.
Me ovillé bajo las sábanas, temblando con una intensidad que me hacía castañear los dientes. Sentía que el mundo se habia vuelto un circo macabro y yo era el único. espectador de mi propia ejecución. No hay nada más aterrador que una alegría fingida que oculta un hambre verdadera.
Soy la víctima de una farsa. Un niño asustado atrapado en una función que no tiene final feliz.
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